Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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miércoles, 9 de enero de 2008

El alazán de Villa Dolores

Al otro lado de los cerros, en las planicies del Guairá, extendidas hacia donde se inician los interminables montes de Caaguazú, se encuentra el pueblo que, en sus comienzos, allá por 1817, ni siquiera nombre tenía.
Un fraile franciscano, el reverendo Gregorio, se encargaría de bautizarlo con el nombre de Villa Santa María de los Dolores del Guairá para que, con el tiempo, quede con el nombre abreviado de Villa Dolores.
El lugar fue elegido por el dictador José Gaspar Rodríguez de Francia como sitio de confinamiento de los funcionarios a su cargo que no cumplían correctamente con sus deberes públicos.
Allí vivían hombres y mujeres, paraguayos y españoles todos confinados, obviamente. La población tenía prohibida salir de su éjido de unas dos leguas cuadradas. El único camino que conecta la comunidad con el resto de la nación estaba controlado por un fuerte militar. El monte, infectado de fieras, reptiles y alimañas varias, se encarga de los demás flancos.
Sus habitantes están allí por coimeros, algunos; otros, por desatender el mostrador aduanero en los puertos de Asunción y Santa María de la Encarnación, al sur. Varios sufren condena por intentar quedarse con alguna parte de la recaudación fiscal. Hay condenados por complicidad con ladrones de ganado de las estancias de la patria.
Unas quince maestras de escuelas públicas que no asistían con regularidad a clase o que enseñaban con deficiencia intelectual también fueron condenadas por el Dictador Perpetuo a pasar algún buen tiempo en el alejado paraje.
Quién intentare burlar los bienes de la República será condenado al dolor, insertaba, de puño y letra, al pié de sus decretos condenatorios.
A medida que se sumaban las chozas, constituidas por los mismos castigados, adoptaría el nombre de Villa Dolores tal vez en alusión a la última frase de los decretos del Dictador.
El reverendo Gregorio, hijo de judíos y recibido en el seminario de Buenos Aires, arribó al Paraguay en los inicios de la década de 1820 pidiendo permiso a Francia para atender a los confinados en el Guairá.
Con la autorización concedida llegó una tarde al lomo de su caballo alazán, empezando a construir su choza al día siguiente luego de un merecido descanso y de haber conversado con algunos pobladores.
El montado del franciscano fue admirado por los hombres que esa noche, en torno a una fogata prepara para asar un venado, supieron que lo trasladó desde Buenos Aires y que se llama Conversión.
Se trataba de un caballo robusto, alto y de color más o menos rojo canela, que en la primera semana del cura en la villa pastó en el extenso potrero donde había una decena de vacas lecheras de los condenados.
La primera vez que el religioso lo montó, después de varios días de descanso, provocó en Juan Carlos de la Herrería, ex empleado de Aduanas, el deseo de hacer lo mismo.
- ¿Me dejaría, padre, cabalgar unos cientos de yardas en ese hermoso alazán? - preguntó.
- Claro, m´hijo. Venga, tome la rienda.
Lo montó y se dejó llevar por el caballo, a galope lento, en la única calle del poblado.
A su retorno, junto al cura y otros que observaban con curiosidad la elegancia del equino, Conversión levantó las dos manos, giró hacia la derecha y relinchó como fastidiado y molesto. Posó las manos, se aculó y alzó el anca despidiendo, con violencia, al jinete quien terminó de bruces en la arena.
