Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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jueves, 16 de diciembre de 2010

La bandera

Nadie la presta importancia. Se trata de una tela tricolor destrozada en la cima de un mástil al costado de la ruta, en el departamento de Caaguazú. A nadie importa que esté rota, destrozada, sucia, abandonada.
¡Va!, apenas se trata de una bandera dirán los indiferentes y ese es el problema, la indiferencia.
Pedí a Ignacio que detuviera la marcha de la camioneta. Desenfundé mi cámara y apunte al cielo azul de la media mañana y accioné el disparador y capté la imagen triste de una bandera sin paraguayos que la puedan arriar como para cambiarla por otra nueva.
Henry Miller dijo alguna vez que nadie es lo suficientemente pequeño o pobre como para ser ignorado. Pienso en aquella bandera de Caaguazú y no sé si Miller tiene razón. Al menos esa bandera paraguaya caaguaceña es muy pequeña y pobre como para que incluso quién la izó la ignore, la deje flamear, deshilachada, a lo alto de una suerte de mastil ante la mirada de miles de viajantes.
¿Amamos nuestros símbolos nacionales?
Cuando veo tanto abandono con la bandera fotografiada tengo ganas de generalizar y decir que los paraguayos somos nomás luego así. Que no amamos, ni respetamos ni defendemos la tricolor, excepto cuando once paraguayos andan corriendo detrás de una pelota a cuentas de la casaca Albirroja. Cuando se chuta hay patriotismo sin límites...
No sé, me vuelvo un poco pesimista.
Pero recuerdo ahora que en mayo vemos a miles de escolares con la cintita tricolor en el pecho, sobre el uniforme. Sonrío de nuevo y digo que no todos los paraguayos ignoran a la más bella de las banderas del mundo.
Pero unos indolentes hacia la patria nos incitan a generalizar.
Es que se trata de nuestra bandera, de ese tejido de tres colores que simbolizan la patria, el paraguayo, la costumbre nacional, el tekové apyteré del compatriota y la nación entera. Simboliza nuestra libertad, nuestros derechos, nuestra dignidad paraguaya.
Cuando veo una bandera destrozada como la de Caaguazú tengo ganas de decir que los paraguayos somos todos unos abandonados, unos parias, cimarrones, sin respeto alguno a lo genuínamente nuestro. Esa bandera destrozada me hace pensar en nuestra pequeñez, en que somos unos liendres, unos practicantes de felonías sin límites.
Me sobran ganas de decir que no sólo apoyamos a los corruptos en el poder, sino que también vendemos nuestros votos en los días eleccionarios; que abrimos universidades para enseñar nada y dar títulos vacios a jóvenes esperanzados pero también vacíos.
Que somos una nación de indolentes e irresponsables que a cuentas de la democracia seguimos tolerando la invasión a la propiedad privada y los asaltos a mano armada a bancos, cajeros automáticos o al peatón para robarle su celular, porque - supuestamente - "no hay luego trabajo" entonces que pase lo que pase y que Dios se encargue de poner orden en el desorden que nos mandamos como sociedad.
En la cabeza de esa gente intento meter el amor a la bandera. Reconozco, es una locura de parte mía.
Antes de decidirme por visitar al psicólogo prefiero pensar que hay paraguayos capaces de indignarse como yo. Muchos paraguayos. Incontables. Y me hace bien pensar en esa posibilidad. No todos somos abandonados a nuestros infortunios, no todos somos tan atorrantes como para dejar flamear una bandera paraguaya rotosa y sucia en plena ruta internacional y ni tampoco todos ignoran la bofetada a nuestro principal símbolo. Los "a mi qué",son los menos. Quiero que sean los menos.
Sí ... muchísimos amamos a nuestra bandera.....







1 comentario:

Silvio R. Rojas Duarte, MAE dijo...

Muchos amamos nuestra bandera, pero como en las otra cosas de la vida nos cuesta demostrarlo. O como en este caso, puede que sea el costo de reposición del nuevo paño el que impida el cambio por uno nuevo.
Hasta frente a instituciones públicas de la capital he visto banderas en similares condiciones. El bicentenario es buen momento para cambiar.