Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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martes, 24 de septiembre de 2013

Ómnibus asuncenos de antaño


Se llamaba “ómnibus” o directamente “camión”. Era el transporte popular; al pituco lo llamaban “micro” o, más urbano, “taxi colectivo”. En el ómnibus se pagaba 5 guaraníes por cada viaje; en los micros, 10. Por aquellos años de principios de la década de 1960 los niños cedíamos el asiento a los mayores; los caballeros, atentos como eran, ofrecían sus sitios a las damas. Caballeros eran los de antes.
Los ómnibus eran con carrocerías de madera. Don Acosta, el carpintero que vivía a la vuelta de casa, también las fabricaba. Todo era de madera, desde el piso al techo. En los costados era cubierto con chapas metálicas; el techo, con carpa pintada de verde. Las rendijas se rellenaban con bleque.
Tiempos gloriosos de un personaje urbano que el tiempo absorbió: el guarda, equilibrista de la estribera y toqueteador de primera de toda colegiala; claro, el guarda la “ayudaba” a abordar atrapándola de la cintura con el brazo derecho, mientras, firme, con la izquierda se tomaba de la estribera produciendo el ascenso como en artístico vuelo.
Hace años que fue desalojado de la estribera donde era dueño y señor de pasajeros y hasta del mismo conductor del transporte a quiénes dominaba con silbidos estridentes y largos y gritos primitivos, mientras con notable agilidad iba acomodando los billetes de cinco, diez, cincuenta y hasta de cien guaraníes  doblados, como moños, al dedo medio de la mano izquierda.
Escucharlo invitar a los pasajeros para abordar su ómnibus en las esquinas (todas estaban habilitadas para ese efecto, no habían “paradas de ómnibus” como ahora, en la mitad de cuadra) era de antonomasia: “¡¡Brasil, Herrera, Colón, Carlos Antonio López!!, vamo señoritas, señor, señora, ¡siga nomás!”, verseaba las calles por las que iba el ómnibus y; ordenaba seguir la marcha al conductor, respectivamente.
A la vuelta, el personaje de la estribera “cantaba” las calles por la que retorna, por ejemplo la línea 26 con destino a Fernando de la Mora: “¡¡Montevideo, General Díaz, Azara, Pettirossi, Zavala!! (no decía Fernando de la Mora sino Zavala, porque hasta entonces la localidad era más conocida por su antiguo nombre, Zavala Cué. “Ma´lante, má lante!! … passss (pasaje)!!”, se comunicaba con los pasajeros.
El timbre casi no se usaba. El guarda se encargaba de avisar al conductor con sonoro silbido que un pasajero descendería.
Los ómnibus eran muy limpios, el guarda se encargaba de sacudir los asientos de polvos. “Prohibido fumar y escupir” rezaban al menos dos carteles sobre las ventanillas. “Subir por detrás”, “Bajar por delante”, estaban escritos en las puertas. La puerta delantera era accionada con una manivela mecánica administrada por el conductor. En aquellos tiempos la puerta delantera siempre estaba cerrada cuando el vehículo marchaba.
El portabultos estaba sobre el techo, al cual se ascendía mediante una escalera que generalmente estaba al lado de la puerta delantera. En horas pico, los pasajeros trepaban al techo del bus y, ante el lleno de las estriberas se colgaban de la escalera.
En los ómnibus los soldaditos tenían “pase” libre (no pagaban pasaje), ocupaban todo la parte trasera del ómnibus (en aquellos tiempos del servicio militar obligatorio eran miles los conscriptos). Los choferes no querían alzar a los soldaditos, la mayoría cumpliendo mandados en las casas particulares de los oficiales superiores. Los reclutas se encargaban, por ejemplo, de retirar la carne de los cuarteles respectivos con la cual preparar la comida en la casa. La carnaza ubicaba en bolsitas de tela empapadas de sangre bovina, hacia que el fondo del transporte oliera a carnicería de mercado.
Competían con las mercaderas cuyas canastas (ayaká) cubrían los espacios junto a la puerta trasera. En aquellos tiempos las trabajadoras de los mercados vivían en Ysaty, Fernando de la Mora, San Lorenzo, Luque, Loma Pyta, Luque. Los productos que ofertaban eran los de sus propias chacras y pequeños tambos y gallineros.
Algunas eran desbocadas con el guarda quién era de subirlas a los estirones arrojando sus canastos al piso del transporte. “¡Nde aña memby, re yokapata ningo che ryguasu rupi´a!”, boceaba la mercadera al hombre del silbido, quién se limitaba, irreverente, a menear la cabeza y sonreír, pícaro, conociendo el carácter de las mercaderas, sus pasajeras de años.
Los que peinamos canas extrañamos a aquel personaje agitador  de aquella Asunción reposada de las siestas largas. Echamos de menos aquello de cuando escupía en los dedos pulgar é índice para dar el vuelto. El dinero quedaba mojado con la saliva. No olvidamos el parabrisas levantado con un dispositivo dentado, de hierro, por donde entraba el viento fresco a todo el ómnibus en los días de verano.  No había acondicionador de aire que pueda alcanzar su eficacia.
Desde luego que extrañaré la mirada del chofer a través del retrovisor interno dirigida a las piernas de la señorita minifaldera sentada inmediatamente detrás de él.  Y también el servicio durante las 24 horas, sobre todo los de los micros, de aquellas unidades VW tipo Kombi.

Tiempos de cuando los niños cedíamos asiento a los mayores y; los caballeros,  a las damas…

sábado, 17 de agosto de 2013

Día de la bandera


Antes, el Día de la Bandera era el 14 de agosto. A lo mejor sigue en pie eso de que esa fecha se marca como el día de la tricolor pero de ahí a que se festeje tengo mis dudas. Últimamente no andamos haciendo tanta fiesta a la bandera, al contrario …
Las maestras nos enseñaban en las escuelas que nuestra bandera flameó por primera vez al frente del ejército paraguayo que antes de 1811 apoyó al de Buenos Aires contra la invasión inglesa. Yo no sé si eso se enseña hoy en las instituciones escolares. Hace tiempo que dejé de concurrir a las aulas y que, dicho sea de paso, mucha falta me hace.
Hoy pareciera que la tricolor bandera paraguaya no tiene más uso que en los días en que la Albirroja hace buen papel, cuando hay alguna manifestación cachiai contra algún despreciable, que nunca falta, o alguien se encadena frente a alguna institución solicitando mejor salario.
Nuestra bandera es el símbolo de todo lo que somos los paraguayos, no solo de nuestra geografía e historia. En sus colores se reflejan nuestra ser nacional, cada costumbre, cada idea, del cómo encaramos el compromiso como nación. Ella identifica soberanía, paz, justicia, trabajo, amor, solidaridad, decencia, humildad, fortaleza, dignidad de cada uno de los paraguayos.
Sin embargo, todo esto que les digo como que es mucho discurso al pensar en la realidad que nos consume en el día a día. Por ejemplo, eso que hizo Lugo el año pasado, el de dejar entrar a unos cuantos diplomáticos extranjeros (matones extranjeros) para que se haga lo que a ellos les canta: entregar la patria a los comunistas.  La bandera paraguaya casi fue entregada por el ex cura engendrador.
Si la bandera paraguaya hablara, fantaseo, pegaría una filípica contra algunos paraguayos que aceptaron los maletines chavistas que no tenían otras intenciones que arriarla de su alto mástil.
Y se sacudiría la bandera tricolor contra los paraguayos que no la honran, ni a ella, ni a sus escudos, ni a sus colores, ni a su historia llena de sangre, sudor y lágrimas.
Felizmente, todavía quedan muchos paraguayos que entienden que a la bandera tricolor para cantarla son poetas y; para defenderla, soldados. Una bandera a la que honra, no solo un 14 de agosto, fecha cada vez más desteñida para la memoria del símbolo, a la que entone la fiesta de los días de paz.

