Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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domingo, 8 de noviembre de 2009

Ganamos y perdemos reputación

Se atribuye a Angel Peña la frase "en Paraguay no se gana ni se pierde reputación" que lo habría dicho por inicios del siglo XX, al decir de Alfredo Jaegli ("Albino Jara, un varón meteórico"). Sin embargo, Teodosio González escribió en "Infortunios del Paraguay" (publicado en 1931) que "no hay cadáveres políticos, comerciales ni morales. De donde pesa sobre el país el proverbio lapidario de que en el Paraguay no se pierde ni se gana reputación".
Si bien fueron pronunciadas por eminencias me parece injusta semejante sentencia. Paraguay tuvo y tiene ciudadanos que son ilustres por su sabiduría, templanza, austeridad y modestia. Estos ganaron reputación y son lo que son, pese a las habladurías, al vómito verbal al cual algunos se apegan.
En contrapartida, pese a los cargos accidentales que pudieran ocupar algunos contrabandistas, narcotraficantes, violadores o ladrones del dinero público, estos no dejan de ser tales para la gente que conoce sus pasos. El hábito, sin dudas, no hace al monje. Estos , pese a los cargos alcanzados con los recursos a su alcance, tienen la reputación perdida.
Los lenguaraces existieron y existen. Los irresponsables de siempre que siembras ideas a través de sus atrevidas palabras que hoy, en democracia, infectan radios, canales, diarios y revistas, son los detonadores del "dice que ", "o je´e voi ningo", "lo mitâ he´i", "¿quién no le conoce?", para llenar de difamaciones al primer peregrino con rumbo a Jerusalén que se atreva a cruzar ante sus ojos.
Estos insolentes son los padrinos de la famosa frase. Los mismos irrespetuosos que envenenados de egoismo y bellaquería embarran sin ton ni son y en menos que cante un gallo al más respetable de los ciudadanos.
Los irrespetuosos procuran con sus conductas diarias embarrar la cancha y hacer que, tarde o temprano, en nuestra sociedad no se gane ni se pierda reputación. Que esto sea el Cambalache de Santos Discépolo, para que ese irrespetuoso un día, por efecto de los manipuleos políticos, llegue, por ejemplo, a ser un presidente de la república, un juez, el presidente de nuestra comunidad de vecinos, el presidente de la Cámara de Diputados o un periodista.
Pese a decirse que "así nomás luego es en Paraguay" cada uno sabemos qué somos, qué queremos y cómo conducirnos ante nosotros y los demás. Por esa gente decente que es paraguaya y vive en Paraguay en medio, eso sí, del fango, no estoy de acuerdo con la frase estampada por Peña y González, por bien que suene a los oídos populacheros.
Así, no puedo mezclar a un Hermenegildo Roa o un Sinforiano Bogarín con la conducta de Fernando Lugo; Emiliano R. Fernández tiene una reputación ganada con sus excelentes versos, mientras que el autor de "chembo problema che celular" no hace sino despertar hilaridades entre quiénes practican el sentido crítico.
No es igual la postura política de un Fulgencio R. Moreno polemizando en el parlamento que un tal Magdaleno Silva, defendiendo en el mismo lugar a narcotraficantes instalados en el norte. No se puede comparar la conducta de Nicanor Duarte Frutos con la de Eligio Ayala o José P. Guggiari.
No es igual la enseñanza defendida por Rosa Peña de González a la del "Nuevo Curriculum" de los últimos años en el cual se nota la excesiva deficiencia de nuestros maestros. Un gran maestro como Delfín Chamorro no tiene la reputación manchada porque un ex maestro de escuela como Enrique González Quintana nos haya demostrado varias inconductas desde el lugar público que ocupa.
No caben dudas que, si bien ya somos más de 6.000.000 los habitantes de nuestra patria, todavía sabemos quiénes son honrados, decentes, respetuosos y merecedores de nuestra estima. Por esa gente, por nuestra tricolor enseña, procuro no dejarme llevar por los incontinentes locuaces que dicen tonterías que no aportan sino odios, rencores y postergaciones entre quiénes menos saben y merecedores de sinceras y desinteresadas orientaciones. En Paraguay también se gana y se pierde reputación de acuerdo a nuestra particular conducta. Así de sencillo, como una parábola, es el asunto.