Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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sábado, 18 de mayo de 2013

Ese papel llamado mazorca de maiz



Voy a escribir sobre el baño campesino. Si me oriento por lo que me enseñaron en la escuela , con candor e ingenuidad, en aquella materia llamada “Lenguaje”, composición, empezaría así: El baño campesino. El baño campesino está en el fondo del patio, no tiene techo y su puerta es una lona. El baño campesino tiene mucho avati ygüe en su atukupe….
No tengo certeza de contar con la lectura de ustedes a partir de esta frase si les sigo escribiendo como me enseñaron en la escuela así que mejor nomás les cuento como yo sé y santas pascuas.
Me recuerdo siempre del baño de mis abuelos, allá en Buena Vista, Caazapá. Sobre todo de cuando llovía.
Pero antes una aclaración:
Por aquel tiempo no se llamaba “baño” sino “servicio”, como dicen los españoles en España (en serio les digo). Bueno, ir al servicio en tiempos de lluvia era todo un problema porque en el pequeño cuadrado rodeado de tablas nomás luego, parecía que llovía más fuerte.
En fin…
Liberado de lo que debíamos liberarnos salimos del servicio hecho sopa y para cuando llegamos a la casa, a unos 40 metros, debíamos arrimarnos al fuego de la cocina para secarnos la ropa so pena de pegarnos una gripe de aquellos y que tumbaba una semana con fiebre y todo.
Un dilema era ir al servicio en los inviernos buenavistenses de la década de 1950 cuando no había ni papel diario por aquellas desérticas comarcas rodeadas de montes y jaguareté para darle mejor uso que el que pretende un editor. Ni hablar del papel higiénico, cosa de los millonarios de la capital que tenían “baño moderno”.

No.
En Buena Vista de aquellos tiempos de revolucionarios y comunistas escondidos por sus montes el papel higiénico era el marlo del maíz; o sea, el avati ygüe, abundante y funcional en aquellos tiempos de generosas cosechas.
Un paso de este modo, media vuelta del zuro y otra repasada y, con la precisión de un arquero medieval a arrojarlo con fuerza y entusiasmo y sin mirar, de abajo hacia arriba, por sobre el entablado del fondo para que, en artístico vuelo por donde debía estar el techo, se deposite en la cumbre de los avati Ygüe en la parte externa y posterior del habitáculo para que desde ahí, como en cascada, fuera “bajeando” hasta ubicarse en su sitio definitivo.
Y ahí, en esa “papelera”, el marlo esperará que natura reproduzca a las simientes que pudieron quedar, como agazapados, en algunas de las puntas para que, tres meses después, con la primavera, un pequeño como frondoso maizal se vuelve a tener detrás del “servicio” pero cuya cosecha no se destina a la elaboración de apetitosas chipa guasu sino se dejaba para el deleite de los chanchos de mis abuelos y con los que quedaban gorditos para las navidades o para la Semana Santa.
Ahora entiendo esa frase bíblica: no todo lo que brilla es oro…

Me parece que por ahora los “servicios” ya se llaman también “baño” en el interior de nuestro país y que ya no se usa tanto el marlo del maíz, así tengamos alta producción anual del grano, incluso las “zafrinhas”, sino el papel higiénico comprado del supermercado (que no es tan suave y delicado como un avati ygüe, que conste en acta). Y esta modernidad me llena de nostalgias por aquellos días de cuando, apuro pe, corríamos bajo la lluvia para meternos en el “servicio” donde el torrente (el que viene de arriba, digo) nos daba con todo, mientras de alguna manera tratábamos de cubrir los marlos para que no se mojen porque si se mojaban, amontema ….

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