Tras la hilaridad provocada en los presentes la caída de Juan Carlos, el ex recaudador en el mercado popular, Rafael Martínez, solicitó al cura ahocajar el caballo, prometiendo que no terminará su paseo como el anterior. Tomó las riendas y, con habilidad se ubicó en la silla, galopándolo desde el principio.
Al disponerse para una segunda galopada, el montado repitió lo mismo que con el anterior jinete. Antes que atinara hacer nada, Rafael estaba en el suelo, en incómoda como ridícula posición provocando la risa de todos y hasta la burla de algunos.
Conmigo no pasará lo mismo, intervino Jesús Ferreira, quien fuera hombre de confianza del Dictador y puesto a cuidar la caja de caudales, hasta que fue sorprendido hurtando joyas de oro para obsequiar a su amante Teresa.
Deje a mi cargo, padre, dijo en lo que se convertiría en una suerte de espontánea competencia de permanencia al lomo del corcel. De un salto lo montó y galopó a lo que aguantaba el solípedo, pero en inesperado brinco el bruto lo dejó igualmente acostado, al lado de un termitero.
Desde entonces nadie atinó pedir prestado el caballo, al que solo su amo entiende, pensaron los habitantes del alejado pueblejo.
El franciscano en su homilía dominical alentaba a los doloreños a cambiar actitudes, a arrepentirse de haber hecho mal sus tareas en la función pública, a pedir perdón a Dios por lo que se hizo mal o a medias. De a poco y con paciencia los perversos pensamientos de los funcionarios públicos fueron disipándose y cada uno volvía a ser ejemplares cristianos.
El único resistido a no arrepentirse era el altanero Martínez quien en una oportunidad solicitó de nuevo montar el alazán.
- Sí, claro, m´hijito - le respondió el fraile con paternal amor.
- En mi pueblo, San José, fui el mejor jinete y ahora no será este el que me quite ese mérito - respondió mientras lo montaba, con ánimo de domador de potros, ante la atenta mirada de varios pobladores que, de inmediato, formaron un medio círculo junto al cura.
Fue por el campo, volvió por la calle. A todo galope atropelló el campo comunal; trotó en torno de los presentes y extrayendo del equino su calidad ambladora. Volvió a galopar el brioso andador.
Cuando todos esperaban una feliz culminación de la cabalgata, el caballo expulsó por los aires al soberbio jinete quien terminó tendido junto a una sorprendida vaca, en pleno campo.
Tras la justificada mofa de todos, solicitó Juan Carlos montar el caballo.
El ex despachante de aduanas fue, galopó, volvió y desmontó sin ninguna dificultad lo que arrancó admiración y aplausos de los asistentes, que para ese momento ya eran varios.
La gente, de inmediato, cuchicheó sobre la hazaña de Juan Carlos y no faltó quién propuso nombrarlo líder y administrador de la comunidad. Una ex maestra dijo, por el contrario, que el caballo fue coimeado por el jinete.
El padre Gregorio les sacó de las dudas:
- Conversión no se lleva con los pecadores. Es como aquel caballo que también tiró a Pablo, camino a Damasco, por haber perseguido a Jesús. Ya vieron ustedes cómo se comportó con Juan Carlos, quién había perdido perdón a Dios por sus pecados.
Siempre habrá una sociedad de pecadores y un montado que se negará hacerles llegar a destino si no se arrepintiera de sus errores, omisiones o culpas, les reflexionó el religioso.
Muy pronto en Villa Dolores quedó nadie que no pudiera reinsertarse a la función pública.
El caballo falleció a los 42 años de edad y, el cura, muy anciano. Villa Dolores con el tiempo dejó de ser un presidio para convertirse en la mayor criadora de caballos de la nueva República y de donde el general Francisco Solano López se proveería de montados para la guerra, entre estos su blanco Mandyjú, contra tres países vecinos a mediados de la década de 1860. Pero esta es otra historia...

El niño que olía la estación de trenes

Aquel niño sentía la parada del tren por medio del olfato. Sí, la olía. No era ciego, claro, pero aquella estructura de viejos hierros y chapas ingleses la apreciaba, curiosamente, a través de sus membranas nasales.
De vez en vez acompañaba a su madre, gustoso, hasta la estación ferroviaria de Villarrica, en Paraguay.
Para él ese lugar, al lado del ingenio azucarero, tenía "su" propio como agradable olor.
Todos los días, al mediodía, el tren procedente de Asunción llegaba a Villarrica. Era lo más importante de los acontecimientos cotidianos de la comunidad. Arribaban pasajeros y también encomiendas, cartas, bolsas de harina, fideo, telas, repuestos para los pocos automóviles de la época, barriles de combustibles...
La estación, pues, era el lugar donde los villarriqueños se encontraban y consolidaban vínculos a cuentas del tren que llegaba y se marchaba.
De pequeño viajaba, de vez en vez, a bordo de ese mismo tren hasta San Salvador, donde experimentaba con la madre el trasbordo a otro tren todavía más viejo e incómodo no por ello menos útil. La antigua locomotora tiraba del convoy con rumbo a la estación de Tacuara, desde donde, en carreta tirada por bueyes llegaba a la casa de los abuelos maternos, allá en las colinas de Buena Vista, departamento de Caazapá.
Viajar en tren por aquella segunda mitad de la década de 1950 era para el niño de cinco años una verdadera delicia. El tren era para él el olor de los dulces, los cremalines y de las tortas de maíz que en Paraguay las llaman "chipás". También de la fragancia de los finos perfumes de las señoras ricas que viajaban hacia sus establecimientos ganaderos. Era el olor del mosto de caña dulce. Y el zumbido de las abejas sobre la frescas y aromadas alojas en la estación.
Los vagones, la estación toda, el bufido de la locomotora, el viejo reloj inglés, los bancos de hierro y madera evocan una Villarrica forjada por las fábricas de azúcar, las yerbateras y por los aserraderos de lapachos, cedros y guatambúes de sus montes en la sierra.
Para nuestro niño, pasajero en segunda clase, la estación de la capital del Guairá tenía los mejores aromas del mundo: el de las naranjas frescas, de los refrescos de los "avíos", en especial de las milanesas preparadas por su madre para el viaje y el de los perfumes y polvos caros de las señoritas y señoras fifí de la elite guaireña.
Un día, esperando el tren para uno de sus viajes a Buena Vista, dijo a su madre que le agradaba el olor de la estación.
- ¡Jesús, m´hijo, que ocurrencia! - responde asombrada - si el aire está impregnado del guarapo de la fábrica de azúcar de los Friedman.
- ¿Acaso no sientes el de las alojas, de las chipas y de las ropas nuevas?
- Lo dices porque tampoco olfateas el repugnante olor del humo de los cigarros de aquellos señores que esperan nuestro tren. Ojalá no viajemos en el mismo vagón.
- Pero esos también son olores de la estación y huelen bien....
Afuera, en el descampado y amplio espacio, paran los "carumbés", coloridos carros de dos ruedas tirados por un caballo y destinado al transporte de pasajeros. Allí olía a cagajones, sudor de rocines y a catingas de cocheros. Cuando el tren parte también estos vehículos se marchan, en caravana, hacia la ciudad.
Cuando el convoy está en Villarrica, el niño sentía que el sitio se cubría de olor de alquitrán y a leña quemada. Era el "olor" del tren para su precoz olfato.
Efluvio de la ansiosa llegada o la partida del ser querido. De volver a ver a los abuelos. De decenas de pesadas y enormes valijas de cuero. De mucha gente elegantemente vestida. De apuros, abrazos, de tristezas, alegrías y de pregones de alojeras y chiperas. Imágenes con olores, selladas en la memoria del niño.
El tañido de la campana de la estación y el breve y agudo pitido de la locomotora que anunciaban la inminente marcha tiene para el chico los olores del incienso en las misas domingueras en la iglesia Santa Librada, del barrio Estación y; la sirena del ingenio azucarero, los aromas de la caña dulce cortada el día antes y trasportada en carretas por las polvorientas calles de aquella villarrica de mediados del siglo XX. (Asunción, Paraguay, diciembre de 2005)

