Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

Temas disponibles en este blog

sábado, 18 de mayo de 2013

Don Agüi, el tatacuacero


                                                       Constructor de horno (foto ilustración extraído de Internet)
Don Agustín, más conocido como don Agüi, era el “tatacuacero profesional” de mi pueblo y que por  hacer bien su tarea nunca le faltó trabajo. Sabía secreto por secreto de todo cuanto se refiera a la construcción de hornos que, por entonces, eran imprescindibles en todas las casas.
Todavía yo era niño cuando lo veía por Villarrica con sus cuchara, plomada y balde de albañil dirigiéndose a algún lugar a levantar un horno más. Era un señor retacón y extrovertido, tenía amigos por todo el barrio.
En las proximidades de la Semana Santa andaba a los trotes. Debía reparar unos cuantos que empezaban a caerse y mucho más debía construir. Tenía una manía: los ladrillos utilizados en su obra debían ser de la olería de don Aguilar, el vecino de la Escuela Paso Pe. “Upepe gua ijapu´a porâ ve”, justificaba. No sé si don Aguilar le pagaba alguna comisión que tampoco me importaba.
Don Agüi construía los hornos más redondos que jamás he visto en mi vida. Altos, bajos, grandes o pequeños, todos le salía a la perfección.
Un día quiso evangelizar en el trabajo al borracho de Chiripepé a quién por un tiempo lo tuvo consigo, confiándole los arcanos de su oficio y parecía que, en los transcurrir de los días, el ya legendario Chiripepé se alejaría del alcohol y se convertiría en un excelente constructor de hornos más su aprendizaje terminó abruptamente aquel día de cuándo, mamado, perdió equilibrio y cayó sobre el horno a punto de terminar en la casa de un vecino, en el barrio San Miguel, en pleno Lunes Santo, a las 5 de la tarde.
La preparación de la argamasa era otro de los secretos de don Agüi. Dicen que ya muy anciano contó que debía añadir un puño de pombero rekaka por cada tres baldes de arena y una de cal. Las setas debían ser de los bosques y no de las casas porque estas no ayudaban a calentar el horno con menos leña y en menos tiempo.  Así se decía, incluso después de mucho de haber fallecido aquel buen hombre.
El personaje casi no cobraba por su trabajo, eso sí, de la primera hornada le convidaba el dueño del flamante horno con unas cuantas chipas, ryguasú ka´e y sopas. Es que en aquellos tiempos casi no había circulantes en mi pueblo, una época muy dura de hambrunas y levantamientos cuerteleros.
Si el sacerdote es requerido con fogosidad en la Semana Santa, a don Agüi en los días previos a la Semana Santa; hombre lleno de buena voluntad y el más sabio de su época en “tatacuacerías” y él lo sabía por lo que se ufanaba andando por ahí.
Era un “tatacuacero profesional” como él mismo se hacía llamar.
Quién le habrá enseñado en tan singular arte el tiempo se encargó de esconderlo. Lo curioso de este compueblano era que se negaba rotundamente a construir una hilada de pared; “upea che nda japokua´ai”, aclaraba honesto. 
Sin embargo, un horno levantaba con paciencia y notable rapidez así sea del tamaño que fuere. Desde la primera hilada va administrando la curva ascendente hasta que, en la cima, con maestría daba el toque final a la tarea en un par de horas.
La Semana Santa en mi pueblo era el tun – tun acompasado de las moliendas del maíz en los morteros hogareños, el chillido salvaje del cerdo faenado el Lunes Santo,  el cernido del maíz molido, el encendido de la fogata y, la presencia de aquí para allá de don Agüi, el tatacuacero más formidable, querido y respetado de la comarca. 
                             Horno hecho con molde previo de arena húmeda (foto ilustración, Internet)

No hay comentarios: