A Fernando Lugo se le hará cuesta arriba a partir de hoy en su gestión de gobierno porque perdió lo que le hizo ganar las elecciones del pasado 20 de abril de 2008: la credibilidad. Esa credibilidad que raya lo sublime, santo y crístico. La gente votó al ex obispo por eso especialmente, por haber sido obispo, porque la gente supuso que ser sacerdote es otro cantar en cuanto a confianza y; si es obispo, ni qué decir.
Muchos paraguayos estaban cansados de los políticos mentirosos, entonces decidieron no votarles.
Para los votantes Lugo era sincero, incapaz de hacer eso que alguna vez Lino Oviedo alentó: embarazar a las mujeres a diestra y siniestra.
Pero...
Desde la mañana de hoy, Lugo perdió. Ya no se le va a creer, porque para ganar las elecciones engañó a la gente. Premeditadamente calló haber tenido relaciones sexuales con una jovencita a quién finalmente embarazó. Engañó con su silencio. Desde luego, que no le quepan dudas: hubiera perdido como en la guerra las elecciones de abril pasado si se sabía que siendo pastor de la iglesia católica andaba haciendo sexo con una mujer de su iglesia.
Hay cosas que en el Paraguay no funcionan: como que nuestros sacerdotes anden acostándose con nuestras hermanas, hijas, primas, sobrinas y hasta esposas. Está visto que lo hacen y, tal vez, con frecuencia regular como los que no visten la sotana. En Paraguay estas cosas no son toleradas. Ni por hombres ni por mujeres.
Muchos paraguayos sabían que Lugo no tendría muñeca para gobernar un país (como ya lo está demostrando, pero le votaron porque preferían un decente que, finalmente no pasó de ser sino "decente") a un patán político que no haría sino lo que ya estaba acostumbrado a hacer desde muchas décadas atras.
Lugo perdió desde ayer.
Perdió lo que tenía ante la gente, la credibilidad, y la confianza, y el respeto. Desde ayer no pasa de ser sino un paraguayo con quién hay que andar con cuidado, hasta con mañas, porque las suyas son iguales a las nuestras. O peores.
Lo siento por sus seguidores, entre quiénes me anoté. Desde luego, me retiro de la manada. Pero no dejo de creer que entre tantos mentirosos de Paraguay deba haber uno que sea capaz de gobernar el país (acortemos: Lugo no sabe cómo gobernar) y que no tenga problemas de hijos okara, como este presidente,cuyo engaño salpicó a profundidad a la iglesia de donde fue jefe y a donde concurre la mayoría de los paraguayos para encomendarse a Dios.
Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).
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lunes, 13 de abril de 2009
La biblioteca
Pero el deseo, explican los metafísicos, es el detonante de la intención y ésta de la ejecución, que es igual que decir que la buena voluntad todo lo hace posible.
Decía que quería ver mi biblioteca.
También, a partir de ese deseo, le reflexioné que lo más importante no es la cantidad de libros sino los libros leídos y aprovechados. Soy de la opinión de leer bien a un autor, aprender y aplicar lo aprendido. En otro comentario decía que el Paraguay necesita de muchos que lean, por ejemplo, "La República", de Platón y que de esos, por dar una cifra menor, al menos 1.000 lectores sean políticos y periodistas. Tendríamos un país diferente.
Si al menos 5.000 paraguayos hayan leído "Yo, el Supremo", el poemario de Ortíz Guerrero y las obras completas de Arturo Bray, y que de esos, al menos 500 sean periodistas y estos, al menos 100 usen lo aprendido a favor de la gente, podemos decir que empezamos a estar en buen camino.
Para que una biblioteca sirva primero debe tenerse la voluntad de divorciarse de la ignorancia. "El yo no leo luego porque soy pobre", "los libros son muy caros", "debo trabajar, no tengo tiempo para leer" no son sino permeables excusas para que sean furgones de cola de quienes desde algún secreto manipula a la gente de escasa formación intelectual.
Es mejor tener una biblioteca con muchísimos libros, pero si se quiere saber para ser más feliz no hace falta sino aprender y aplicar lo bueno que hay en esos libros.
No tengo una biblioteca para mostrar; es más, los tengo en muebles cerrados para cubrirlos del maldito polvo de las comarcas por donde vivo. Tengo una biblioteca, sí, para leerlos en los tiempos que procuro para los libros, así sea en la hora que sea y en el lugar que sea (hoy estuve leyendo una antigua obra de William Barrett sobre Madama Lynch en la larga fila de la Essap aguardando pagar mi factura de agua).