Rigurosa y seductora

Si fuera hombre hubiese sido un guerrero espartano si ya no lo fue en sus anteriores vidas. Su innato sentido del orden la torna especial entre las de su misma edad. En la tabla de prioridades de su vida, primero la disciplina, el orden, el punto justo; ni el más ni el menos, la exactitud constante, la armonía por voluntad y vocación.
Después, el resto.
Porque detesta el desorden todo lo tiene organizado, desde sus apuntes, sus ropas, sus tarjetas, los adornos navideños de la casa hasta sus planes semanales. Es de las personas, no muchas por cierto, que piensan que la disciplina y el esfuerzo pagan dividendos porque allí está la parte más importante del éxito.
Su estilo de vida es la disciplina. y como tal hubiese sido una de las mejores, si no la mejor, alumnas de Carlos Zuckmayer quien enseñaba que la mitad de la vida es suerte, que la otra, disciplina; y que ésta es decisoria ya que, sin disciplina, no se sabría por dónde empezar con la suerte.
Duerme, despierta, desayuna, almuerza en las horas marcadas. Levantarse de la cama, ducharse y vestirse demandan de ella planificadas conductas que cumplen con naturalidad. La cama que primorosamente la arregla ni bien la desocupa en horas tempranas y; la toalla limpia y sus ropas planchadas acomodas delicadamente sobre una silla, destilan amor al orden.
Se la debiera ver lustrando sus calzados y ubicarlos con cuidado en las cajas del zapatero de la habitación.
Metódica por donde se la mire.
Es de las que con ejemplos enseña que mediante la disciplina se puede alcanzar la libertad. "Vierte agua en un vaso y podrás beber. Sin el vaso el agua salpicaría por todas partes. El vaso es la disciplina", diría.
Detesta lo que ya no sirve.
Diferente a muchas mujeres, ella prefiere deshacerse de las cosas viejas, de las irremediables. "La mayonesa cuando se corta, se tira" es una de sus frases favoritas que cencerrea de vez en vez, así se refiera a prendas rotas o a un amor irrecuperable.
Si aquellos objetos, sin embargo, envuelvan sus mejores recuerdos, incluso los acompañan con oportunos y primorosos apuntes: "la primera vez que cayó fue de la cama de los papis", anota en una cepiada agenda de las primeras fotos de su hijo, hoy con 27 años de edad. En algún rincón de su casa, que sólo ella lo sabe, guarda un mechón de pelo de sus dos hijos, de cuando se los habían cortado por primera vez.
Su ancestral empadronamiento de cuantas cosas hacen a lo suyo y su envidiable memoria le permiten recordar los asuntos que, en apariencias, parecieran insignificantes, los que, con notable sentido de oportunidad, los aplica en sus actividades cotidianas. Su disciplina le añade fortaleza y templanza.
Todo anota: Sus gastos, sus fechas de vencimientos, sus planes. Sus agendas anuales están llenas de sus manuscritos, que al 31 de diciembre se vuelve un fenomenal archivo.
En cuanto a sumas, restas, divisiones y multiplicaciones de sus responsabilidades financieras es singularísima.
Cuando sus números no cierran se apodera de ella un extraño cuan insondable mal humor. Es cuando se envuelve con una pesada capa de silencio. A partir de ahí, como tocada por alguna mágica varita, se las agencia para salir de sus eventuales apuros que, a la larga, son vencidos por la aplicación de su personal sistematizada estrategia.
Sí, producto de su auto disciplina, es una mujer de carácter, que a su vez la vuelve atractiva como aquellas bellas etruscas. Su maestría la trae de niña, de cuando supo vivir sin la protección del padre y con la angustia de su madre joven con tres niños muy pequeños; de madre separada, y con dos hijos, tuvo necesidad de trabajar por un salario.
Una mujer con firmeza, en fin, que por disciplina se hizo de respetable carácter y engendró un modelo de coraje. Una mujer disciplinada que también irradia feminidad, alegría por y para la vida, sabiduría y seducción a su paso. (Asunción, Paraguay, enero de 2006)

