Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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domingo, 1 de abril de 2012

Regálame un libro, Señor ...

Ser más buenos ¿Dónde está aquella bondad olvidada?, ¿por qué no somos más buenos?; ¿donde están los amores que nos enseñaron, aprendidos y practicados? Fui a las redes sociales pregunté y nadie me contestó por lo que, cabizbajo, solo logré garabatear en mi muro lo que pensé en esos momentos sin respuestas: si hablamos de libros y aprendemos de los libros seremos mejores y más buenos.
Observo y leo cuanto piensa la gente en mi entorno sobre todo en la virtualidad, en las redes, y noto desamores, impugnaciones, odios reprimidos, envidias, la maldad en todas sus formas y me llenan de desalientos sabiendo que éstos son la mejor herramienta del mal para desmoronar el mundo. Como que el ángel caigo se friega las manos ante mi estado de angustia.
Y cuando en esa misma virtualidad veo un pestañeo de amor, un pequeño deseo de alegría, una manifestación minúscula de la buena voluntad siento como un arco iris brotado después de los granizos de la tormenta. Como si un coro angélico empezara a entonar. Como si un brazo amoroso me tomara de los hombros.
Yo quiero ser más bueno y me siento contagiado de maldades; quiero hablar de Dios y me responden carroñeras carcajadas surgidas, sulfuradas, malolientes, de las profundidades de cavernas malignas e invisibles.

Siento la trápala furiosa de los cuatro potros mencionados por las letras sagradas, ocupando espacios, levantando polvos, haciendo fuego, rugiendo, devorando a su paso. Está en cada pensamiento de los que olvidaron la bondad, el amor, la sencillez, la caridad, la paciencia, la tolerancia. Esos caballos atraparon a la gente en el enfado, la grosería, en el insulto, en la bajeza del mal. Cuatro potros zapatudos, blanco, rojo, negro y amarillo, amusgan, bufan, arremeten salivando fuego por la boca del pueblo atrapado. 
Quiero encontrar una piedra blanca en la que esté escrito el nombre nuevo que nadie conoce, que no quiere conocer y que quiero conocer. Una piedra que no sea arrebatada ni por mi miedo, ni por mis angustias, ni mis tristezas, ni por mis desorientaciones e inseguridades. Una piedra en la que esté escrito el nombre en el cual se resume la que está perdida, la bondad. Piedra argenta que no me hurten ni la cuadriga maligna ni quienes convocaron su presencia.
Hurgo, desesperado, en la oscuridad buscando ese mineral escondido. No sé donde está, pero lo busco. Sé que es la sabiduría antigua, la de los siglos de los siglos, la de todo el universo, que la olvidamos primero y nos negamos a ella, después. Es la esencia de Dios, es la sangre derramada en el Gólgota, es el manto celeste de la acongojada Madre.
Piedra, esencia, amor, Dios, ¿pero donde estás?, ¡hay tanta oscuridad en el entorno!, hay tantos galopes malignos, hay hedor de sulfuro, hay tantas maldades.
Quiero volver a saber y quiero que todos sepamos; quiero volver al amor y que todos vuelvan a amar, quiero piedad pero nadie mas clama piedad; quiero escuchar las trompetas de los ángeles de allá, arriba, pero aquí, abajo, hay tantos ruidos, cientos de gritos sodomitas vivando al terror, que nos las oigo si ellas sonaran.
Señor …
no me dejes en medio de este infierno, dame un poco de la fuerza de tu Espíritu Santo, dame una piedrecilla blanca de esta inconmensurable cantera, en la que esté escrito el conocimiento que me falta y; si me dieras, reparte también a los que hoy participan alucinados por la borrachera del mal y que mañana, quizás, tras el despertar de los arrepentidos y, ya salvados de las fauces de esa muerte atroz, busquen un fresco manantial que tienes Tú y nadie más.
Regálame un libro, Señor …