Y todavía quedan, y muchos, paraguayos que aman y respetan a la bandera de nuestra patria tan querida, a la bandera de nuestro cielo guaraní; a esa cintita tricolor que orgullosos lucíamos en nuestros pechos de niño en los días de los desfiles estudiantiles de mayo y de agosto y que hoy, si se realizan estas marchas, no son sino con ánimo carnavalesco que patriótico. 

sábado, 6 de julio de 2013

Del revés, nuestro derecho villarriqueño


Nosotros, los gua´i, contamos con el pasaporte dorado, universal y eterno para hacer las cosas del revés. El día que dejemos de lado ese magno derecho habremos renunciado a nuestra territorialidad, a nuestra misma esencia, de nuestro eterno yo.
Expresada esta memorable defensa ñanandy a favor de mis coterráneos y del mío propio, quiero destacar que nuestro ejemplo va cundiendo en todo el Paraguay porque, la verdad de la sagrada milanesa es que últimamente andamos haciendo las cosas no tanto como el sentido común plantea a la humanidad toda sino absolutamente del revés.
Por ejemplo,
En nuestras casas tenemos las frutas pero no se aprovecha como corresponde. De los cítricos podemos hacer los jugos como se hacía en tiempos de nuestros mayores, pero como que tenemos vergüenza para llevar a la mesa a la hora de almorzar una jarra e jugo y que, por el contrario, es chururú, más digno, por decir, exponer una botella de gaseosa en el encuentro familiar
En mi barrio veo esos mburucuja osaingo pava y que sirven solo para que los pajaritos se llenen sus barriguitas. Unas frutas usan sus dueños y después dejan que se echen a perder.  Eso sí: no dudan gastar por una botella de guaraná o un jugo importado de Brasil y que se hizo de ¡mburucuyá!
Dicen que la caña paraguaya es muy buena pero los que gustan chupar prefieren la caña importada, entre los que está el llamado whisky.
Dicen expertos alemanes que la cerveza paraguaya es muy buena por la calidad del agua, pero ni ahí para aquellos que prefieren la cerveza, por decir, norteamericana, que no pasa de ser una cosa simple, insulsa, insípida. Pero ñande ningo upeicha: importado debe ser.
No hablemos de las hamburguesas, un negocio marca registrada de los norteamericanos. El paraguayo se cuestiona para comer, por ejemplo, el chipa caburé en público pero, itavyta, quiere que la gente le vea con una hamburguesa en la mano comprada por un platal y que traiga aipo “cajita feliz” mbaembo (que todavía no estoy seguro si se come o qué).
De tanto comer hamburguesas no pocos paraguayos (y paraguashas) son fofos, candidatos a enfermedades cardiovasculares y que después se mueren luego si que.
Ganado vacuno es lo que más abunda en Paraguay (unas 14.000.000 de cabezas) suficiente como para tener cuero para fabricar calzados. Pero los zapateros se quedan con la tarea de remendar los sapatu tujakue y no fabricarlos porque preferimos comprar los calzados chinos, brasileños, argentinos.
Y después nos quejamos porque no hay fuente de empleos en Paraguay. ..
Me preocupa eso de que nosotros los gua´i ya no seamos los únicos de hacer las cosas al revés. La plaza está dura para nosotros, la competencia es feroz.

El otro día dije que las calles están llenas de vehículos, que no cabemos más en nuestras calles con nuestros autos sobre todo en horas picos. Y propuse que se deje de importar los coches de Chile para dar un respiro al tráfico automotor. No pocos me salieron al paso y casi me linchan. La gente prefiere seguir importando autos usados de Chile, así no haya más lugar para poner un pie en la calle.

Voy a tener que sugerir a mi amigo y colega Caio Scavone, gua´i de alma como yo, a promover un gran congreso de guaireños para saber qué medidas tomar ante este acoso paraguayo sobre nuestros genuinos y exclusivos derechos a hacer las cosas al revés; ya todo el mundo nos está copiando y eso no puede ser; no hicimos la democracia para andar robándonos nuestros respectivos derechos autorales. No estamos dispuestos, los guaireños, a renunciar a lo que es de nuestra inconfundible peculiaridad. Hacer del revés las cosas es cosa nuestra…

sábado, 22 de junio de 2013

La barriga paraguaya

                                                  Esta barriga "bandeó" todito mal al otro lado. 
El Gordo es el nombre de una chipería. Antes también había una parrillada sobre la avenida Eusebio Ayala que se llamaba El Gordo y era de César de Brix. Así también se le llamaba al premio mayor de la Lotería Paraguaya hasta que vinieron los bingos y desapareció la Lotería. Algunas mujeres querendonas dicen “gordo”, “gordi” a sus parejas que son gordos o gorditos.
Pero no es de esto el tema, aunque sí. No sé si me explico. 
Todos tenemos una persona a la que visualizamos cuando hablamos de gordos.  Todos ellos aparentan bonachones, buenos y simpáticos. Y lo son.
Pero muchos de ellos, felices como aparentan, sufren, todo porque tienen alguna deficiencia en el sistema gástrico que pide y pide más comidas a cada rato.
Bueno, de lo que quiero hablarles es de la barriga de los paraguayos. De esos que tienen asieté de grande. 
Los paraguayos comemos mal. La cuestión se nos empeora con las comidas chatarras. Al paraguayo le gusta el karakú del puchero al que le hace syryku y la verdad es que es una verdadera delicia. Empanadas, panchos con pan, hamburguesas, asados, cerveza ¡Asieté sus barrigas!
Varones y mujeres desde edad temprana empiezan a tener enormes panzas.  Sus papadas se caen, el cuello desaparece en algunos, sus ojos se vuelven oblicuos porque sus cachetes se hinchan y sus aortas saltan y se vuelven rojos.
                                            A esta barriga a más de bajar le falta una buena afeitada. 
A algunas mujeres gustan los gordos y, entonces, no tiene otro plan más que llenarle el buche con eso que a su barrigota le haga crecer cada vez más. Él aporta lo suyo, su cerveza por hectólitros. De terror.
Pero también hay maridos que dan de comer como a chanchos a sus parejas porque les gustanlas gorditas, las de abundante y pecaminosa carne. Cuanto más desparramada, mejor. El tema es que en la intimidad se encuentre con abundancia, nada de escasez.
Así las cosas, el varón se siente orgulloso de su prominencia y, amo hapope, la mujer igual sin darle importancia al reclamo callado del corazón que no sabe cómo administrarse con tantas grasas que bloquea cada vez más las aortas, todas las venas y los capilares.
Los choferes de colectivos, los funcionarios públicos, los políticos ymá,  son de esa clase abdominal a los que no hay botones que soporten en sus camisas.  Ty´e re ko ñañe´e hina. Umi peichaiteva….
Muchos paraguayos se mueren relativamente jóvenes porque comen mal. Se suicidan literalmente y así y todo no falta quién se asombre por su temprana muerte, “si era sano, gordo, ikyra guasu”. Y ahí está el detalle pues. Su corazón no aguantó más y caputi. Upeante ningo.
                                                           Una barriga llena, sin dudas. 
En la escuela luego se vende comidas chatarras, en la casa de miles de paraguayos no se tiene en cuenta las consecuencias de comer frituras y gorduras y de la necesidad de consumir verduras, frutas, carne magra sin abusar de esta.
Uno se enferma por lo que mete por la boca dicen los médicos. Pero umía ndoikei lo mitâ re. “Ja karu vaerâ ningo”, decía el colega Papucho. Sí, pero comer bien y hacerlo bien no es más caro, a lo mejor es más barato.
El gordo es muy simpático, ijagraciado ningo. Pero la gordura en ningún caso promete consecuencias felices. Hay que ir al médico para hacerse ver y no terminar cualquier día muerto de un paro cardiaco porque el pobre corazón dijo que no da más y todo acabó.
“Ñande gordo pata”, frase acuñada por un ex militar, es gracioso pero esconde por detrás una amenaza fatal para todos los que “lucen” gorduras.

