Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

Temas disponibles en este blog

lunes, 21 de enero de 2008

Los escapados de Lille

En junio de 1998 formamos parte de una frondosa delegación paraguaya trasladada a Lille, Francia, para asistir al partido que protagonizarían los equipos de Paraguay y Francia, por la Copa Mundial de Fútbol, al día siguiente de nuestra llegada.
Viajamos en un Boeing 707 de la Fuerza Aérea Paraguaya, con el presidente de la República, el ingeniero Juan Carlos Wasmosy, a la cabeza. Salimos de Asunción un viernes a la noche, para llegar a la norteña ciudad francesa el sábado, en horas de la tarde. En el aeropuerto nos esperaba el intendente de la ciudad, quien tras los saludos protocolares, invitó a la delegación paraguaya a una cena en el versallesco palacio municipal.
Aquella reunión de connotadísimas personalidades de la cuna del general Charles de Gaulle, con la delegación paraguaya, por demás amena como fraternal, fue una mezcla de franceses elegantemente empilchados y; de paraguayos despatarrados vestidos con bermudas, tenis y camisillas musculosas, prestos a ingresar al primer estadio donde se dispute la pelota. Claro, no hubo tiempo ni siquiera para tomar un baño en el hotel donde, sí, quedaron acomodadas las maletas en las habitaciones de cada uno.
Mientras el presidente de la Cámara de Empresarios de Lille leía su discurso de bienvenida al presidente Wasmosy como a sus colegas paraguayos, un grupo de periodistas y publicistas asuncenos gestaron en una de las elegantes mesas la idea de viajar a la ciudad de Paris esa misma noche, para compartir con los miles de turistas de todo el mundo tan siquiera durante un par de horas.
Tras los aplausos y los brindis de bienvenida, un alto funcionario del gobierno paraguayo, aprestadísimo a participar de la excursión, tuvo la misión de preguntar al intendente de Lille si donde podían alquilar un bus para viajar hasta la capital. "Mire, bus aquí en Lille y a esta hora ya no hay; cualquier reservación de autocar se hace temprano; además Paris queda muy lejos de aquí", recibió por respuesta.
El anfitrión no estaba con ganas de quedar sin invitados a su cena de modo que desalentó cualquier idea que intentara dejarlo plantado con tan copiosa comida.
Ante el feroz fracaso del enviado y; al amparo de aquella frase que dice que no está muerto quien pelea, un periodista fue comisionado a salir de la sala, como dirigiéndose a los lavabos, de modo que en la calle averiguara donde se podía alquilar un bus que les lleve a Paris y vuelva a traer a unas 40 personas para dentro de no más de 15 minutos.
Un taxista llamó a un número telefónico, preguntó cuanto cuesta y de inmediato informaba el precio del viaje: 42 dólares por persona. El autocar fue contratado. Ahora quedaba la parte más delicada: hacer correr la invitación entre los comensales paraguayos, de la manera más prudente de lo que sean capaces gestar los conspiradores. El mensaje saltó de oído a oído. Había lugar para 45 personas. La información secreta llegó al presidente paraguayo a quien se le vio meneando la cabeza, pero cómplice. Obvio, para que el papelón sea completo lo único faltaba solo que Wasmosy plantara al intendente municipal, el mismo que se sentaba a su lado.
En menos de cinco minutos la sala de recepciones registraba 45 ausentes. Para cuando los organizadores de la fiesta empezaron a preocuparse por la demora de tanta gente que supuestamente fue al baño, el ómnibus repleto de divertidos empresarios, ministros, directores de gobierno, gobernadores, periodistas y publicistas, estaba con rumbo a la Torre Eiffel y los Campos Elíseos.
Aquel viaje coincidió con los trigales listos para la cosecha y que, por miles de hectáreas se extendían a ambos lados de la carretera. Tanta promesa de granos espantaba a todos los fantasmas del hambre que pudieran asomar por esas comarcas.
Si viéramos tanto trigo, no fueron menos los viñedos. Interminables parraleras con millones de frutas moradas de las que saldrán los exquisitos vinos franceses. "Si esta noche no degustamos un tintito nacional no sería completa nuestra estadía en Paris", dijo el ministro del Interior, Carlos Podestá.
Una alegre música francesa ejecutada en acordeón sonaba a través del equipo de radio del autobus y; como a medio camino, el conductor introdujo un CD de música patriótica; levantó el volumen y dejó oír un coro de cien voces grabadas entonando el himno "La Marsellesa", a las que se sumaron 45 voces en vivo y en directo dentro del autocar.
