Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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domingo, 12 de julio de 2009

Ramón Avila

Roberto Sanchez, el Gitano, el Sandro de América, nos marcó con su estilo de decir amores con el canto. Sobre todo a Ramón Avila, aquel flaco, moreno y alto de Fernando de la Mora de fines de la década de 1960, que cantaba igual que el artista argentino, sobre todo aquel "Te propongo" que, acaso en sus fantasías jóvenes, hubiera gustado hacerlo al frente de los Blue Caps, del Equipo 87 o de Los Hobbies, que empezaban a tocar en el Club Alemán. Pero su timidez lo vencía provocando la hilaridad de sus amigos, nosotros.
Escucho esta noche a Sandro y recuerdo aquella esquina de Julia Miranda Cueto y Primero de Marzo de Fernando de la Mora de 1969. El almacén "Gloria Graciela", el baldío de la Asociación Fernandina de Jóvenes, el arbolito en cuyas horcajada se ubicó una precaria silla para el réfere, las calles de arena, los chivatos plantados por los Amarilla Jara en cuya sombra nos juntábamos los adolescentes de aquel tiempo.
Ramón Avila era un cantante que quedó en el camino. Su timidez le jugó una mala pasada. Pero cristalizó sus aspiraciones de cara a la vida con Olga Velázquez, aquella bella muchacha, la maestra de la no menos tímida sonrisa. Olga sí era, a lo mejor, todo el objetivo de sus interpretaciones calladas. Era su Sandro.
Y con Sandro y Ramón esta noche escuchando el "te propongo, disfrutar de una mañana, caminando de la mano, una flor en tu ventana, o que un violín gitano nos regale con su voz", me dejo llevar a aquellos tiempos fernandinos de cuando concurríamos a las funciones populares de los martes del Cine Terraza o, trepábamos al yvapovo de la Calle Última para mirar, de polizón, las películas del cine Continental, proyectadas al aire libre.
¡Vaya modo de viajar al pasado con este "yo no te propongo ni el sol ni las estrellas" de "Te propongo"! De aquellos cócteles en las casa de Olga, Marilé o en la pista de la muni. O de las fiestas en el Sport Colombia.
Y de Francisca, una noviecita furtiva mía a la que pretendía Lorenzo Giménez, mi amigo de infancia y que ella negaba.
"Tampoco yo te ofrezco un castillo de ilusión", extraigo de la canción de Sandro y recuerdo la bonita casa de Alfonso Colmán, al otro lado de la casa de los Irala. "Polla" Irala murió hace más de 30 años. Ramón también hace tres años, un día 29 de enero. No lo sabía, me contó Chiqui Velázquez, en un cruce de mensajes por Orkut. Quedaron sus hijos para recordarlo siempre, como nosotros, como yo que lo veo cantando, sin estridencias, el "Te propongo" gitano.
Seguro que lo recuerdan también Tito y Gustavo Rolón, Roberto, Caserula, Miguel Bazán, Rey, Nena, Tico Amarilla, Ulises y Javier Demestral; Marcelo, mi hermano, Victorito Amarilla; Rey y Carlos Benegas; Charles Delorme y Calixto Almirón.
Esas calles fernadinas tienen huellas de Ramón Avila y en las paredes de sus casas quedan impregnadas, en la sutileza de lo intangible, su voz y la sonoridad de sus carcajadas felices.
Me queda el grato recuerdo de aquel moreno espigado, del amigo que en sus largos brazos sostenía a Jorge Luís, mi primer sobrino, en aquellas mañanas domingueras de cuando, impecablemente vestido, a lo Sandro, compartíamos tiempos sin relojes a la sombra del mango, frente a casa.
Esta noche, el video de You Tube me transporta y deja en Fernando de la Mora, en 1969, sentado en el banco de la vereda de Tico, Marilé, Cármen y Pachani, escuchando a Ramón cantar estrofas tímidas del "Te propongo", su pasaporte, supongo, para llegar al corazón de Olga.

Vagos y haragánes

Los primeros gobernantes de Paraguay no se preocupaban tanto de la educación, la salud, la red vial, las relaciones internacionales, etc., como ahora, sino de aplicar un buen escarmiento a los vagos y haragánes, verdaderas plagas sociales de aquellas alboradas de la República.
Al doctor José Gaspar Rodríguez de Francia le producía un pire vai jefe los que, vagando por las calles, no hacen sino molestar a los demás. Francia, de hecho, era un tipo de muy pocas pulgas.
Ser vago y haragán en aquellos tiempos de la Asunción del siglo XIX era un delito como robar, matar, estafar.
El haragán era un vago por añadidura.
Un vago está a milímetros de las tentaciones marginales: la borrachera, la vizcachería, la violación. De ahí que los decretos de Francia y Carlos Antonio López se referían en abundancia contra los que sentían fobia al trabajo
Los barzones - también - han motivado a los gobernantes de aquellos días a aplicar el estado de sitio y, trabajo a los guardias urbanos de a caballo ¿Qué podría estar haciendo un desocupado por las calles desiertas y oscuras de Asunción?; probablemente de todo, menos de los buenos.
Se me hace que vagos y haragánes todavía hay muchos en estos tiempos.
Muchos son de guantes blancos. Se ingenian para ubicarse en fiestas copetudas y hasta salen en las páginas de sociales de los diarios asuncenos. Se infiltran en los poderes del Estado, en gremios deportivos y empresariales. No se sabe muy bien qué hacen pero están. No se tiene certeza donde estás sus oficinas ni si a cuántos empleados pagan, pero se los ve en conferencias, congresos y talleres de alto voltaje reservados para los que en verdad trabajan.
Se los puede ver al mando de paquetísimos coches último modelo, vestidos de saco confeccionado en los mejores sastres de Buenos Aires pero, que se sepa, no se levantan temprano como cualquier otro empresario (porque entre ellos se mimetizan) ni que hayan habilitado tal o cual fuente de empleo.
Son protagonistas modernos de la bordonería alegre, que si vivieran en tiempos de Rodríguez de Francia iban, engrillados, sin trámite alguno, a la cárcel pública.
Hoy, porque la modernidad también sabe compadecerse de ellos, no se los llama vagos y haragánes, son cancaneros. Otros le llaman oportunistas, figuretis, recomendados, asesores, hasta consultores. El desarrollo del lenguaje les pasa una mano. De todos modos, son esencialmente bribones, semidioses del ocio, de la holganza y de la pereza.