Anivéna jakarú vaí, lo mitâ…

miércoles, 19 de junio de 2013

Al Toque de Somatén


Algunos dicen que la única forma de aplacar la sensación de intranquilidad que nos acosa es haciendo justicia por manos propias. La Justicia, sin dudas, está mal administrada por tanto la gente, luego de tantas penurias, piensa defender lo suyo como pueda, con la ley de la selva.
Periódicamente nos enteramos que los vecinos actúan como los delincuentes por la inseguridad reinante. Hay cuadras donde se leen carteles advirtiendo que los moradores están alertas contra los delincuentes.
La institución policial, así disponga de todo equipamiento que reclama, todavía sigue en deuda con la sociedad que, ante el desamparo, debe armarse y unirse a otros civiles para defender su familia y sus bienes.
En Cataluña, España, a propósito, existía durante la primera mitad del siglo XIX lo que llamaban "Toque de Somatén" que consistía en un cuerpo de gente armada que no pertenecía al ejército y que se reunía al toque de campana para perseguir a los criminales que aparecían por el poblado o para defenderse de ellos.
En Paraguay también la gente se moviliza de vez en vez  como en aquellos tiempos de España. Estos grupos de compatriotas actuaron en algunos momentos incluso con virulencia como de cuando, a fines del 2011, un comerciante de Ciudad del Este, Michel Mendoza, tras ser asaltado por segunda vez por un mismo grupo de marginales movilizados en moto, decidió perseguirles a bordo de su camioneta, los atropello y mató a dos.
La ley del más fuerte nos amenaza casi siempre. Las discordias se hacen presentes de tiempo en tiempo porque no pocos paraguayos se resisten a respetar la ley. Los delincuentes no temen a la ley y esta debe ser temida por los marginales. 
Como no se hace respetar la ley el "Toque de Somatén" se engendró, nació y ahora está grande y fuerte entre nosotros.

En realidad ni el predominio de la delincuencia ni de los vecinos organizados sino el de la Justicia, de la ley, debe regir en la nación.
Lo que experimentamos hoy, respecto a la inseguridad, no es intrascendente. Es grave. Los gobernantes en democracia no tienen voluntad para hacer valer la ley o no saben cómo hacerla. En ambos casos es peligroso. 
Si regía la voluntad de hacer valer la ley no hubiera sido asesinado el ganadero Luis Lindstron en manos del autodenominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).
En estas horas de inseguridad vale el pensamiento del español Juan Donoso Cortés: "se trata de escoger entre la dictadura de la insurrección y la dictadura del gobierno; puesto en este caso, yo escojo la dictadura del gobierno como menos pesada y menos afrentosa". 
A más de dos décadas del derrocamiento del dictador Stroessner no estamos sabiendo obtener ventajas de la democracia por lo que bien vale rescatar el pensamiento de Cortés. Hasta ahora muchos compatriotas se defienden en medio de la inseguridad al sonar de campanas, al "toque de Somatén". 

domingo, 19 de mayo de 2013

El mate, Bertoni y nuestro descaro


                                          (Foto: www.argentur.com)
Yo les puedo decir que el mate nos vuelve desvergonzados. En serio, a mí y a un grupo de amigos nos volvió descarados, desfachatados. Y les adelanto que en mi grupo de “materos” estuvo el entonces ministro de Agricultura y Ganadería, Hernando Bertoni. 
Les cuento cómo viene la mano y de qué se trata.
Una vez, allá por 1986, fui a cubrir periodísticamente la Exposición Rural de Palermo en Buenos Aires. El ministro Bertoni viajó en compañía de tres de sus principales directores, entre ellos el director general del ministerio (lo que sería hoy el viceministro), ingeniero Luís Pampliega Caballero.
La noche antes del retorno a Asunción el ministro me invitó a viajar con ellos en el avión Cessna 210 con el que habían llegado a Buenos Aires. Acepté. Temprano fuimos al Aeroparque y mientras esperábamos los trámites aduaneros en el salón vips nos pusimos a tomar mate. Los minutos corrían y seguíamos tomando mate.
No terminaba la gestión aduanera pero no nos importaba. Estábamos muy cómodos en la sala de espera con nuestro mate, por demás delicioso y oportuno visto y considerando que hacía frío.
Terminó el agua en el termo y volvimos a pedir más agua caliente. Interín, el ministro plantea la idea de, camino a Asunción, desviáramos a Uruguay para visitar una estancia donde se cría ovejas. Aceptada la idea seguimos tomando mate.
Cuando abordamos el avión monomotor me entraron ganas de hacer pipi. Pregunto al piloto, Angel Valle, si cuanto demoraremos para llegar a la estancia uruguaya y me dijo que unos 40 minutos. De acuerdo, aguantaré cuarenta minutos.
                                          Cessna 210 semejante al que hicimos el épico viaje.
Decolamos, la nave toma altura y velocidad crucero, estamos sobre el gran estuario del Río de la Plata y, las ganas de hacer pipí crecía. En la otra orilla, pensé ya estaba Uruguay, nos bajamos y allí a desagotarme.
A los 20 minutos de vuelo, el ministro dice que prefería continuar viaje hasta Asunción (son unas tres y media de vuelo en ese avioncito) y yo empezando a inquietarme. Mal de otros, consuelo de tontos, los demás también estaban igual que yo.
Y como si todo fuera poco no funcionaba la calefacción de la máquina. Había un frío espantoso en la carlinga lo que nos daba más ganas aún de mear allí nomás ya. Fue el viaje más largo de mi vida, insoportable, dramático, épico. Todos estábamos desesperados por encontrar un mingitorio por el amor de Dios, pero en ese espacio tan reducido, con casi cero grado de temperatura y hacinados como estábamos entre seis hombres que solo querían evacuar aquello se convertía en un micro infierno.
En fin….
Llegamos a Asunción, aterrizó la máquina, fuimos hacia el hangar pero, dijo el ministro al piloto, “aquí nomás quedate Valle”, junto a lo que nos pareció un alto yuyal al lado de uno de los hangares. El aviador apagó el motor, nos tiramos los seis ocupantes y nos fuimos hacia el “yuyal” (unas plantitas de crotos) donde unos al lado de otros nos pusimos a hacer pis todo el tiempo que necesitábamos, pienso que habremos estado fácil unos cinco minutos desagotando vejiga.
Entre tanto, pasaba la gente por cerca nuestro lo que nos importó un pito. Los pitos reclamaban lo suyo y le dimos el gusto.
Por eso les digo que el mate nos vuelve desvergonzados. A uno le puede hacer cosas extremas como lo del hangar, así sea uno un científico y ministro como lo fue Bertoni.
Sí, el mate nos vuelve desvergonzados….
Solo para ilustrar, entrevista a Hernando Bertoni de cuando era periodista en Abc Color. El de la derecha es Andrés Colmán Gutierrez. 

Los Reyes Magos



Esto de los reyes, más que satisfacción para los niños es un akarasy de novela para los papás. Es que el día de los Reyes es justo el 6 de enero cuando la plata sencillamente desapareció de carteras, billeteras, bolsillos, cajeros y alcancías. Yo me pregunto si a quién se le ocurrió crear el día de los Santos Reyes a seis días de la fiesta de Año Nuevo. Pero, en fin, cada uno se ingenia para salvar el compromiso, que – eso sí – se debe salvar. Y esto me recuerda a lo que yo gozaba cuando niño….
Ya no tengo hijos pequeños, de modo que yo estoy como por encima del bien y del mal de este compromiso anual.  Recuerdo aquellos álgidos años de cuando mis niños aguardaban la madrugada del 6 de enero, era todo un tema que solo comprenden los que cruzan por las coordenadas de este delicada responsabilidad.
No tengo idea de lo que pedirán hoy los chicos; deben ser de esos celulares “aifon” mbaembo o, a lo mejor, una “nobuc” o algo teledirigido que ya hay en las jugueterías o en las tiendas de Ciudad del Este.
En mi época la cosa era menos complicada.
Recuerdo aquellos regalos de 1959 en Villarrica que consistieron en una camisa sin manga de color celeste clarito, una bolsita de caramelos y una sandía. Para conseguirme semejante “los reyes” tuve que ir a la casa de mi madrina. Mi “maina” era de esas señoras pitucas que tenía dos perritos fifí cuyos nombres todavía recuerdo: “clavo” y “clavito”, era de esos jagua´i paquetes insoportables. En su casa pasé la noche, casi sin dormir, porque eso de recibir regalos me generaba muchísima ansiedad.

