Detrás de la puerta, esto

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Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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miércoles, 3 de febrero de 2010

La Americana de Paso Pucú

El mariscal Francisco Solano López ocupó la testera de pana roja y almohadones de cuerina negra del coche esa fresca mañana del 12 de setiembre de 1866. Dió la orden de partida y el cochero, un sargento, pronunció su imperativa interjección mientras, brusco, manipuló las riendas con ambas manos.

Los cuatro caballos de tiro se pusieron en marcha iniciando el cascabeleo de los arreos, el ruido crujiente de la cincuentema de monturas y el chirrido de estornijas, bocatijera y del buje en roce con el enjarbe de esta Americana.

Con la habilidad del sargento, la tralla del lático restalla en un chasquido en el aire con el que los animales, estimulados, toman velocidad.

Este faetón de cuatro ruedas del Ejército Paraguayo fue trasladado hasta el cuartel general de Paso Pucú en un barco de guerra cuando el mariscal se puso al frente de sus tropas en combate en la frontera de esteros con la Confederación Argentina, en el sur.

Sus adrales de madera, pintados de negro, crujían al contacto con las piezas de hierro y bronce en cada bamboleo por la rodera que conduce a la línea enemiga. En las partes anteriores de sus tapiales, lucían sendas estrellas del escudo nacional y la inscripción "República del Paraguay".

Aunque hacía fresco, López prefirió descapotar el charabán y esquivar las esporádicas ramas costaneras mientras ensayaba mentalmente sus argumentos con que responder a su próximo interlocutor, el general argentino Bartolomé Mitre. Le esperan en Yataity Corá cinco horas de dialéctica con el comandante en jefe de las fuerzas aliadas donde jugará la suerte de la nación.

Una caballería integrada por 30 oficiales y 24 guardias del escuadrón de dragones siguió de cerca el coche presidencial a medio trote y en doble fila, encabezada por el general Vicente Barrios, con el coronel Venancio López a su derecha.

Benigno López, ubicado inmediatamente detrás de su hermano, Venancio, de vez en vez apresura la marcha, adelantándose a la fila y ubicándose al lado del mayoral por el lado izquierdo del atelaje para dar indicaciones sobre vados e islas de montes por donde marcharían hasta salir tras un largo rodeo al Paso Gómez, de manera a hacer creer al enemigo que ese era el único camino que había.

El fresco mañanero obligó al mariscal abrigarse con su poncho de paño crema forrado de vicuña sobre la casaca militar sin charreteras, complementando con el quepi, botas granaderas con espolines y un par de guantes.

En cada barquinazo el lodo negro de las lagunillas vadeadas salta, violento, en los salpicaderos y el lecho del carruaje oficial; en tanto, desde el pescante, el auriga pega otro manotazo a las ramaleras mientras vomita un par de interjecciones comprensibles sólo por las bestias, antes que la Americana se entorque.

El olor a barro se mezcla al de los cagajones de los caballos que van quedando, humeantes, a lo largo del camino. De vez en vez, en medio de la trapala, un relincho, unos bufidos por ollares dilatados; una perdiz que, asustada, huye en vuelo rasante; una manada de venado en las periferias boscosas y; venteveos en las altas ramas convocando parejas.

López se fija en su remontoir y lo vuelve a ubicar en el bolsillo derecho del pantalón. Son las 8 y 20. Había pedido a Mitre la reunión que éste fijó para las 9.

"Apure la marcha", ordena al cochero quién, tras responder con el "a su órden" de estilo, hace una bolea de zurriaga que zumba amenazadora sobre los pescuezos sudorosos de los cuadrúpedos, que arremeten con ímpetu, a toda rienda.

Mientras, del otro lado, desde Concordia, Mitre marchaba hacia Yataity Corá, López descendió de la Americana junto a una isla de yataíes, en plena trinchera paraguaya, donde un capitán, dos sargentos y un caballerizo aguardaban con "Mandyju", trasladado el día antes desde el cuartel general de Paso Pucú, ricamente enjaezado de plata, con las mismas que compró en Europa cuando su padre era el presidente de la República. Está listo para montarlo hasta el lugar del encuentro.

El tintineo de los espolines del mariscal provocan un bufido y un relincho del animal que al ver al amo, lleva con energía el pescuezo hacia arriba obligando al palafrenero militar acortar amarras y tomarla con firmeza para tranquilizarlo.

"Mandyjú" es un ejemplar de equilibradas medidas longitudinales y verticales, acaso una mezcla de árabe y criollo, que los hipólogos clasifiquen como un animal eumético, es decir de unos 400 kilos de peso. Una magnífica estampa.

López y "Mandyju" se conocen bien. Este es compañero natural de aquél.

Vienen de andar por polvorientos caminos y calles asuncenos en tiempos de paz; de cabalgar, claro, por los parajes de Recoleta y Trinidad en compañía de la bella Elisa, montada en otro caballo. El mismo "Mandyjú" con el que fuera retratado un año atrás por Aurelio García; el caballo cuyo fin, las miserías de la guerra se encargaron de esconder para siempre.

Tras la venia respectiva, el capitán entrega las gamarras del equino al mariscal quién, de inmediato, lo monta con agilidad y elegancia. Él es un magnífico jinete; "Mandyjú", un espléndido caballo blanco.

Saluda y se retira del área de zanjas con taludes. Cabalga a la pierna del caballo que pingotea, piruetea, caracolea, gallardea, travesuras equinas que rescatan una enguantada palmada del jinete.
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1 comentario:

Silvio Rafael dijo...

Las fuertes emociones en las López estuvo envuelto, previas a la decisiva entrevista de Yataity Corá, las trascribiste adecuadamente en "La Americana de Paso Pucú" y me permitieron trasladarme mentalmente hasta ese momento crucial de la historia americana. Continúa así.