Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

En el desierto con la tormenta


Una tormenta estaba a punto de llegar en Cerrito, donde estuve. Era de tardecita y el temporal estaba a minutos. Me escapé de ahí. Crucé el desierto en un guapo cochecito japonés. Me salvé por un pelo.

Si la lluvia me alcanzaba, me hubiera quedado en pleno desierto, porque cuando llueve hay esterales imposibles de cruzar, como el de la foto. 

A lo mejor a mi nomás me interesa lo que me pasó en ese desértico tramo de 120 kilómetros entre Pilar y Cerrito, Ñeembucú, y por eso les escribo el caso. Para entender esta suerte de tragedia pónganse en mi lugar manejando un coche pequeñito, como el mío, entre arenales con profundas huellas, con la tormenta pisándole los talones cuando la noche empezaba en esas soledades del sur.
El domingo 16 de diciembre estuve en Cerrito, Ñeembucú, por estas cuestiones electorales y donde fui designado apoderado general departamental. A las 17.00 empezamos a contar los votos y nos iba bien hasta que, como a las 19.00, salgo a la calle y veo que el tiempo estaba oscuro hacia el sur animado por permanentes relámpagos.
La tarde daba paso a la noche y yo, atrapado, en aquellas soledades de la república.
Para continuar les quiero decir que Cerrito está al sur de Pilar. Mientras esta ciudad está sobre el Río Paraguay, Cerrito se encuentra sobre el Paraná. El camino desde el pueblo intermedio, Villalbín, hasta Cerrito es de puro arenal con profundas huellas que si el vehículo pancea capaz que tenga para horas paleando para desestancarlo.
Este desierto fue escenario de la Guerra Grande: Curupayty, Estero Bellaco, etc. son enormidades donde la reina es la soledad y que, por desgracia, uno se queda por ahí – y de noche, como si todo fuera nada – nadie garantiza nada a favor de quién es atrapado.

El autito Toyota con el que crucé el desierto de Ñeembucú, con la tormenta pisándome los talones en plena noche. La foto fue tomada a orillas del Paraná en Cerrito. 

Tomo y retomo, he´i Calé: Me percato que la punta de la tormenta está ahí nomás por lo que me apresuro y arranco el coche y vengo a todo dar. En ciertos tramos, apenas dos huellas en la arena, alcé hasta 110 kilómetros por hora. Fui pasando en algunos lugares panceando; algunos puentes de apenas dos tablones pasé como una exhalación, pudiendo haber terminado en algún arroyo. El autito, un Toyotita, volaba.
Me ayudaba los buenos faros, el freno en buen estado, las buenas cubiertas, la potencia del motor así como la versatilidad de la máquina.
Relampagueaba a mi izquierda y a mi espalda; el viento soplaba fuerte y yo corriendo en este territorio donde solo había arenas y montes bajos. Le Dije al Espíritu Santo que él dependía que yo escapara de la tormenta. Si llovía el autotito no podría aguantar algunos lugares con lodo, pocos, pero decisivos para la marcha.
La tormenta de arena golpeaba el parabrisa y la chapería a mi izquierda. En el tablero me fijo en la temperatura del motor, bien; no había ni una luz roja prendida, me tranquilizaba que el vehículo respondía. En ciertos tramos no veía las huellas por la tormenta de arena.
Fueron sesenta kilómetros de locura a velocidades no recomendables para esos lugares y en un auto chiquito. En Villalbín el viento se calmó pero quedé allí en una posada, cuya dueña me miraba extrañada porque mi rostro tuvo que haber demostrado el julepe que me pegué. Quizás esos 60 kilómetros de peligros lo hice en unos 50 minutos.
Quedé en la posada del pueblo olvidado y el temporal pasó. Ahí dormí y al amanecer arranqué el auto, sentí el motor que marchaba perfecto; me despedí del sitio y tomó rumbo a Pilar y de ahí a Asunción. Todas las tormentas asustan cuando uno está en el volante de un vehículo, pero cuando a uno le toma en pleno desierto es otro cantar, por eso les quería contar lo que me pasó. 