No pude haber estado más feliz que aquel día, 6 de enero de 1959. Al despertar encontré la bolsita de caramelos, la camisita sin manga y la sandía sobre mi zapato ¡Todo para mí! Mi felicidad no tenía límites, salí de la casa de mi “maina” con todos mis regalos y fui caminando hasta mi casa, unas cuadras hacia abajo, cerca de la Escuela “Pasopé”. Recuerdo bien que no dije ni hasta luego. Demasiado feliz estuve.
Lo de los Reyes es algo importante, a propósito, que marca a los niños. Esa cándida inocencia les hace valorar una enormidad cada regalo que recibe, más aún si es de los Tres Reyes Magos porque aquel, el regalo, viene cargado de fantasías, de esas imaginaciones que solamente en la niñez se llega a desarrollar.
De ahí que, así sea el último pataleo de las fiestas, bien vale la adquisición de ese juguete o de lo que sea el regalo que aparecerá en el amanecer del 6 de enero en los zapatitos. Esa ilusión, en verdad, no tiene precio y los padres no lo deben olvidar.
¿A quién no le gustaría amanecer con un regalito en los zapatos?; hasta a mi me agradaría recibir algo. Y, pienso, así se manifiesta la entelequia y que debemos construir y sostener en los niños.  Un chiquillo es sobre todo fantasías a granel y cuanto dolor generaríamos en sus rosadas almas si les sacáramos la oportunidad del vuelo de sus angelicales imaginaciones. No logro imaginarme restándole esta alegría.

Por eso quiero decir hoy a los papás y a las mamás que hagan lo suyo para que Los Reyes traigan a los hijos tan siquiera una camisita sin mangas, o un bolsita de caramelos o una sandía porque un regalo esperan los niños nada menos que de esos señores que vienen en camellos sedientos.
El 6 de enero es el día más importante para los niños. Yo, como papá, nunca tuve el coraje de puentearlo. No pude, así haya necesitado de ese dinero que ya se gastó en las dos fiestas anteriores.
Entonces, por el amor de Dios, dense un esfuercito final, pónganse las pilas, y háganse de ese dinero mínimo necesario para regalar una sonrisa que no se borra en días. Háganme el favor…. Instalen una felicidad en el rostro de sus niños. 

sábado, 18 de mayo de 2013

Don Agüi, el tatacuacero


                                                       Constructor de horno (foto ilustración extraído de Internet)
Don Agustín, más conocido como don Agüi, era el “tatacuacero profesional” de mi pueblo y que por  hacer bien su tarea nunca le faltó trabajo. Sabía secreto por secreto de todo cuanto se refiera a la construcción de hornos que, por entonces, eran imprescindibles en todas las casas.
Todavía yo era niño cuando lo veía por Villarrica con sus cuchara, plomada y balde de albañil dirigiéndose a algún lugar a levantar un horno más. Era un señor retacón y extrovertido, tenía amigos por todo el barrio.
En las proximidades de la Semana Santa andaba a los trotes. Debía reparar unos cuantos que empezaban a caerse y mucho más debía construir. Tenía una manía: los ladrillos utilizados en su obra debían ser de la olería de don Aguilar, el vecino de la Escuela Paso Pe. “Upepe gua ijapu´a porâ ve”, justificaba. No sé si don Aguilar le pagaba alguna comisión que tampoco me importaba.
Don Agüi construía los hornos más redondos que jamás he visto en mi vida. Altos, bajos, grandes o pequeños, todos le salía a la perfección.
Un día quiso evangelizar en el trabajo al borracho de Chiripepé a quién por un tiempo lo tuvo consigo, confiándole los arcanos de su oficio y parecía que, en los transcurrir de los días, el ya legendario Chiripepé se alejaría del alcohol y se convertiría en un excelente constructor de hornos más su aprendizaje terminó abruptamente aquel día de cuándo, mamado, perdió equilibrio y cayó sobre el horno a punto de terminar en la casa de un vecino, en el barrio San Miguel, en pleno Lunes Santo, a las 5 de la tarde.
La preparación de la argamasa era otro de los secretos de don Agüi. Dicen que ya muy anciano contó que debía añadir un puño de pombero rekaka por cada tres baldes de arena y una de cal. Las setas debían ser de los bosques y no de las casas porque estas no ayudaban a calentar el horno con menos leña y en menos tiempo.  Así se decía, incluso después de mucho de haber fallecido aquel buen hombre.
El personaje casi no cobraba por su trabajo, eso sí, de la primera hornada le convidaba el dueño del flamante horno con unas cuantas chipas, ryguasú ka´e y sopas. Es que en aquellos tiempos casi no había circulantes en mi pueblo, una época muy dura de hambrunas y levantamientos cuerteleros.
Si el sacerdote es requerido con fogosidad en la Semana Santa, a don Agüi en los días previos a la Semana Santa; hombre lleno de buena voluntad y el más sabio de su época en “tatacuacerías” y él lo sabía por lo que se ufanaba andando por ahí.
Era un “tatacuacero profesional” como él mismo se hacía llamar.
Quién le habrá enseñado en tan singular arte el tiempo se encargó de esconderlo. Lo curioso de este compueblano era que se negaba rotundamente a construir una hilada de pared; “upea che nda japokua´ai”, aclaraba honesto. 
Sin embargo, un horno levantaba con paciencia y notable rapidez así sea del tamaño que fuere. Desde la primera hilada va administrando la curva ascendente hasta que, en la cima, con maestría daba el toque final a la tarea en un par de horas.
La Semana Santa en mi pueblo era el tun – tun acompasado de las moliendas del maíz en los morteros hogareños, el chillido salvaje del cerdo faenado el Lunes Santo,  el cernido del maíz molido, el encendido de la fogata y, la presencia de aquí para allá de don Agüi, el tatacuacero más formidable, querido y respetado de la comarca. 
                             Horno hecho con molde previo de arena húmeda (foto ilustración, Internet)

El implacable "se dice luego" ...