martes, 8 de enero de 2008

Mi escoba y la vereda

De vez en cuando me agrada limpiar la vereda de casa.
Debo ser sincero: solo de vez en cuando.
Pienso que pocos deben ser los que obsesionadamente desean limpiar sus veredas todos los días, círculo al cual no pertenezco.
Pero cuando le tengo ganas, lo hago con gusto. No hay nada mejor que hacer las cosas con ganas, así sea limpiar de yuyos el cordón de la vereda, leer un buen libro o controlar las tareas escolares de los hijos.
Ese domingo, como a las 11.00, cuando octubre ya se presenta con los primeros rigores del verano austral, también me pongo a limpiar los 20 metros de vereda que corresponden a mi familia en uno de los dos frentes de la casa.
Este frente, a propósito, me gusta. Esta calle es más ancha que la otra y tiene árboles que los vecinos pusimos en nuestras respectivas aceras. En Paraguay no se concibe una casa sin árboles. Y por eso en este verano volvemos a gozar de la sombra de los árboles que plantamos. Son de los llamados Castaña o Sombrero de Playa.
Las primeras plantas del barrio traje de la ciudad de Concepción, por el año 1981, que me habían sido regaladas por la madre de Pedro Alvarenga, un periodista e historiador de reconocida solvencia académica.
Eran dos plantitas que transladé en un viaje aéreo. Los planté frente a la casa y cuando fueron grandes algunas de sus semillas las volví a plantar en latas de leche Nido para regalar a vecinos y amigos.
Creo que esta especie es originaria del Brasil. Ahora hay, abundante, en todo el Paraguay.
Retomo el tema.
Limpiar la vereda me agrada, les decía, porque también es una excusa para arrimarme a los vecinos.
"Buen día, don Plate", "Buen día, doña Lilí" les saludo, escoba en manos, a los más próximos. "Adios, ¡qué guapo!", me responden otros que van camino a la iglesia cercana. En Paraguay decimos guapo a la persona diligente. Si fuera por puridad idiomática probablemente no me dirían "¡qué guapo!".
Esto de limpiar me lleva a las fronteras de mi compromiso público. Si bien es cierto que hay un pago por la recolección de basura, no pagamos a la municipalidad de mi jurisdicción ninguna tasa por limpieza de vereda, por lo que mal podría esperar que la administración comunal se encargue de limpiar mi vereda. Por tanto, lo hago por y los míos de casa en el espacio que nos corresponde. Lo hacemos con gusto. Con muchísimo gusto. Es una manera de practicar el bien público, así sea apenas limpiando la vereda de nuestra casa y por la que caminan los demás.
Debo confesar que ver limpia la vereda donde resido me hace bien. Es una manera de sentirme realizado. Me siento bien al observar la vereda sin las últimas hojas caídas de los árboles de la cuadra, sin las colillas de cigarrillos en las ranuras del empedrado, sin yuyos entre las baldosas, sin arenas que tape los caños de desagüe que se orientan hacia la calle. Sí, en mi barrio se arroja el agua sobrante en la calle, como en las ciudades europeas del siglo XVll.
Barrer la vereda me hace apreciar mucho más esa calle, esos árboles, la vecindad, el barrio. Excelente terapia es tomar la escoba. Es tarea motivadora que contagia al vecino que, pronto, hace lo mismo frente a su casa.
Y nos añade autoestima. Esto yo lo puedo hacer y lo hago. La autoestima nos da confianza y ésta, fortaleza. Si somos firmes seremos capaces de desarrollar otras virtudes. Por ejemplo, la justicia. Si no pago una tasa municipal por limpieza de calle, no pretenderé que la institución pública lo haga. Por tanto, la limpio yo. Limpiarlo me ayuda a ser más junto conmigo mismo y con los demás.
Además barrer es un buen ejercicio para la cintura. De vez en vez debo ponerme de cuclillas para arrancar con las manos los yuyos y volver a levantarme. También debo cargar la basura en la bolsa de plástico. Volver a agacharme. Un ejercicio que viene como anillos al dedo a los músculos y a las articulaciones en general; un santo remedio para aquellos que se resisten a las caminatas, por ejemplo, por la razón que fuera. A propósito, cuando uno superó los 45 años de edad necesita estirar los músculos y con más razón para una persona con 50, como yo.
Cuando la calle de casa está limpia, como que el aire se vuelve más fresco y los árboles responden con más verdor. Como que todo es más amable, solidario y pacífico. (Luque, Paraguay, octubre de 2003)