Un pueblito, entre Pilar y Villalbín, abandonado a su suerte. La foto tomé al día siguiente de la tormenta que no me alcanzó, aún así pernocté en Villalbín. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

PLANTE EN TU HUERTO

Planté tres árboles en tu huerto vacío,
Y dos más entre bananos y matojos.
Tres son curativas;
Dos, saben a mi tierra, nuestra tierra. 
Aquellas para que, alguna vez,
Cures la herida que te aterra;
Estas, para que al azúcar de tus labios
lo disfrute, despacio.
Cuando los tres árboles del huerto
Sean añosos, frondosos,
Y los pacuríes llenos de verdes y pajozos,
Seguirán agridulces, carnosos
Aunque yo me haya muerto.
Por eso,
Planté tres árboles en tu huerto vacío
Y dos más entre bananos y matojos
Para que ni tú sientas el baldío
Ni yo el dolor que me causan tus abrojos.


EMC
(Luque, 20 de diciembre de 2012)

Naranja Tapé


·         Para adentrarme a este tema me permitirán hablarles antes de esas frutas silvestres nacionales que estamos dejando de lado. La naranja no es paraguaya, es árabe; la trajo el español; tampoco es de España, es de China, introducida a la Madre Patria por los árabes. Si los que no saben qué es “naranja tapé”, están invitados a leer este artículo.

Me puse a pensar si qué les puedo escribir para la página de hoy y pensé en las frutas paraguayas así como en otro tema no tan anexo pero que por ahí anda, lo que se conoce como “naranja tapé”, que no es precisamente una fruta sino una costumbre nacional, de esas furtivas.  Se trata de la fruta no prohibida. Me explico….
Empecemos por lo primero, por las frutas del Paraguay. Y cuando hablo  de las de nuestro país no me refiero precisamente ni a la naranja, ni a la mandarina, ni al mango, ni a la sandía sino a esas que cuando desembarcaron aquí Juan de Salazar y sus españoles el 15 de agosto de 1537 fueron encontradas en abundancia como pacurí, ingá, araticú, yva hu, yva hai, pacova, guavirá, guavirá mi, guaviju, arasá.
En Villarrica se conoce el pacurí no así en Asunción. Se trata de una planta de mediano porte que gusta de los lugares húmedos, cercanías de los esteros. En cada diciembre sus ramas de llenan de cientos, miles, de doradas frutas, que compiten con sus rebosantes hojas de profundo verde por adueñarse de la planta.
Desde luego, los gua´i no comprendemos cómo es posible montar un pesebre navideño en la casa sin mezclar el ca´a vove´i, este otro arbusto tan paraguayo, con gajos enfrutados de pacuríes.
El otro día fui a visitar a una familia amiga de Villa Elisa donde encontré una planta de guaviramí que evoca a la caña y a las víboras. A la bebida porque la cáscara seca del guavirá mi se echa en un envase con caña para adoptar esta un agradabilísimo aroma que para qué les cuento.
El guavirá mi es un arbusto mientras que el guavirá guasú es un árbol. El primero tiene frutas verdeamarillentas mientras que el otro, anaranjadas. La fruta del guavirá mi tiene una capa más resistente que la del guavirá guasú que es de una delicada fina película protectora que, madura, al caer del árbol generalmente se rompe por lo que se inutiliza para comerla.

Cuando llegaron los españoles a estas tierras ya existía aquí el pacova; Félix de Azara escribió que había en abundancia en todas partes para alimentación de indígenas y de animales, durante todo el año.
La naranja, el apepú, la mandarina fueron introducidos a España por los árabes desde la China, sobre todo en el sur de la península de donde vinieron los primeros conquistadores y con ellos, en viajes posteriores al del descubrimiento, las semillas de los cítricos. A los árabes (expulsados de España en 1492, cuando se descubría nuestro continente por Cristobal Colón) les gustaba plantar naranjas en las calles de sus pueblos, Cadiz, Granada, Málaga, Sevilla, etc.  Esta costumbre, mantenida hasta hoy en el sur español, se trajo a Paraguay y así tenemos a una Asunción a la que se canta por “sus naranjos y sus flores”.
Por el año 2009 la municipalidad de Asunción mandó plantar cítricos en algunas cuadras de Asunción, costumbre auténticamente árabe, aunque no todos sepan.
En fin, lo de las naranjas me da pie para hablarles de lo que en la jerga criolla se da en llamar “naranja tapé”.  Este sí que es otro pito pu. Se trata de una suerte de marcante para la mujer fácil de encamar; pero me preguntarán los que no saben si qué tiene que ver una mujer fácil con la naranja de los caminos. Y precisamente eso: que es del camino y que, por tanto, cualquiera puede disfrutar de sus frutos maduros sin que por eso nadie se moleste. Es de todos y es de nadie.
Naranja tapé se dice a la mujer que, generalmente, sin pareja fija, da placeres al paso a los que se cruzan a ella sin que esta nada a cambio. Vivifica una parte de la costumbre sobre todo campesina, lo cual no quiere decir que en las urbes paraguayas no se encuentren protagonistas de ese perfil. Una mujer “naranja tapé” no crea problemas a nadie como nadie crea problemas;cumple con un rol, por decirlo, de carácter social que mucho aprecia la ansiosa y presta colectividad masculina.