A la hora de contar, nada más nuestro que el “He´i voi ningo …” de tal o cual persona medianamente famosa. El singular vivo y sonoro del disperso “lo mitâ ningo he´i” implacable, impertérrito. La verdad verdadera del paraguayo no viene por otro sino por esa puntual o difusa intermediación y que sin ella la conversación es irremediablemente incompleta, casi sin sentido, en cuyo caso más valga apelar al no  menos efectivo “dicen que”, “o je´e ningo”.
He aquí, a propósito, algunas frases de paraguayos famosos a fuerza de esta costumbre.
“Âgante, Montanaro” es la frase que cruzaría los últimos años del siglo XX hasta llegar al presente y que pertenece al recordado Humberto Domínguez Dibb (HDD); correspondía al título de uno de sus famosos sueltos publicados en la portada de su diario, Hoy. El padre de Goli  Stroessner no era de llevarse bien con el ex ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, el centro de los disparos verbales de aquel. Y como Montanaro era un kangüe ro de aquellos caía simpático a la gente los comentarios de HDD.
“Shake oú José Gill”, la frase de nuestros abuelos. Gill era un montonero colorado. “Yaha vaivente hina, jaiuma jarro hovype”, es una frase frecuentemente utilizada por nuestros mayores, sobre todo entre los colorados.
“Ikatu a javy, he´i Médico Ju´ai” es más que el “dice que”, parte del refranero popular. Daniel López era un médico naturalista y que sufría de bocio (ju´ai) que en sus medicaciones era muy certero y que indicaba a sus pacientes al recetar “este para el jarro”. Se ufanaba de su conocimiento y para remarcarlo decía “ikatú ajavy”, de ahí la frase.
Perduran frases famosas que enriquecen las conversaciones entre paraguayos como “no hay caso, he´i Gamarra”, “adiomante che calandria”, “elementazo koa, he´i Mbopí Pucú”, “aguapyta sapy´a mi, he´i Gondra”, “tarde o temprano Quintana será su sastre”.
La gente fifí ,pero de esa pesimista, que no ve nada bueno en el paraguayo, dice que en Paraguay nadie pierde ni gana reputación. En junio de 2012, Rolando Niela escribió en Abc: “Cecilio Báez dijo alguna vez, ¨en Paraguay nadie gana ni pierde reputación¨”. Pudo haberlo dicho pero la frase se atribuye a un personaje más o menos de la época del ex presidente, a Ángel Peña.  En “Infortunios del Paraguay”, Teodosio González también utiliza dicha frase, lapidaria por cierto, al igual que Augusto Roa Bastos en “Madama Sui”.
Pero eso es al margen.
En Paraguay es deporte nacional el “0je´e ko” y se practica a sotto voce en todas las clases sociales. Se dice luego.
Walter Bauer era un adivino alemán radicado hasta su muerte en San Bernardino. Sus anuncios nunca fallaron, como aquel a Antoine de Saint-Exúpery (autor de “El Principito”) a fines de la década de 1920: de que éste sería famoso. En torno a aquel extraño personaje teutón se creó “ya lo dijo Bauer” cuando se pretendía avalar la certeza de una posibilidad o aseverar un vaticinio.
“Café o leche, no café con leche”, la famosa frase de Alfredo Stroessner, desentona con la que pronunciara el ex presidente Fernando Lugo durante su campaña política: “mbytetepe, poncho juruicha”. Con Stroessner no había media tinta y, contrario a Lugo, aquella frase está acuñada por él mismo.
A partir del “lo mitâ ningo he´i voi” todo puede resultar cierto: la homosexualidad del juez, la transformación en luisón del séptimo hijo de ña Eustaquia, la fortuna de aquel caudillo liberal que una noche extrajo una olla llena de oro en los fondos del cuartel de López en Pirayú. Cuando “la gente dice luego”,  el mariscal López bien puede bajar de su estatua ecuestre a darse un baño en la bahía en cualquier noche de viernes con luna llena, mientras su caballo pasta en los bajos del Parlamento.
Cuando “se dice luego” entre los paraguayos, respire hondo, relájese y disfrute…


FRASES QUE CRUZARON EL TIEMPO

·         “Partido nacional republicano, católico, apostólico romano” (“Mateo Ka´u”, personaje urbano)
·         “soy el piloto del ambiente de la vida trafalaria” (“Piloto del ambiente”, personaje urbano).
·         “Upeichante va´era voi ningo”, así nomás luego tiene que ser (expresión popular).
·         “No nos jodamos más” (Angela Agüero, llamadora de radio).
·         “Upepevente, upevente” (Bernardino Caballero a josé Domingo Decout, canciller por quinta vez, quién aspiraba ser presidente de la república). 

El travesti Carla



Una persona llamó a plantearme escribir una crónica evocativa de aquella asunción de la dictadura; de esa ciudad igual a la de hoy, pero más discreta: de cuando casi no habían travestis por sus calles excepto uno, Carlos Ramírez, la famosísima “Carla”, que no era “travesti” como se dice hoy, sino un “invertido”, “marica” o sencillamente “puto”, y que dejó su huella en quiénes lo conocieron por dentro y por fuera, porque vestido como mujer era capaz de despertar – y despertaba – las envidias más intensas de las féminas asuncenas más bonitas de la época.
Ante Carlos Ramírez, vestido de mujer, famoso en aquellos años de las décadas de 1970 y 1980, cualquier hombre caía desplomado; era imposible negar un piropo a esa morena de nalgas y pechos así de bien puestos y con su cuidada cabellera hasta por aquí mientras caminaba por las siestas asuncenas.
Era Carlos en su rol de “Carla”.
Las siestas asuncenas era otras, distintas a las de hoy. Por aquel tiempo eran las prolongas horas de descanso, con tiendas y almacenes (no habían supermercados sino uno con ese nombre, “El país”, que no era sino una despensa grande de hoy) también cerradas hasta las 16.00. Esas horas de calma eran aprovechadas por el transformista para andar sin apuros por las veredas del centro.
La morena de pelo lacio y largo y de una cinturita de asimi, generalmente con blusa clara, pantalón vaquero y tacones, andaba sin apuros, discreta, por las veredas cercanas del diario Abc, algunas veces; por la calle Chile, otras. Carla, el puto más bello de la capital paraguaya.  
Para mi modo de ver, Carlos Ramírez fue el campeón de la feminidad. Fue el hombre más mujer que pudo conocer la Asunción pudorosa de aquellos años dictatoriales.

La pequeña y coqueta Asunción de los tiempos de Carla, el más famoso travesti de su época.

Femenina como aparentaba, provocador de delirios, el bujarrón podía trenzarse en infernales moquetes con el hombre que no cumplía con los ritos finales de sus ninfos servicios; es decir, si no pagaba. Era el momento en que era capaz de repartir moquetes y patadas hasta dejar hecho un puré al avivado que gozó de sus extraños atributos.
Carla era famosa en los círculos áulicos de la sociedad asuncena. Su presencia no dejó de sacudir despedidas de solteras y de solteros, hoteles lujosos, famosos restaurantes y clubes y fue, ¡menudo problema para más de una esposa fifí!, rival dura de roer.
Un día, como todas las siestas,  iba yo caminando de mi casa, en Parapití y Segunda, hasta mi trabajo, en el diario Abc Color, cuando vi a una mujer andando en el mismo sentido al mío. Luego de apreciar semejante pecado en tacos altos apresuré el paso y junto a ella no pude sino regalarla un piropo de aquellos. Era Carla para mi desgraciado curriculum de criollo Casanova. Felizmente era de siesta y nadie vio mi papelón. A esta altura de mi vida no puedo sino admitir, como un humilde derrotado, que Carla figura en mi lista de piropeadas.
Travestido hubo siempre, aquí y en todas partes del mundo. Sin embargo, Carla tuvo que haber sido el súcubo pionero en enfrentar la calle asuncena vestido de mujer, por demás de alta peligrosidad visto y considerando que la dictadura no toleraba semejante audacia. Recordemos que durante el gobierno de Alfredo Stroessner fueron detenidos 108 homosexuales por el asesinato de aquel locutor de Radio Comuneros, Bernardo Aranda.
Carlos Ramírez rompió los moldes y se hizo a la vía pública.
Cuando Carla cubría su zona en Asunción, el "Sultana" de Brújula viajaba a Buenos Aires. 

