Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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miércoles, 9 de enero de 2008

El niño que olía la estación de trenes

Aquel niño sentía la parada del tren por medio del olfato. Sí, la olía. No era ciego, claro, pero aquella estructura de viejos hierros y chapas ingleses la apreciaba, curiosamente, a través de sus membranas nasales.
De vez en vez acompañaba a su madre, gustoso, hasta la estación ferroviaria de Villarrica, en Paraguay.
Para él ese lugar, al lado del ingenio azucarero, tenía "su" propio como agradable olor.
Todos los días, al mediodía, el tren procedente de Asunción llegaba a Villarrica. Era lo más importante de los acontecimientos cotidianos de la comunidad. Arribaban pasajeros y también encomiendas, cartas, bolsas de harina, fideo, telas, repuestos para los pocos automóviles de la época, barriles de combustibles...
La estación, pues, era el lugar donde los villarriqueños se encontraban y consolidaban vínculos a cuentas del tren que llegaba y se marchaba.
De pequeño viajaba, de vez en vez, a bordo de ese mismo tren hasta San Salvador, donde experimentaba con la madre el trasbordo a otro tren todavía más viejo e incómodo no por ello menos útil. La antigua locomotora tiraba del convoy con rumbo a la estación de Tacuara, desde donde, en carreta tirada por bueyes llegaba a la casa de los abuelos maternos, allá en las colinas de Buena Vista, departamento de Caazapá.
Viajar en tren por aquella segunda mitad de la década de 1950 era para el niño de cinco años una verdadera delicia. El tren era para él el olor de los dulces, los cremalines y de las tortas de maíz que en Paraguay las llaman "chipás". También de la fragancia de los finos perfumes de las señoras ricas que viajaban hacia sus establecimientos ganaderos. Era el olor del mosto de caña dulce. Y el zumbido de las abejas sobre la frescas y aromadas alojas en la estación.
Los vagones, la estación toda, el bufido de la locomotora, el viejo reloj inglés, los bancos de hierro y madera evocan una Villarrica forjada por las fábricas de azúcar, las yerbateras y por los aserraderos de lapachos, cedros y guatambúes de sus montes en la sierra.
Para nuestro niño, pasajero en segunda clase, la estación de la capital del Guairá tenía los mejores aromas del mundo: el de las naranjas frescas, de los refrescos de los "avíos", en especial de las milanesas preparadas por su madre para el viaje y el de los perfumes y polvos caros de las señoritas y señoras fifí de la elite guaireña.
Un día, esperando el tren para uno de sus viajes a Buena Vista, dijo a su madre que le agradaba el olor de la estación.
- ¡Jesús, m´hijo, que ocurrencia! - responde asombrada - si el aire está impregnado del guarapo de la fábrica de azúcar de los Friedman.
- ¿Acaso no sientes el de las alojas, de las chipas y de las ropas nuevas?
- Lo dices porque tampoco olfateas el repugnante olor del humo de los cigarros de aquellos señores que esperan nuestro tren. Ojalá no viajemos en el mismo vagón.
- Pero esos también son olores de la estación y huelen bien....
Afuera, en el descampado y amplio espacio, paran los "carumbés", coloridos carros de dos ruedas tirados por un caballo y destinado al transporte de pasajeros. Allí olía a cagajones, sudor de rocines y a catingas de cocheros. Cuando el tren parte también estos vehículos se marchan, en caravana, hacia la ciudad.
Cuando el convoy está en Villarrica, el niño sentía que el sitio se cubría de olor de alquitrán y a leña quemada. Era el "olor" del tren para su precoz olfato.
Efluvio de la ansiosa llegada o la partida del ser querido. De volver a ver a los abuelos. De decenas de pesadas y enormes valijas de cuero. De mucha gente elegantemente vestida. De apuros, abrazos, de tristezas, alegrías y de pregones de alojeras y chiperas. Imágenes con olores, selladas en la memoria del niño.
El tañido de la campana de la estación y el breve y agudo pitido de la locomotora que anunciaban la inminente marcha tiene para el chico los olores del incienso en las misas domingueras en la iglesia Santa Librada, del barrio Estación y; la sirena del ingenio azucarero, los aromas de la caña dulce cortada el día antes y trasportada en carretas por las polvorientas calles de aquella villarrica de mediados del siglo XX. (Asunción, Paraguay, diciembre de 2005)

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