Sólo, en un cuarto de Paris

Desde una modesta radioemisora del norte del Paraguay denunció a los delincuentes y a sus cómplices en el poder; publicó sus fechorías; reveló sus nombres y apellidos. Como un galgo tras la liebre les persiguió, tenaz, teniendo por arma sólo el micrófono de la radio de corto alcance y de su noticia confirmada.
Luego desapareció. Nadie más supo de él. El consecuente revuelo periodístico fue infernal. Los días, las semanas y los meses pasaron y nada se sabía de él por lo que el reclamo fue unánime: que los delincuentes lo devuelvan con vida. Otros pensaron que fue liquidado.
Hasta que reapareció fuera del país, en Uruguay ¡con vida!
Pero, vaya hipocresía, todo el mundo se molestó, desde el Presidente de la República, hasta varios colegas periodistas porque no haya muerto. Todos lo acusaron de mentiroso y falso. El escándalo llegó al mismo Parlamento Nacional y a la Presidencia de la República.
Es que Enrique Galeano - de él se trata - logró salvar el pellejo mediante haber tenido la suerte de salir de su pueblo, Yvy Yaú, infectado de narcotraficantes a quiénes él tuvo la osadía profesional de denunciarlos y; luego, esconderse en algún lugar de la región.
Desapareció por meses y cuando reapareció con vida, mediante la intervención de piadosas personas y entidades, la gente de Paraguay se molestó, se razgó las vestiduras, pegó gritos al cielo, convocaron a los seres del infierno, deshonraron el nombre de las madres, publicaron manifiestos, bandos, solicitadas y resoluciones.
Porque Enrique estaba con vida los miserables e hipócritas se autoflagelaban ante la opinión pública, sus muros de lamentos.
La idea de tener a un periodista muerto en manos del narcotráfico no pudo ser posible. Muchos reclamaban un héroe y Enrique reunía las cualidades necesarias para responder a esa necesidad colectiva. Pero - ¡qué pelada! - Enrique no tuvo mejor idea que aceptar la idea de refugiarse en un país europeo.
Y aquí está con vida.
Con vida, pero con la indiferencia de casi toda una sociedad paraguaya. Digo "casi" porque, estoy seguro, no todos los paraguayos son hipócritas como para dejar a ese valiente compatriota a la deriva, como ahora está en algún cuarto parisino, sin la menor posibilidad de reunirse con su mujer y sus hijos.
Enrique Galeano es un excelente paraguayo. Es valiente y un gran profesional del periodismo. Hizo desde una modesta radio lo que muchos se niegan a hacer desde las grandes cadenas radiales y televisivas, como desde los más grandes diarios, de Paraguay. Se enfrentó cara a cara con los narcotraficantes y hoy paga su valentía porque, se sabe, en Paraguay - ese nuevo nido de narcos - casi todo está manejado por los delincuentes de la cocaína y de la marihuana. Puede molestarse conmigo quién quiera: la prensa paraguaya también está infectada de narcotraficantes y de sus cómplices.
Enrique paga su valentía sumergido en el silencio de una habitación francesa, sin medios para comunicarse (¡qué castigo para un periodista!), con frío, y sin lo mejor que tiene y reclama: su familia junto a él, bajo un mismo techo.

viernes, 28 de diciembre de 2007

¿Cómo usamos Orkut?