En una planicie, los paraguayos se fijaron la velocidad con que un moderno tren eléctrico marchaba en el mismo sentido del bus que los transportaba. Al rato estaba muy por delante. No creo que en América haya un tren más veloz que ese.
Viajamos durante unas cuatro horas. Tal vez más o menos. No sentíamos la distancia, pese al cansancio del viaje directo desde Asunción hasta las orillas del Canal de la Mancha. Nuestro grupo era excelente lo mismo que nuestro bus. El hecho de dirigirnos a Paris para mezclarnos que cientos de miles de turistas venidos de todo el mundo para ver fútbol, como nosotros, nos llenaba de una infantil expectativa (emocionante como la noche antes de la venida de los Reyes Magos). Se trata nada menos que de la ciudad los mejores perfumes, de las comidas sin par, de Charles de Gaulle, Napoleón, de la Notre Dame, del duro y elegante Peugeot, de La Mona Lisa y de toda esa hinchada francesa que al otro día alentaría a su equipo mientras se enfrenta al sudamericano, al nuestro.
Llegamos a la una de la madrugada. ¿Cómo describir una ciudad de hechizante urbanismo, tan grande y bella? La noche parisina, engalanada con los colores de su bandera; estaba espléndida y seductora por abajo del enorme cartel luminoso ubicado en la torre Eiffel que anunciaba los días que faltaban para que comenzara el año 2000. Desde el bus experimentábamos la magia de una ciudad que estuvo en todos los capítulos de la historia europea. Como traviesos escolares en excursión, los pasajeros se movían de una ventanilla a otra para admirar lo que , por torrentadas aparecían en 360 grados.
La avenida Elíseos estaba impresionantemente atestada de turistas dispuestos a amanecer en las veredas, bares, pubs, boites, donde haya un lugar con música. En toda la arteria había orquestas actuando en plena calle, batucadas brasileñas y muchas banderas paraguayas. Miles de compatriotas míos residentes en los lugares más recónditos del mundo estaban esa noche confundida con esa festiva multitud.
Nadie nos creería a nuestro retorno en Asunción que pasamos un par de horas en Paris sin beber bebida alcohólica, en medio de un jolgorio indescriptible Llegamos minutos después de la una de la madrugada, hora a la que ya no se vende ni cerveza, whiskys, ron, vino, ni champaña, ni caipirinha ni nada que tenga alcohol por más carnavalesco que haya sido todo aquello. No lo conseguimos por ningún lado. Bueno, al menos algo sacamos en claro: en Paris se respetan las leyes.
Claro, el bus estacionó en las cercanías de la torre de metal donde todos los rollos de películas (por aquel tiempo todavía las cámaras requerías de películas) no eran suficientes. Habría que sacarse fotos en ese sitio para redescubrirnos como niños.
Presentíamos que esa madrugada sería cruelmente breve por eso los 45 no nos quedamos sino caminamos; nos íbamos hacia donde va o viene la gente; o que formábamos parte de divertidos grupos franceses, brasileños, alemanes, bailando, cantando, saltando, abrazando a gente que jamás hemos visto y que, probablemente, nunca más volveremos a ver.
Tuvimos que volver. Nos vimos en la necesidad de despedirnos de esa Paris de las películas, de las novelas de Moupassant, Dumas, Verne y Balzac; de la excelencia de los Colbert, Vauban y Louvois del reinado de Luís XIV; de donde se trazaban estrategias napoleónicas para las victorias de Austerlitz, Jena, Eylau, Friedland; de esa de las mujeres vestidas de crepé de seda de color café claro con detalles de encaje y bordado en satín, de principios del siglo XIX; de esa ciudad que "bien vale una misa"; de este corazón europeo, en fin, que lo llevamos palpitante, tierna y cálida junto al nuestro.
Cada uno tuvo que haberse propuesto íntimamente volver a esa seducida por Madame Rochas y embrujada por los goles domingueros de Platinic.

-¿Dónde se metieron? – nos preguntó el presidente paraguayo a la hora del desayuno, en el hotel.
-Dimos una vuelta por Paris – respondió el ministro Podestá - loqueamos en la avenida Elíseos, nos tomamos fotos junto a la torre, nos sumamos a las batucadas...
-...Y bebieron hasta morir.
-¡Ah!, esa broma no te aceptamos...no pudimos degustar ni un tintito. ¡Garzón, marche una botella de champaña!

No hay comentarios: