Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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miércoles, 3 de febrero de 2010

Carretas alzaprimas

Cuando Paraguay (406.752 kilómetros cuadrados) todavía era boscoso (hoy no tiene más de 600.000 hectáreas de monte virgen) las carretas alzaprimas abundaban en todo el territorio. Este transporte era utilizado sobre todo para el transporte de troncos o "rollos" como le conocen los paraguayos. Se trata, como lo define el diccionario de la Real Academia Española (RAE) de un carro estrecho, sin caja, de grandes ruedas, empleado para transportar troncos u objetos de mucho peso. Casi ya no hay, aunque por el 2004 todavía se mencionaba que en Capiivary, San Pedro, todavía se utilizaba, como en la deforestación de Argentina, Brasil y Uruguay.
El vehículo tiene ruedas de diversos tamaños, mucho más grandes que los de las carretas convencionales. En Paraguay se conoce al alzaprima número 14 como el más grande; "los alzaprimas gigantes transportando montañas de rollizos y troncos de las selvas taladas", describe Augusto Roa Bastos las actividades forestales del Guairá en su novela "Madama Sui".
Son tiradas por, al menos, dos yuntas de bueyes. El carretero, o boyero, se ubica sentado en horcajadas sobre el rollo, desde donde, picana en mano, va incitando a los cuadrúpedos a mantener la marcha.
Por el departamento de Caazapá, un carrero alzaprimero al servicio de la maderera Fassardi, fue Faustino Brizuela, ascendiente del músico Marcos Brizuela. Este rememora que Faustino era de aquellos buenos carreteros "porque trabajaba solo".
Entrando en la espezura, como dice San Juan de la Cruz, y mezclando los datos, nos percatamos que el escritor paraguayo escribe "los alzaprimas", mientras la RAE sostiene que el género de la palabra es femenino.
Por femenino que sea, esta carreta fue utilizada por varones guerreros dispuestos a matar y morir en los tiempos revolucionarios de Paraguay; así se tiene que en Villa Hayes, los opositores al gobierno del coronel Juan A. Escurra, al mando del teniente de navío Elías Ayala, montaron sobre ruedas de alzaprimas, "antiquísimos cañones coloniales", como describiera Alfredo L. Jaegli en "Albino Jara, un varón meteórico". Los revolucionarios ganaron iniciando en 1904 su hegemonía de más de 35 años en el poder.
La alzaprima fue herramienta imprescindible en la producción rural paraguaya sobre todo en la explotación forestal. Pueblos enteros de Paraguay se crearon en los espacios que fueron ocupados por los bosques, para lo cual este transporte fue vital. Los colonos alemanes que fundaron Hohenau, en las cercanías del río Paraná, en Itapúa, incorporaron en el escudo municipal la figura de esta carreta, junto a la del Espiritu Santo, la fachada de la iglesia y los productos del lugar (yerba mate, tung, soja, trigo).
Por la década de 1920, Leopoldo Ramos Giménez y Manuel Ortíz Guerrero caminaban, como sin rumbo, por la carretera que conduce de Villarrica a Caaguazú volviendo en horas de la madrugada en las carreteras transportadoras de rollizos. Fue en uno de aquellos viaje que el poeta guaireño escuchó silbar a los boyeros canciones guaraníes de la época, mezcla de lamentos y alegrías, que las copió a su manera (por carecer conocimientos sobre la escritura de la música) y que, José Asunción Flores se encargó de mejorarla. Mediante aquellas canciones de los conductores de alzaprimas nació lo que después se conocería con el nombre de guaranía, bautizada así en homenaje a los indígenas guaraníes.
El escritor Mario Halley Mora (1926 - 2003) aportó por su lado que la guarania se inspiró en lo que se llamaba "polka lasánima", que se cantaba en noches de difuntos.
"Yo carrero que trabajo para cumplir mi destino / llevo pesados rollizos para sacar el tanino / yo conozco todo el Chaco nadie recuerda de mí,/ mi consuelo es beber caña y cantar en guaraní", dice la canción correntina "Carrero cachapecero" de Heraclio Pérez y Marcos Ramirez. En Corrientes y Entre Ríos, Argentina, se lo llama "carro diablo" o "carro del diablo"; en el Chaco argentino se lo identifica como "cachapé" y al que lo conduce "carrero cachapecero" o "chapecero". En Corrientes se denominaba "playada" al lugar donde eran depositados los rollos traídos por las alzaprimas.
Los carreteros encargados de transportar los rollos, acostumbrados a los largos y solitarios viajes, se alimentaban preferentemente del reviro, comida hecha de harina de trigo, aceite, agua y sal, recuerda el profesor Juan Evangelista Aguiar.
El nombre del transporte no es único en la región y, en apariencias, tiende a desaparecer, a la par de los bosques. En las últimas décadas las alzaprimas dieron paso a los potentes camiones para trasladarlos desde los montes a los aserraderos. A estos vehículos motorizados se los llaman "rolleros" o "rolliceros", por lo que a las carretas destinadas a los troncos también se las identificaban como "carretas rolleras" o "rolliceras".
(Foto: www.todocoleccion.net)