Los pudores no pudieron con él como con los clientes. Vestido de mujer era una princesa extraída de un cuento imposible. I porâ de vicio. Las mujeres de la época tenían mucho por aprender de ese “dulce andrógino”, al decir de  Roa Bastos, refiriéndose vaya a saber a quién otro travesti de tiempos anteriores a Carla.
“Amores monstruosos entre invertidos”, escribió Pío Baroja en “Las noches del Buen Retiro”, tan monstruosos que los pecadores (¿y pecadoras?) de aquella sociedad asuncena de puro recato, de absoluta dependencia católica, preferían eludirlas como tema de conversación informal o, mucho menos, formal.  Era de reconocer esa conducta esquiva ante el travestismo en esa Asunción todavía casi colonial cuando predominaba un creciente conflicto entre los instintos naturales y los condicionamientos culturales impuestos.
No pocos asuncenos han conocido las virtudes íntimas del más famoso transformista  de aquellos tiempos. Con él estuvieron los que experimentaron lo que la iglesia católica llama “amores de concuspiscencia”, del pecado del sexo entre los del mismo género. Y, seguro, lo conocieron del derecho y del revés, arriba y abajo, en el dolor y en el placer; porque, en esto de intimar en pareja, cuentan que Carla era un hombre a carta cabal. Acaso, por eso, en algún diario íntimo, de los más arcanos, debe estar escrito en riguroso manuscrito, que Carla hizo hombre a algún hombre de la A a la Z.
Murió de sida el pobre. Flaco, extenuado, consumido fue fotografiado alguna vez por un reportero del semanario "Esto". El sida lo abrazó como él, en su papel de Carla, esclava y odalisca, a sus clientes y amantes en pasión sexual intensa, como las pasiones descritas por José Luis Sampedro en su novela “El amante lesbiano”. Murió para convertirse en pasado glorioso para, quién sabe, algunos; en leyenda íntima de una ciudad que despertaba para protagonizar poco después el travestismo en todas las instancias con protecciones oficiales, inclusive.
Carla, definitivamente, forma parte de la galería secreta de personas famosas de esta sociedad de la que tenemos arte y parte. Carla, la travesti más bella de Asunción, ya es parte de los genuinos episodios de esta ciudad comunera de las Indias, madre de ciudades y cuna del primer grito de libertad en América. 

Ese papel llamado mazorca de maiz



Voy a escribir sobre el baño campesino. Si me oriento por lo que me enseñaron en la escuela , con candor e ingenuidad, en aquella materia llamada “Lenguaje”, composición, empezaría así: El baño campesino. El baño campesino está en el fondo del patio, no tiene techo y su puerta es una lona. El baño campesino tiene mucho avati ygüe en su atukupe….
No tengo certeza de contar con la lectura de ustedes a partir de esta frase si les sigo escribiendo como me enseñaron en la escuela así que mejor nomás les cuento como yo sé y santas pascuas.
Me recuerdo siempre del baño de mis abuelos, allá en Buena Vista, Caazapá. Sobre todo de cuando llovía.
Pero antes una aclaración:
Por aquel tiempo no se llamaba “baño” sino “servicio”, como dicen los españoles en España (en serio les digo). Bueno, ir al servicio en tiempos de lluvia era todo un problema porque en el pequeño cuadrado rodeado de tablas nomás luego, parecía que llovía más fuerte.
En fin…
Liberado de lo que debíamos liberarnos salimos del servicio hecho sopa y para cuando llegamos a la casa, a unos 40 metros, debíamos arrimarnos al fuego de la cocina para secarnos la ropa so pena de pegarnos una gripe de aquellos y que tumbaba una semana con fiebre y todo.
Un dilema era ir al servicio en los inviernos buenavistenses de la década de 1950 cuando no había ni papel diario por aquellas desérticas comarcas rodeadas de montes y jaguareté para darle mejor uso que el que pretende un editor. Ni hablar del papel higiénico, cosa de los millonarios de la capital que tenían “baño moderno”.

No.
En Buena Vista de aquellos tiempos de revolucionarios y comunistas escondidos por sus montes el papel higiénico era el marlo del maíz; o sea, el avati ygüe, abundante y funcional en aquellos tiempos de generosas cosechas.
Un paso de este modo, media vuelta del zuro y otra repasada y, con la precisión de un arquero medieval a arrojarlo con fuerza y entusiasmo y sin mirar, de abajo hacia arriba, por sobre el entablado del fondo para que, en artístico vuelo por donde debía estar el techo, se deposite en la cumbre de los avati Ygüe en la parte externa y posterior del habitáculo para que desde ahí, como en cascada, fuera “bajeando” hasta ubicarse en su sitio definitivo.
Y ahí, en esa “papelera”, el marlo esperará que natura reproduzca a las simientes que pudieron quedar, como agazapados, en algunas de las puntas para que, tres meses después, con la primavera, un pequeño como frondoso maizal se vuelve a tener detrás del “servicio” pero cuya cosecha no se destina a la elaboración de apetitosas chipa guasu sino se dejaba para el deleite de los chanchos de mis abuelos y con los que quedaban gorditos para las navidades o para la Semana Santa.
Ahora entiendo esa frase bíblica: no todo lo que brilla es oro…

Me parece que por ahora los “servicios” ya se llaman también “baño” en el interior de nuestro país y que ya no se usa tanto el marlo del maíz, así tengamos alta producción anual del grano, incluso las “zafrinhas”, sino el papel higiénico comprado del supermercado (que no es tan suave y delicado como un avati ygüe, que conste en acta). Y esta modernidad me llena de nostalgias por aquellos días de cuando, apuro pe, corríamos bajo la lluvia para meternos en el “servicio” donde el torrente (el que viene de arriba, digo) nos daba con todo, mientras de alguna manera tratábamos de cubrir los marlos para que no se mojen porque si se mojaban, amontema ….

lunes, 1 de abril de 2013

Los mercaderes del voto



La cultura de no pocos electores paraguayos es la de la venta de su voto, ¿cuántos venden sus votos y por cuanto?

Escucho andando por el interior que el precio promedio por voto es de 200.000 guaraníes, pero como los pescadores en el paraguayo hay una natural tendencia a magnificar los números dejemos en 100.000 guaraníes promedio.

Los principales compradores de votos son los de los partidos tradicionales (colorados y liberales). Supongamos, haciendo cálculos pesimistas que entre ambos totalicen 500.000 votos comprados.
Por lo tanto el gasto en el día de las elecciones por compra de votos no baja de los 100 mil millones de guaraníes, unos 22 millones de dólares.

Con 22 millones de dólares se tuerce la suerte del país como con la ausencia de al menos 40 por ciento de los inscriptos en el padrón electoral nacional.

¿Quiénes venden sus votos?, sobre todo aquellos que son más pobres, por eso los dirigentes que mueven los hilos electorales de esta manera, comprando votos, prefieren que la pobreza nunca se acabe en Paraguay.

El pobre que vive en la miseria diaria ve como una oportunidad para tocar un billete de 100.000 guaraníes el día de las elecciones; le importa un corno la suerte del país. Y esos pobres, raquíticos y enfermos, son la cantera de los operadores de los dos partidos tradicionales de Paraguay.

Tienen dinero para tal efecto. Compran votos para mantener la miseria en la nación, para que los paraguayos sigan postergados, hambrientos, desamparados, humillados, vapuleados.

Colorados y liberales hacen lo mismo. Compran votos a la luz del día, ante los ojos de los demás y por eso no pocos de ellos se ufanan.

También están aquellos que sabiendo del gran volumen de dinero movilizado ese día que semanas antes operan para ofrecer a los candidatos tanta cantidad de votos “a tanto”; prometen el oro y el moro y más de un candidato gil e incauto cae como un necio y paga para encontrarse tras las elecciones con que aquellos votos comprados no aparecieron y sin ni un peso en los bolsillos.

La compra de votos creó el oficio de los vividores, estafadores, golfos y chachulleros por los que los dirigentes principales de los partidos tradicionales no sienten repugnancia alguna; por el contrario, sienten por ellos especial admiración, una suerte de orgánica simpatía. 

Son los de la casta del pillaje electoral;  los operadores de siempre, los “picas”, los “consumeros”, los de los cuadernitos de 200 hojas con los nombres de los votantes vendidos; los de los dineros en efectivo en los bolsillos, los secuestradores de cédulas de identidad personal; los hombres claves del día D.

