Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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domingo, 6 de diciembre de 2009

La amante de los dos masones

No le importó que el cuadro haya sido comprado con el dinero del Estado; lo descolgó, lo ubicó con cuidado en una caja en la cual escribió una de esas frases que endulzan los sentidos de cualquier mujer y los dejó para cuando llegue el momento.
El masón diplomático, por término de misión volvía a su país, donde la rubia amante esperaba y a quién regalaría una de las costosas pinturas adquiridas en Europa para adornar las paredes de la legación.
Un gandul ilustrado como él no puede sino ignorar principios éticos sobre todo cuando se trata de algo que sea para la nereida asuncena.
Templó su fogosidad en la descarada ostentación de las faltas y en los vicios de ella. De tanto encontrarse se convirtieron en mutua necesidad constante por lo que él escapaba a su país al menos una vez cada quince días o; ella, viajaba a Europa. El francmasón aceptaba que la esbelta mujer, una separada con hijos, sea bancada por otro maestro de la misma logia, un sexagenario de mucha fortuna.
Un amante diplomático y otro millonario, casualmente masones, puede que sean la envidia de cualquier mujer con alma de infiel, al margen de todo truculento cotilleo.
El lienzo, pensó el querendón ejecutivo de la legación nacional en el Viejo Mundo, quedará muy bien en el lujoso departamento de ella, al lado de la cimitarra persa y encima del pebetero inglés.
Ella bien vale un cuadro robado de la embajada. Piel de magnolia con transparencia de venitas azules y lunares rosados; brazos delicados, muslos infundiendo belleza y poderío, un decoro carnal por debajo del albornoz rojo.
La sumisión no es de ella, el noviciado tampoco. El diplomático estaba ante una manzana encendida.
El casi sexagenario huele a Carolina Herrera 212 y su sonrisa fácil, que expone una prótesis perfecta, todavía lo hace más atractivo.
Pantalón gris, calzados negros bruñidos franceses Aubercy y camisa celeste claro Heffort de Italia, prendas adquiridas tal vez de una de las tiendas de El Corte Inglés en Europa, transforman al calvo miembro del Supremo Consejo del Grado 33 en un adulto seductor, un completo currutaco.
Acomodado en el sofá de la elegante sala, como todos los sábados al atardecer, con la copa de Bayleys en la mano derecha, consulta como siempre de los hijos de ella, de cómo pasó la semana y de sus necesidades inmediatas.
Ella, esta vez cubierta con un albornoz Benetton turquesa, le plantea su idea de incorporar una araña estilo Whitefriars de Londres, decidiendo por una Giller de 21 luces de brazos y rizos estriados.
El hombre extrae de su cartera la chequera, firma una hoja y la entrega de inmediato. Páguese la suma de US$ 3.000 (tres mil dólares americanos) acredita su firma.
Sin dudas, un hombre protector. Un gusto más de la mujer no afecta su consolidado estado financiero. Su representación de autos norteamericanos, su estancia, su banco y otros florecientes negocios en la región le permiten responder los caprichos de la amante. El lujoso departamento en el exclusivo barrio capitalino también fue un regalo suyo cuando ella cumplió 41 años de edad.
Está atrapado por la ex esposa de su amigo. Pero pone algunas condiciones para continuar la relación: cuando la visita los sábados nadie debe estar en el departamento, ni sus hijos. El veterano masón sospechaba que su “hermano” diplomático frecuentaba el edificio.
Otros sábado, 18.15. El cuadro que llevaba estaba en una caja primorosamente envuelta en papel verde limón y acomodada en una bolsa Ikea. Presiona el pulsador del timbre. La elegante mujer abre la puerta y se sorprende ante la presencia del otro amante.
En el mismo sitio del living, “su” hermano mayor apenas pudo disimular la sorpresa. Desde luego, ambos se conocían aunque no se trataban. De todos modos se saludan con la naturalidad con la que la hipocresía enseña para estos casos de emergencia.
- Este es un obsequio que le envía una señora de Europa y que dice ser su amiga. Aquí dice su nombre. Ando entregando las cosas que me encomendaron.
- Sí, ya sé de quién se trata.
Se despiden. El amante adulto, incomodado, sugiere a la mujer que abra el regalo.
- Lo haré más tarde. Debe ser de esos álbumes de cocina que acostumbra enviarme.
El incidente no modificó la afabilidad del hombre quién al despedirse entrada la noche la adelantó que el sábado siguiente no vendrá porque estará en su estancia atendiendo la visita de dos inversionistas norteamericanos. Con un beso más paternal que el del amante, también se retira.
Las bandas elásticas abrazan sus muslos descansados en el living. El color negro le queda elegante y atrapante. Al tacto son suaves y excitantes. Lujo, delicia, sugerencia, provocación. Los izquierdos dedos cortos y morenos del ex embajador acarician esa parte de la prenda que cubre la apetecible anatomía de quién conociera en una noche de músicas folklóricas y churrascos en la parrillada de la autopista que conduce al aeropuerto.
La camisola de seda bruna fortalece las colinas de sus senos. El cabello rútilo que cubre sus hombros femeninos fulmina la serenidad del masón más joven, en cuyo pecho siente como galoparan veinte potros enloquecidos.
Sus manos avanzan un poco más allá, hacia el húmedo deseo de esa ex esposa predispuesta a cumplir de nuevo su papel de hembra. El tiempo queda atrás. Ellos arden exigidos, al rojo blanco, con la leña de las caricias mutuas y gemidos descontrolados, ardientes.
La boca del macho busca – exige - el pezón rosado, agazapado bajo la erótica lencería. Ambos, en este sábado a la mañana, se dejan transportar por sus instintos activados a fuego.
Hoy dijo que no vendrá. El camino hacia el placer está allanado.
Él zurea a su oído que ella es la mujer más encantadora del mundo y que se sentía su esclavo. Ella gime, complaciente, como en un primer orgasmo.
Ante el olor almizclado del momento, el símbolo del Shiva rebulle bajo la negra pelambre; se yergue, lubricado, enrojecido e indomable.
“¡Madre mía!”, exclama la mujer, como expresando prohibición, suficiencia, deseos de liberación y alabanza a la predisposición masculina de ese instante. Sin preámbulos ella estaba sobre él, en horcajadas, respingado entre almohadones.
Las pieles se juntan, hay efluvios trémolos, las partes umbrías en rápidos y encajados vaivenes provocan el empapado ruido del acto sexual.
Ella siente el borbollón en su interior y grita, extasiada, menea varias veces la cabeza, gime, dice guarangadas de tanto placer, y pega golpes en el pecho lampiño del hombre. También ella llega al orgasmo.
El timbre. Ella viste, apurada, una bata azul; él, queda en calzoncillos, consumido, en el mismo sitio donde cumplió su papel de estupendo amante.
La dueña del departamento abre la puerta. Era el otro masón quién, sospechando la infidelidad de la rubia, no fue al inventado encuentro con los empresarios en la estancia. Ve al rival desparramado en el living. El acaudalado amante sostenía una caja envuelta en papel de regalo con cintas rojas.
- Solo vine a traerla este obsequio que la envía una señora.
- Mira, quiero explicarte …
- ¿Cómo dice señora? No tiene nada qué explicarme. Hasta luego…

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