La Americana de Paso Pucú

El mariscal Francisco Solano López ocupó la testera de pana roja y almohadones de cuerina negra del coche esa fresca mañana del 12 de setiembre de 1866. Dió la orden de partida y el cochero, un sargento, pronunció su imperativa interjección mientras, brusco, manipuló las riendas con ambas manos.

Los cuatro caballos de tiro se pusieron en marcha iniciando el cascabeleo de los arreos, el ruido crujiente de la cincuentema de monturas y el chirrido de estornijas, bocatijera y del buje en roce con el enjarbe de esta Americana.

Con la habilidad del sargento, la tralla del lático restalla en un chasquido en el aire con el que los animales, estimulados, toman velocidad.

Este faetón de cuatro ruedas del Ejército Paraguayo fue trasladado hasta el cuartel general de Paso Pucú en un barco de guerra cuando el mariscal se puso al frente de sus tropas en combate en la frontera de esteros con la Confederación Argentina, en el sur.

Sus adrales de madera, pintados de negro, crujían al contacto con las piezas de hierro y bronce en cada bamboleo por la rodera que conduce a la línea enemiga. En las partes anteriores de sus tapiales, lucían sendas estrellas del escudo nacional y la inscripción "República del Paraguay".

Aunque hacía fresco, López prefirió descapotar el charabán y esquivar las esporádicas ramas costaneras mientras ensayaba mentalmente sus argumentos con que responder a su próximo interlocutor, el general argentino Bartolomé Mitre. Le esperan en Yataity Corá cinco horas de dialéctica con el comandante en jefe de las fuerzas aliadas donde jugará la suerte de la nación.

Una caballería integrada por 30 oficiales y 24 guardias del escuadrón de dragones siguió de cerca el coche presidencial a medio trote y en doble fila, encabezada por el general Vicente Barrios, con el coronel Venancio López a su derecha.

Benigno López, ubicado inmediatamente detrás de su hermano, Venancio, de vez en vez apresura la marcha, adelantándose a la fila y ubicándose al lado del mayoral por el lado izquierdo del atelaje para dar indicaciones sobre vados e islas de montes por donde marcharían hasta salir tras un largo rodeo al Paso Gómez, de manera a hacer creer al enemigo que ese era el único camino que había.

El fresco mañanero obligó al mariscal abrigarse con su poncho de paño crema forrado de vicuña sobre la casaca militar sin charreteras, complementando con el quepi, botas granaderas con espolines y un par de guantes.

En cada barquinazo el lodo negro de las lagunillas vadeadas salta, violento, en los salpicaderos y el lecho del carruaje oficial; en tanto, desde el pescante, el auriga pega otro manotazo a las ramaleras mientras vomita un par de interjecciones comprensibles sólo por las bestias, antes que la Americana se entorque.

El olor a barro se mezcla al de los cagajones de los caballos que van quedando, humeantes, a lo largo del camino. De vez en vez, en medio de la trapala, un relincho, unos bufidos por ollares dilatados; una perdiz que, asustada, huye en vuelo rasante; una manada de venado en las periferias boscosas y; venteveos en las altas ramas convocando parejas.

López se fija en su remontoir y lo vuelve a ubicar en el bolsillo derecho del pantalón. Son las 8 y 20. Había pedido a Mitre la reunión que éste fijó para las 9.

"Apure la marcha", ordena al cochero quién, tras responder con el "a su órden" de estilo, hace una bolea de zurriaga que zumba amenazadora sobre los pescuezos sudorosos de los cuadrúpedos, que arremeten con ímpetu, a toda rienda.

Mientras, del otro lado, desde Concordia, Mitre marchaba hacia Yataity Corá, López descendió de la Americana junto a una isla de yataíes, en plena trinchera paraguaya, donde un capitán, dos sargentos y un caballerizo aguardaban con "Mandyju", trasladado el día antes desde el cuartel general de Paso Pucú, ricamente enjaezado de plata, con las mismas que compró en Europa cuando su padre era el presidente de la República. Está listo para montarlo hasta el lugar del encuentro.

El tintineo de los espolines del mariscal provocan un bufido y un relincho del animal que al ver al amo, lleva con energía el pescuezo hacia arriba obligando al palafrenero militar acortar amarras y tomarla con firmeza para tranquilizarlo.