En esta embrujada danza de los millones están los electores que especulan; es decir, aquellos que esperan al mejor postor que lo busque en su casa, que lo lleve al lugar de votación, que lo espere, que le sirvan una gaseosa y un par de empanadas, que lo vuelva a llevar a su casa y que, finalmente, le pague “por los favores recibidos”.

En esta cultura de la decadencia, por la existencia de esta clase de agentes, se dice que el mundo político es el de la gentuza, de los ladrones, de los idiotas y de los mentecatos.

Y quizás muchos miles, ciento de miles, de paraguayos, estén saturados de esta repugnancia y que por eso no participan de las elecciones pero este es el otro problema: piensan a lo mejor que escondiendo la cabeza no serán vistos o que eludirán el obstáculo.

Elecciones presidenciales o comercio de votos, la oportuni  dad de los sablistas, la única cada cinco años para la compra – venta de votos, el  acto cuestionado pero nunca arreglado. Un mercado donde se cotiza la obligación y el derecho del ciudadano, donde la democracia tiene el precio de una prostituta, donde los cotizadores hacen de cafichos y; del país, un gran quilombo.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Naranja Tapé


·         Para adentrarme a este tema me permitirán hablarles antes de esas frutas silvestres nacionales que estamos dejando de lado. La naranja no es paraguaya, es árabe; la trajo el español; tampoco es de España, es de China, introducida a la Madre Patria por los árabes. Si los que no saben qué es “naranja tapé”, están invitados a leer este artículo.

Me puse a pensar si qué les puedo escribir para la página de hoy y pensé en las frutas paraguayas así como en otro tema no tan anexo pero que por ahí anda, lo que se conoce como “naranja tapé”, que no es precisamente una fruta sino una costumbre nacional, de esas furtivas.  Se trata de la fruta no prohibida. Me explico….
Empecemos por lo primero, por las frutas del Paraguay. Y cuando hablo  de las de nuestro país no me refiero precisamente ni a la naranja, ni a la mandarina, ni al mango, ni a la sandía sino a esas que cuando desembarcaron aquí Juan de Salazar y sus españoles el 15 de agosto de 1537 fueron encontradas en abundancia como pacurí, ingá, araticú, yva hu, yva hai, pacova, guavirá, guavirá mi, guaviju, arasá.
En Villarrica se conoce el pacurí no así en Asunción. Se trata de una planta de mediano porte que gusta de los lugares húmedos, cercanías de los esteros. En cada diciembre sus ramas de llenan de cientos, miles, de doradas frutas, que compiten con sus rebosantes hojas de profundo verde por adueñarse de la planta.
Desde luego, los gua´i no comprendemos cómo es posible montar un pesebre navideño en la casa sin mezclar el ca´a vove´i, este otro arbusto tan paraguayo, con gajos enfrutados de pacuríes.
El otro día fui a visitar a una familia amiga de Villa Elisa donde encontré una planta de guaviramí que evoca a la caña y a las víboras. A la bebida porque la cáscara seca del guavirá mi se echa en un envase con caña para adoptar esta un agradabilísimo aroma que para qué les cuento.
El guavirá mi es un arbusto mientras que el guavirá guasú es un árbol. El primero tiene frutas verdeamarillentas mientras que el otro, anaranjadas. La fruta del guavirá mi tiene una capa más resistente que la del guavirá guasú que es de una delicada fina película protectora que, madura, al caer del árbol generalmente se rompe por lo que se inutiliza para comerla.

Cuando llegaron los españoles a estas tierras ya existía aquí el pacova; Félix de Azara escribió que había en abundancia en todas partes para alimentación de indígenas y de animales, durante todo el año.
La naranja, el apepú, la mandarina fueron introducidos a España por los árabes desde la China, sobre todo en el sur de la península de donde vinieron los primeros conquistadores y con ellos, en viajes posteriores al del descubrimiento, las semillas de los cítricos. A los árabes (expulsados de España en 1492, cuando se descubría nuestro continente por Cristobal Colón) les gustaba plantar naranjas en las calles de sus pueblos, Cadiz, Granada, Málaga, Sevilla, etc.  Esta costumbre, mantenida hasta hoy en el sur español, se trajo a Paraguay y así tenemos a una Asunción a la que se canta por “sus naranjos y sus flores”.
Por el año 2009 la municipalidad de Asunción mandó plantar cítricos en algunas cuadras de Asunción, costumbre auténticamente árabe, aunque no todos sepan.
En fin, lo de las naranjas me da pie para hablarles de lo que en la jerga criolla se da en llamar “naranja tapé”.  Este sí que es otro pito pu. Se trata de una suerte de marcante para la mujer fácil de encamar; pero me preguntarán los que no saben si qué tiene que ver una mujer fácil con la naranja de los caminos. Y precisamente eso: que es del camino y que, por tanto, cualquiera puede disfrutar de sus frutos maduros sin que por eso nadie se moleste. Es de todos y es de nadie.
Naranja tapé se dice a la mujer que, generalmente, sin pareja fija, da placeres al paso a los que se cruzan a ella sin que esta nada a cambio. Vivifica una parte de la costumbre sobre todo campesina, lo cual no quiere decir que en las urbes paraguayas no se encuentren protagonistas de ese perfil. Una mujer “naranja tapé” no crea problemas a nadie como nadie crea problemas;cumple con un rol, por decirlo, de carácter social que mucho aprecia la ansiosa y presta colectividad masculina.

No les hablé de las rojas sandías ni de los aromados melones y piñas y los dejo para cuando las fiestas navideñas estén cerca. Por ahora nos quedamos con los frutos silvestres mencionados y de la mujer que hace favores, la “naranja tapé” de los pueblos y comarcas, esa fruta no prohibida. 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Hierbas medicinales

• Pero los médicos hacen la guerra, sobre todo a los curanderos.• El katuava, yerba mil hombre y el ginseng son super apreciados por los varones adultos.• El ka´a rê ya casi no dan las mamás a los hijos antes del desayuno. “Es cosa de ignorantes”, he´i algunas.

 

Me gusta andar por el interior de nuestro país. Aprendo un montonazo de la gente de campo en todas las áreas, en todo sentido. El domingo pasado fui con mi amigo Marcial González a la casa de nuestro amigo Silvio Segovia, en San Alberto, Alto Paraná a tomar mate, muy temprano. En su casa, en un pequeño espacio, en el jardín, tenía varias plantas medicinales y agarré viaje…

La esposa de Silvio, que es brasileña, planta un poco de todo en el jardín, incluso el sauco, ese mágico yuyo para los dolores de panza o para cuando la digestión se viene esquiva. Marcial, que tiene un patio grande en Villa Elisa, también planta hierbas medicinales para su consumo, mientras que yo traje unos gajos regalados por los dueños de casa para plantarlos en planteras.


Esto de curarnos con hierbas medicinales era la constante en mi niñez en Villarrica. Después nomás vinieron los remedios de farmacia, y las recetas médicas, y las exigencias ape ha epe para que los doctores ganen más a cuentas de nuestros dolores.

El otro día me contó una mamá que internó a su hija en un hospital del Estado que le costó una barbaridad sacarla del internado porque una médica se tomó con ella. Dice que la profesional le dijo que seguramente ella le sacará de la atención médica para llevarla a esas médicas ñaná nomás. Y bueno, antes las curanderas nomás sanaban.

Bueno, tomo y retomo he´i Calé, la señora de Silvio me regaló unos gajos de ginseng, cuyas hojas puestas en el mate ayudan a energizarse; o sea, es afrodisiaco y entonces, en medio del entusiasmo, le dije que yo quería comprarle toda la planta. Ella se rió nomás y comprendió mi ansiedad porque algunas canas ya llevo peinando mientras que algunas tejas ya, desde luego, me volaron a lo largo del temporal de la vida.

Los gajos de la hierba son para plantar en mi casa, claro.