La lectura es un hábito que debemos cultivar siempre en tanto y en cuanto tengamos la gracia de la vista. Se puede leer allí donde se pueda: en la cama, en el living, en el patio, con un mate o tereré de por medio, en el micro, en el avión, en la antesala médica. Este hábito hará que se vaya cimentando el conocimiento en el lector para dar paso, con el tiempo, a la sabiduría.
Me preguntarán cuantos libros tengo, como muchos me han preguntaron. Es que, digo, la cantidad no es importante. ¿Qué tan importante es decir que uno tiene 2.000 o 30.000 volúmenes si en una conversación no aporta, no sugiere, no orienta, no critica por causa de tener 40.000 libros que nunca leyó y que los tuvo solo para decir que tiene una biblioteca muy rica?
(Foto: Fotolia.com)
martes, 7 de abril de 2009
Laura
Laura es la hija de Juan y de Hucha, personas de mi más íntimo afecto. Ella, Laura, está en Alemania, ya que el marido anda de estudios por esas lejanías. La vida es un soplo. Recuerdo cuando ella nació, creció, fue la compañera de Moni, mi hija, en el jardín de infantes luego en la primaria. Recuerdo su adolescencia en casa o en la de algún familiar en común, luego su casamiento y sus viajes.
Laura, o Lauri, como todos la llamamos.
Me recuerda la música y la pelicula de Rafaél, "Laura", que nos llenó de instantes de amores imposibles y suspiros inspirados por el único culpable, Cupido. Aquellos jovenes de la década de 1960, entrando en la de 1970, estamos hecho a la medida de aquella canción con nombre de Mujer.
Desde luego, mucho antes, por aquellos inicios de la era cristiana, Laura no era el nombre de una mujer sino el de los monasterios de la iglesia griega, especialmente en Athos y en Rusia, donde desarrollaban sus respectivas sabidurías, aquellos grandes santos como San Palemón y San Pacomio a fuerza de vigilias, ayunos y oraciones.
Laura también es mi compañera de trabajo, una joven madura mujer que es toda una promesa en las investigaciones históricas paraguayas. Ella es hija de un lejendario futbolista, Adolfo Riquelme, que por la dècada de 1950 llenaba con las glorias de su equipo grandes titulares de los diarios La Tribuna y El País de Asunción.
En mis apuntes sobre el Registro Oficial de Paraguay tengo un decreto, que por curioso lo separé: "Laura" se llamaba una yegua de tiro y silla de la Presidencia de la República subastada junto a otros equinos al servicio del Presidente allá por 1920.
Decía que la vida es un soplo porque la "Laura" de Rafaél va quedando lejos, aunque parezca ayer y; Lauri, ya es una esposa, una mujer grande llena de compromisos con la pareja en un país extraño, hasta que vuelvan ella y él (ojalá muy pronto) y, a lo mejor, comienzan a dar forma a ese compromiso con la naturaleza, sostener la especie.
Laura, o Lauri, como todos la llamamos.
Me recuerda la música y la pelicula de Rafaél, "Laura", que nos llenó de instantes de amores imposibles y suspiros inspirados por el único culpable, Cupido. Aquellos jovenes de la década de 1960, entrando en la de 1970, estamos hecho a la medida de aquella canción con nombre de Mujer.
Desde luego, mucho antes, por aquellos inicios de la era cristiana, Laura no era el nombre de una mujer sino el de los monasterios de la iglesia griega, especialmente en Athos y en Rusia, donde desarrollaban sus respectivas sabidurías, aquellos grandes santos como San Palemón y San Pacomio a fuerza de vigilias, ayunos y oraciones.
Laura también es mi compañera de trabajo, una joven madura mujer que es toda una promesa en las investigaciones históricas paraguayas. Ella es hija de un lejendario futbolista, Adolfo Riquelme, que por la dècada de 1950 llenaba con las glorias de su equipo grandes titulares de los diarios La Tribuna y El País de Asunción.
En mis apuntes sobre el Registro Oficial de Paraguay tengo un decreto, que por curioso lo separé: "Laura" se llamaba una yegua de tiro y silla de la Presidencia de la República subastada junto a otros equinos al servicio del Presidente allá por 1920.
Decía que la vida es un soplo porque la "Laura" de Rafaél va quedando lejos, aunque parezca ayer y; Lauri, ya es una esposa, una mujer grande llena de compromisos con la pareja en un país extraño, hasta que vuelvan ella y él (ojalá muy pronto) y, a lo mejor, comienzan a dar forma a ese compromiso con la naturaleza, sostener la especie.
lunes, 6 de abril de 2009
Jakare Valija

Los paraguayos somos de llorar sobre la leche derramada. Porque somos así casi no tenemos una identidad capaz de cautivar a los extranjeros, como nos cautivan la tradición y la riqueza mantenidas por los europeos, los peruanos, los mexicanos y los centroamericanos.