Sin dudas, estamos en la Edad de Oro de las comunicaciones. La informática nos acercó a este bello paraíso de los teléfonos celulares, de las transmisiones vía satélite, de Internet, del chat, del blog y de eso más nuevo y cuyo nombre es de un turco: Orkut. Esta red social promovida por Google desde enero de 2004 para todo el mundo nos permite comunicaciones instantáneas con cualquiera de la red en cualquier parte de la Tierra.
Referirme a las nuevas posibilidades que ofrecen la comunicación hoy me apasiona, como a cualquiera que aprecia este regalo de los sabios contemporáneos. Y teniendo a mano todo estos milagros no nos quedan otras que usarlos para bien, con la misma filosofía de quienes lo inventaron o descubrieron.
Por eso, deseo referirme particularmente a Orkut.
Hasta hace muy poco yo no conocía este recurso inserto en Internet. Me enteraría días atrás que mi hija, Mónica, es parte de ese complejo virtual desde el 2004, ni bien los brasileños (ella estudia en una universidad paulista) accedieron a la red. Desde mi ingreso al día de alzar este comentario, muchos miles se habrán convertido en fervientes "orkutienses".
Leo en Wikipedia que "la red está diseñada para permitir a sus integrantes mantener relaciones existentes y hacer nuevos amigos, contactos comerciales, relaciones más íntimas".
Son millones de contactos a cada instante charlando de todo un poco. Y ahí está la gracia de este recurso comunicacional: charlar de lo que a uno le plazca.
Abordar el tema que se quiera sin faltar el respeto a nadie, sin desarmonizar, con alegría, desparramando optimismo, regalando y recibiendo sabiduría, con franqueza, sin otras intenciones más que el de comunicarse con decencia. Si yo actuo de ese modo habré de honrar el esfuerzo de los científicos encargados de poner en mis manos esta preciosa herramienta.
Y tampoco me molestaría porque algunos se equivoquen en su uso, ya sea por las pasiones que le mueven o por la ideología que sostiene y defiende. El hombre naturalmente es pasión y esta debe ser tolerada por más que estemos en desacuerdo. No me molestaría por sus opiniones, como de hecho no me molestan, porque en esta actitud mía aporto mi grano de arena para ir sacando de entre nosotros la ignorancia, esa maldita roña, por lo que muchos se resisten a no respetar los derechos elementales de las personas.
Orkut es una invitación a la libertad de expresión y lo entiendo como la ocasión para demostrar que con respeto, decencia y transparencia podemos hablar de todo, incluso de eso que los más resagados temen tratar: política y religión. Nunca me expliqué por qué no incorporar a la política y la religión como temas de conversación. Ambas forman parte de nuestra esencia humana por tanto me parece sano abordarlas.
La red orkutiana permite charlar de todo. Depende, sí, de cada uno para que Orkut todavía sea más útil de lo que ya es mediante nuestra manera de encarar las charlas, de usar este mecanismo, de los temas que abordamos, de la madurez con que nos hacemos acompañar cuando estamos ante el ordenador. También sirve para la pavada, para preguntar y responder tonteras, para quemar leñas del tiempo, para eso insípido, intranscendente y anodino que también forman parte de nuestras vidas, especialmente entre muchos jóvenes. Al fin de cuentas de qué sirve la vida sin matices.
Si tenemos los medios con qué hacer llegar nuestros pensamientos a los demás no nos queda más que comunicarnos. Depende de cada uno para que aporte lo suyo para ayudar a mejorar a los demás, así se trate el tema que se trate. La sabiduría que viene de la mano de los decentes y respetuosos no debe tener a su paso barricadas, muros ni altos portones candadeados como los resagados quieren hacer valer. La maldita ignorancia se vale de estos para envolvernos en su repugnante y sucio manto.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Los que se han ido

El dato sobre la migración de compatriotas publicado el 27 de diciembre de 2007 por el Ministerio de Relaciones Exteriores es preocupante: nada menos que 776.000, el 12,8 % de la población paraguaya.
Sin embargo, como bien dice el informe oficial "la Cancillería publica estos números de acuerdo a las gestiones que realizan los compatriotas en consulados y embajadas que tienen secciones consulares". Escapa al control oficial los paraguayos que no han realizado gestiones y que, creemos, no deben ser pocos.
Quizás no nos equivoquemos, pues, si pensaramos que los emigrados de Paraguay en los últimos diez años sean mucho más que 1.000.000 de paraguayos, sin contar a los inmigrantes de varios países que se habían asentado en Paraguay desde la década de 1970 hasta principios de los de la década de 1990.
La avasallante mayoría de los emigrados abandonaron el país en busca de trabajo y si bien muchos de estos desearían volver, no lo harán hasta que los hombres y mujeres que gobiernan el Paraguay no decidan ser formales, respetuosos, trabajadores, decentes, honrados; en una palabra, ejemplares.
En los últimos 18 años Paraguay no ha tenido la suerte de contar con gobernantes decentes capaces de evitar la hemorragia de compatriotas hacia el exterior. Tampoco se han preocupado por los que abandonan el país, al contrario, algunos hasta se burlan de los emigrantes, como el actual inquilino del Palacio de López.
El incompleto dato de la Cancillería paraguaya debe ser aprovechado por la Secretaría Técnica de Planificación y, sobre todo, por cada uno de los candidatos presidenciales para trazar planes que permitan rever la incómoda como vergonzosa posición de la economía del país. Rever y actuar en consecuencia.
No actuar en función de este desastre social desde el próximo gobierno (porque este se encargó de darle el tiro de gracia a la suerte paraguaya) es conspirar directamente contra el sentido común.