En mi niñez mi mamá nos daba a tomar, en ayunas, a todos los hermanos el ka´a rê, santo remedio para combatir la lombriz. En aquellos tiempos andábamos descalzos nomás entonces el sevo´i nos entraba por los pies para alojarse en la barriga. Tenia saginata me parece que le llaman.

Vervena, sepacaballo, jaguareté ka´a, jaguareté i ka´a, burrito, suico, poleo í, yerba buena, yerba lucero, etc., que nuestra gente conoce y que usan en las casas para sanarse. La gente del interior sabe más de estas cosas que los de la capital y es lo que procuro aprender de ellos. Conocí a un cacique indígena, hace años, en Alto Paraná que se sabía de medicina natural como ninguno. Un día, tereré de por medio me explicó las bondades medicinales de algunos árboles.

Los médicos indígenas son verdaderos maestros de la sanación con hierbas. Desde luego, como son peligrosas competencias para los médicos egresados de las universidades, estos atacan a aquellos, todo por el interés no tanto de curar sino de ganar más dinero. Y suelo preguntarme hasta cuando será este sordo ataque a los que también curan y, tantas veces, mejor que los vestidos de blanco.

Como la enfermedad de moda de estos tiempos son el estrés, la hipertensión y toda esa onda, bien vale entonces, por ejemplo, tomar un buen mate diario con ginseng, o jaguareté ka´a, verbena, suico. Ñande gordo pama y mucha gente se muere joven porque el colesterol les hace pomada. Los paraguayos últimamente comemos muy mal, a lo mejor por esa moda venida de los Estados Unidos , hamburguesas umía, comidas chatarras.

Para cada caso hay un yuyo para curar. Los viejos, los que ya no dan más, deben tomar a más del ginseng, el milagroso katuava, este es otro remedio purete para por si la patrona anda demasiado exigente. Jaikua´a voi ningo.

En las ciudades vamos dejando de contar con plantas medicinales porque se los sustituye con lo que compramos de los supermercados en envases de polietileno, como burrito, Romero, etc.

En Villarrica mi mamá nos lavaba los piés todas las tardecitas luego del baño con zumo de tapekué para curar el pychai, llagas en los dedos de tanto tropezarnos. Esto del py chai, a propósito, era de no acabar porque por aquel tiempo andábamos descalzos. El tape kue, pues, era el santo remedio para curarnos.

Amoivo ape la despedida paraje del guabirá les diría que no dejemos de lado la idea de plantar hierbas medicinales en nuestras casas; que procuremos saber las propiedades de cada planta que tengamos en casa, y que las aprovechemos.

Las hierbas son fuentes de salud desde el génesis y seguirán siendo hasta el apocalipsis de manera que cualquier cosa que lean o escuchen por ahí contra aquellas no son sino posturas interesadas para beneficio de unos pocos contra la mayoría. Así nomás es este asunto.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Soy de la tercera edad, ¡¡piipuuu!!

• Para mí es muy ventajoso eso de que me ofrezcan el asiento y me habiliten una ventanilla especial para no formar largas colas.


• Me fastidian los de mi edad que se pasan hablando de su próstata, su colesterol y su diabetes como si no tuvieran otros temas de qué hablar.


• Un tío mío, un día antes de morir a los 94 años de edad, internado en un hospital, quería apatucar a la enfermera. Así da gusto ser viejito.
Drauzio Varela es un brasileño y que ganó el Premio Nobel de Medicina. Dijo que a los 60 años de edad empieza la Tercera Edad y no me gusta demasiado que digamos porque yo acabo de cumplir semejante edad, pero me las aguanto e intento convivir con esa verdad y les puedo decir que no me va tan mal que digamos.
Añade el brasileño que desde los cincuenta años empiezan los achaques y que desde los 60 hasta los ochenta se está en eso que se llama tercera edad; a los ochenta comienza la “cuarta edad” o vejez y que termina a los 90 cuando comienza la longevidad y que va hasta que se muera.
Tengo un amigo que demasiado no quiere ser viejo y que como no tiene cabello sino al costadito de las orejas, deja que crezcan los de su izquierda como 40 centímetros para que ese glorioso resto levante y como una fina malla peluda cubra su pelada, que no es poca cosa. Se trata de esos que se tiñen el pelo de negro, lo mismo que las cejas y, de los no para de decir que antes era joven y lindo y que ahora ya es lindo nomás ya.

Esta semana me fui a Esapp para pagar mi servicio de agua; allí, lo mismo que en la Ande, la larga fila de usuarios le puede dar un infarto a todo aquel que sufre de ansiedad. Sin embargo, la ex Corposana pone al alcance de embarazadas, discapacitados y ancianos una ventanilla especial y que yo aprovecho.
No tengo dramas para ponerme en dicha fila, así el cartel que dice “solo para embarazadas, discapacitados y ancianos” evidencia, en mi caso, mi estado de vejez, mientras veo que muchos lecas, más ancianos que yo, no se animan a la audacia de ponerse en dicha ventanilla prefiriendo aguantar la larga cola de los “jóvenes”.
Muchos, con legítimo derecho, todavía se creen picholos a los 60 y no descartan la posibilidad de admirar las curvas de las jovencitas y darse el gusto de regalar algún piropo de su propia cosecha. En contrapartida, hay, cuentan, jovencitas que se gustan de los vejetes porque estos son sobre todo muy dadivosos mientras que los pendejos no tienen ni para la gaseosa de la nena. Los viejos verdes son de regalar para su sai y eso a las enamoradas, oimembá ko umúa hina…
Les dije que ya soy un recluta del viejazo pero aipo hablar de próstata umía ni se me ocurre. Tampoco ando con pastillitas para antes de comer, para después de comer, para dormir, para ku otro y eso porque – y no me alabo – no me faltan. Tengo amigos de mi edad que entran en un estado de éxtasis cuando hablan de sus respectivas enfermedades. A ñe mo lente y me alejo prudentemente de ellos. Algunos de esos amigos de mi generación son un verdadero desastre.
Mi tío Melitón murió a los 94 años de edad y para honrar su memoria de osado seductor les confesaré que un día antes de morir en el hospital le pidió a mi primo, su hijo, a que le trateara en su nombre a la enfermera jovencita para un revolcón de aquellos. No sé si se llegó a completar el plan. Para que vean que a los 94 se puede ser todavía, por lo visto, un potro salvaje; ¡Hoitâ, che tió!

John P. Robertson, en “Letters on Paraguay” escribió que en 1814 vivía una señora en el barrio Trinidad de Asunción que se llamaba Juana Esquivel y que por encima de sus 80 años de edad se había enamorado de John, un inglesito de 18 años de edad. Cuenta en su libro que la abuela le invitó a dormir con ella por lo que el rubito de ojos azules se rió y que le costó una feroz arremetida de la Juana; “primero soy mujer, después abuela”, le bajó. Por lo visto nada termina a los 60 sino que puede seguir campantemente y, a lo mejor, con más ímpetu en algunos, como en la recordada doña Juana, una conocida matrona de su época.
Akai ro en el micro cuando alguna jovencita umi i cacho va se levanta de su asiento y me dice “venga a tomar asiento señor” y me toma de la mano. Yo agradezco nomás pero ganas no me faltan desde mi yo profundo, como el recordado Dr. Merengue, decirla “gracias, y vos sentate en mi regazo, muñeca”.
Ijetu ú esto de ser de la tercera edad pero hay que tomarlo con soda. Ya ven que hay ventajas que usufructuamos, como las ventanillas rápidas, el asiento que nos ceden y que ya no andamos criando niños. Hay que mirarlo por el lado bueno de la vida como dice una publicidad radial, ¿para qué dramatizar?, alguna vez ña manotante voi ningo y como nadie muere en la víspera sino el chancho aquí me tienen inaugurándome en el target “vejete” pero con toda la onda de los mejores años de la juventud. Escuchále na…