Los paraguayos llegamos siempre tarde para llorar después esa llegada tardía. Así lo fuimos y así seguimos siendo. Por eso tumbamos la Casa del Gobernador desde donde dirigió el país Francia y Carlos Antonio López, como todas las construcciones que fueron testigos de grandes momentos de nuestra historia.
Ahora una jueza de San lorenzo dispuso que se rematara la casa (foto) de Manuel Irala Fernández, el lejendario "Jakaré Valija", pese a haber sido declarada patrimonio nacional.
En el tiempo Blanca Rojas de Benitez, la jueza en cuestión, se borrará de la memoria de la gente así como borra la casa histórica de Luque. Y pasarán también los herederos que disputan la casa y el supermercado que la quería comprar para ampliar, quizás, su playa de estacionamiento. Todos ellos no serán sino polvos en el infinito universo, no así el legado del valiente guerrero del Chaco. He aquí el punto donde los paraguayos flaquean, para que ante el resto del mundo aparezcan como pusilámines, atrasados, sin ganas de sostener sus tradiciones, sus historias; que somos apenas, en fin, los que lloramos sobre la leche derramada.
viernes, 3 de abril de 2009
La higiene entre los guaraníes

"La civilización guaraní" es probablemente uno de los últimos libros escritos por el sabio Moisés Santiago Bertoni Torreani. Él había fallecido en 1929 y el libro fue impreso en 1927 en la imprenta Ex Silvis, propiedad del suizo.
Este trabajo que nos legara es apasionante. Describe constumbres varias del guaraní de todo el continente, incluso del Caribe, sin dejar de destacar cuestiones curiosas como que algunos guaraníes han vivido más allá de los 150 años de edad.
Pone especial énfasis en la higiene y es lo que me agradaría considerar ahora.
Probablemente el paraguayo, con las excepciones que siempre debe haber, sea uno de los que más se bañan en el mundo, por la temperatura tórrida de la zona. Según Bertoni, los guaraníes se llegaban a bañar hasta 12 veces al día, por lo que - afirmaba - la ropa que los españoles les obligaban a vestir les resultaba incómoda, por el hecho de sacarse a cada rato para darse un baño.
El paraguayo, por varias generaciones, vivió sin zapatos, pero con los pies siempre limpios. Las mujeres pretendidas por algún hombre miraban, primero los pies de éste y si los encontraba limpios eran capaces de ganar su corazón. Pero "el arriero py ky´a" (hombre de pies sucios) estaba condenado a la indiferencia y hasta al rechazo de la dama. Primero estar limpios para llegar al amor.
La "raida poty" tenía por orgullo su higiene en la que basaba la fuerza de su donaire. La frase "che mboriajhu pero che delicado" (soy pobre pero delicado), contempla la limpieza. Una camisa acaso puede estar remendada pero, sobre todo, limpia y planchada. Es el orgullo de los de ésta tierra como un precioso legado de los guaraníes.
La siesta era reservada por los nativos y los paraguayos para dedicarse a la higiene de la cabeza, sobre todo las mujeres. El piojo (ky) perseguía a los guaraníes como estos al piojo. A la siesta era la hora de buscarlos y matarlos, aunque los esfuerzos nunca eran suficientes. El cáncano inspiró palabras que hacen a la cabeza de los guaraníes. Así, por ejemplo, aka (cabeza) y ky, o (sacar piojos) significan lavarse la cabeza o el cabello; kygua, es el utensilio que sirve para extraér piojos del pelo y no tanto el que sirva para arreglarlo. A la larga kygua es el peine. Se decía "kygua verá" a las mujeres que danzaban la galopera con una peineta, de las que introdujeron las españolas al Paraguay y que las usaban especialmente las sevillanas, y que tenías incrustaciones de oro y plata.
La pintura que acompaña este comentario es un trabajo de Roberto Holden Jara y muestra un instante de la ceremonia del "ky´o" o eliminación del piojo en una parcialidad indígena del Chaco.
Cuenta Bertoni que los chiriguanás se lavaban la cabeza con semillas machacadas de ñandyra.
La limpieza, pues, es una de las cualidades de los antecesores de los paraguayos la que se practica hasta hoy. si bien tal vez ya no se bañe, por ejemplo, 12 veces como aquellos en verano, al menos se duchan dos veces al día.
jueves, 2 de abril de 2009
"Artistas" y vendedores en los ómnibus

Cuando viajaba en el metro de Madrid tenía la oportunidad de escuchar a artistas de diversos calibres interpretativos. Acordeonistas, cantantes, violinistas, guitarristas, recitadores, etc., eran los permanentes animadores del pasaje por debajo de la antigua ciudad europea. Algunos eran muy buenos y otros, desde luego, sencillamente malos.