"Mandyjú" es un ejemplar de equilibradas medidas longitudinales y verticales, acaso una mezcla de árabe y criollo, que los hipólogos clasifiquen como un animal eumético, es decir de unos 400 kilos de peso. Una magnífica estampa.

López y "Mandyju" se conocen bien. Este es compañero natural de aquél.

Vienen de andar por polvorientos caminos y calles asuncenos en tiempos de paz; de cabalgar, claro, por los parajes de Recoleta y Trinidad en compañía de la bella Elisa, montada en otro caballo. El mismo "Mandyjú" con el que fuera retratado un año atrás por Aurelio García; el caballo cuyo fin, las miserías de la guerra se encargaron de esconder para siempre.

Tras la venia respectiva, el capitán entrega las gamarras del equino al mariscal quién, de inmediato, lo monta con agilidad y elegancia. Él es un magnífico jinete; "Mandyjú", un espléndido caballo blanco.

Saluda y se retira del área de zanjas con taludes. Cabalga a la pierna del caballo que pingotea, piruetea, caracolea, gallardea, travesuras equinas que rescatan una enguantada palmada del jinete.
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Portera de los milagros

En medio de tanta corrupción que nos golpea a cada instante allí donde pongamos nuestros sentidos, quiero referirme hoy al milagro que está curando a Salvador Cabañas. No me cabían dudas: los milagros existen, como existen Dios, El Espiritu Santo, Jesús, los ángeles, los santos, la Virgen María.

Decía Dale Carnegie que si ninguna de sus fórmulas para el éxito no funcionaban se debía orar. Con Salvador Cabañas pienso que pasó lo mismo. Todo el mundo se largó a orar. El resultado es que el fútbolista paraguayo terminó abriendo los ojos y pidiendo comer un asado.
Los últimos días fueron suficientes para que la humanidad entienda que en la aparente nada están los seres superiores; que el supuesto vacio está lleno de energías capaces de hacer a favor nuestro todo lo que nosotros, desde aquí, no podemos, siempre y cuando pidamos. El "pide y os daré" retumbó en las nubes del alma de todos.
Al otro lado de lo tangible están todos Ellos de entre quiénes quiero referirme a la Gran Madre: La Virgen María, portera de los milagros.
Sé que Ella me conoce tan mundano como, quizás, la mayoría. Con mis pecados, pecadillos y pecadazos a cuestas, no deja de escuchar mis plegarias de abundancia, paz, amor, serenidad, comprensión, armonía y humildad. Ella bien sabe que no soy su mejor hijo, pero no deja de ser la Madre que necesito. Siempre está vigilante para que evitar más caídas.
Si les contara todas mis experiencias con ella, capaz que muchos no crean ¿Cómo contarles que a los ocho años de edad ella me curó de un plumazo una llaga de meses en uno de los dedos de mi pié derecho?; ¿me creerían que también vi la danza del sol, en Chile, por un milagro suyo?
No olvidaré jamás su presencia en mi oficina aquel sábado de mediados de la década de 1990. Me dejó su mensaje y se fue.
¡Uf!, la virgen María es muy sencilla. No complica para hacerse sentir. Está allí donde uno menos espera. Ella pide oraciones y no todos, pareciera, responden como pide. Se ora un poco y luego nada.
Aparece en las casas humildes, en los nichos, en las paredes; deja sus profundos mensajes de amor y se va. Ciertas veces se presenta llenando de luz el sitio visitado.
No sólo apareció en Fátima a aquellos partorcillos; lo sigue haciendo hasta hoy. Ella pide orar, nada más que eso. No pide que juntemos todas las joyas de Paraguay para engalanar su imagen; no pide una propiedad en San Bernardino, un piso en Punta del Este, una cuenta corriente en las Bahamas, un cupo para viajar en primera clase, ni un auto nuevo de paquete. Pide oración; un Padre Nuestro, un Ave Maria y un perdón por los pecados.
A cambio Ella deja milagros. Nos devuelve a nuestro querido Salvador Cabañas, por ejemplo.
Si todos nos pusiéramos a orar para que termine la corrupción, estoy seguro que seremos escuchados y terminará la corrupción.
Entonces, si ya no tenemos otros recursos como recomendara Carnegie, si Cabañas se va curando rápidamente (que asombra hasta al mismo Papa) ¿por qué no oramos todos para que termine la corrupción en Paraguay y la humanidad toda?
De nuevo tenemos una prueba a manos para saber que si golpeamos las puertas se nos abrirá. Yo creo que la Virgen María siempre está parada junto a la puerta para abrirla a quienes quieren un milagro. Ella es la portera de los milagros.