Cuando volví a Asunción de nuevo me encuentro en los ómnibus - aquí no hay servicio de metro - con los artistas. Algunos son buenos, la mayoría sencillamente malos. Hoy, cuando venía al diario, subió uno de esos dúos jae´o (lamentación) que hacen la delicia de aquellos oídos masoquistas, pensé que antes de darles unas monedas a estos buenos hombres ellos deberían pagarnos a los impasibles pasajeros por semejante atropello auditivo.
Y pensé también que no solo los "artistas" deben tener prohibido subir a fastidiar a los pasajeros que pagan por el servicio de translado, sino también a los vendedores de frutas, coca a mil, chipa, chipa, chipa, jugo a mil el vaso, dulce de maní a mil y; a los que para vendernos un envase de teléfono celular nos desparraman adjetivos de todos los tamaños, sujetos, verbos y predicados de todos los colores como para convertirnos en unos pobres infelices si no llegaramos a comprarles sus baratijas.
Esta informalidad en el transporte público de pasajeros de Asunción se había sumado en los últimos años a los baches y lomadas, vidrios y asientos rotos, ruído y humo, prepotencia y desfachatez del conductor, que hacen de nosotros, por esto sí, unos pobres miserables convertidos como en novillos llevados a los mataderos.
Desde luego, hay excusas y excusas para permitir semejante atropello por parte de los vendedores ambulantes, una de ellas es la pobreza. Y también la falta de empleo, sumada a la corrupción, y tambièn la injusticia, y la informalidad de las autoridades, el calor, el frio, el viento, la inseguridad, el polibandi, los secuestradores, los travestis, las modelos, la droga, la marihuana, los narcos, Wasmosy, González Macchi, Nicanor, Lugo, Pakobá Ledesma, Camilo, y, así las cosas, a lo mejor tienen razón aquellos que así piensan.
lunes, 30 de marzo de 2009
En la tumba de Elisa
"Llegaron al cementerio a las cinco menos cuarto. Al único toldo le habían agregado groseramente unas flores, un ramo barato atado con alambre al ataúd de madera...", tal una parte de la descripción Graham Shelby en "Madame Lynch, el fuego de una vida", su novela publicada en castellano en 1992, en referencia a los instantes previos del entierro en el cementerio de París de la ex mujer de Francisco Solano López.Refiere la obra que los restos de Elisa fueron sepultados ante la presencia de una sola persona, Enrique von Wisner de Morgnstern, quien se encargó de los gastos de este compromiso.
Me causó, ya lo dije en anterior comentario, grata impresión este libro del novelista inglés, a tanto que hoy fui a visitar la tumba de esta influyente mujer y, de paso, la de su hija, Corina Adelaida, en el cementerio de la Recoleta en Asunción.
Tanto por las dos ventanas y la ancha como alta puerta de hierro, con cuadriculados cubiertos de vidrio, entraba la luz solar de esta mañana. Casi en el medio del espacio de unos nueve metros cuadrados y bajo una cruz externa, la urna, la que contiene lo poco que todavía debe quedar de aquella mujer de pelo rojizo y ojos esmeraldas.
Miré desde afuera.
Las flores que están al pie del urna son un poco como las que describió Shelby; estas también estaban atadas con alambre. Varias flores rojas de plástico, como para que, a lo mejor, dure porque ya no hay quién renueve aquellas nuevas que por 1886 habría llevado el húngaro Wisner.
Un grosero ramo de flores de plástico.
Una placa de la Intendencia Municipal de Asunción nos recuerda que ella sirvió a la patria, y la cruz sobre el techo del panteón que es la más alta de esa área del cementerio.
Por lo demás, nada.
Ni velas, ni placas nuevas, ni dedicatorias. Casi una extraña, aún cuando fue ella la que sacudió la Asunción colonial y la puso en el carril europeo.
No.
A Elisa casi nadie la visita. ¿Quién sabe que ella está al lado del ala derecha de la iglesia de la Recoleta?
Nadie la visita, aún cuando ella estuvo hasta Cerro Corá con su amado Solano y sus hijos, y las residentas y los soldados heridos.
Al otro lado del templo, en el mismo caminero del portón tres del cementerio, la de la hija, con una recordación en ingles de parte de algún familiar de generaciones posteriores. Tampoco tiene flores frescas, ni placas, ni velas...
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