No les hablé de las rojas sandías ni de los aromados melones y piñas y los dejo para cuando las fiestas navideñas estén cerca. Por ahora nos quedamos con los frutos silvestres mencionados y de la mujer que hace favores, la “naranja tapé” de los pueblos y comarcas, esa fruta no prohibida. 

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Hierbas medicinales

• Pero los médicos hacen la guerra, sobre todo a los curanderos.• El katuava, yerba mil hombre y el ginseng son super apreciados por los varones adultos.• El ka´a rê ya casi no dan las mamás a los hijos antes del desayuno. “Es cosa de ignorantes”, he´i algunas.

 

Me gusta andar por el interior de nuestro país. Aprendo un montonazo de la gente de campo en todas las áreas, en todo sentido. El domingo pasado fui con mi amigo Marcial González a la casa de nuestro amigo Silvio Segovia, en San Alberto, Alto Paraná a tomar mate, muy temprano. En su casa, en un pequeño espacio, en el jardín, tenía varias plantas medicinales y agarré viaje…

La esposa de Silvio, que es brasileña, planta un poco de todo en el jardín, incluso el sauco, ese mágico yuyo para los dolores de panza o para cuando la digestión se viene esquiva. Marcial, que tiene un patio grande en Villa Elisa, también planta hierbas medicinales para su consumo, mientras que yo traje unos gajos regalados por los dueños de casa para plantarlos en planteras.


Esto de curarnos con hierbas medicinales era la constante en mi niñez en Villarrica. Después nomás vinieron los remedios de farmacia, y las recetas médicas, y las exigencias ape ha epe para que los doctores ganen más a cuentas de nuestros dolores.

El otro día me contó una mamá que internó a su hija en un hospital del Estado que le costó una barbaridad sacarla del internado porque una médica se tomó con ella. Dice que la profesional le dijo que seguramente ella le sacará de la atención médica para llevarla a esas médicas ñaná nomás. Y bueno, antes las curanderas nomás sanaban.

Bueno, tomo y retomo he´i Calé, la señora de Silvio me regaló unos gajos de ginseng, cuyas hojas puestas en el mate ayudan a energizarse; o sea, es afrodisiaco y entonces, en medio del entusiasmo, le dije que yo quería comprarle toda la planta. Ella se rió nomás y comprendió mi ansiedad porque algunas canas ya llevo peinando mientras que algunas tejas ya, desde luego, me volaron a lo largo del temporal de la vida.

Los gajos de la hierba son para plantar en mi casa, claro.

En mi niñez mi mamá nos daba a tomar, en ayunas, a todos los hermanos el ka´a rê, santo remedio para combatir la lombriz. En aquellos tiempos andábamos descalzos nomás entonces el sevo´i nos entraba por los pies para alojarse en la barriga. Tenia saginata me parece que le llaman.

Vervena, sepacaballo, jaguareté ka´a, jaguareté i ka´a, burrito, suico, poleo í, yerba buena, yerba lucero, etc., que nuestra gente conoce y que usan en las casas para sanarse. La gente del interior sabe más de estas cosas que los de la capital y es lo que procuro aprender de ellos. Conocí a un cacique indígena, hace años, en Alto Paraná que se sabía de medicina natural como ninguno. Un día, tereré de por medio me explicó las bondades medicinales de algunos árboles.

Los médicos indígenas son verdaderos maestros de la sanación con hierbas. Desde luego, como son peligrosas competencias para los médicos egresados de las universidades, estos atacan a aquellos, todo por el interés no tanto de curar sino de ganar más dinero. Y suelo preguntarme hasta cuando será este sordo ataque a los que también curan y, tantas veces, mejor que los vestidos de blanco.

Como la enfermedad de moda de estos tiempos son el estrés, la hipertensión y toda esa onda, bien vale entonces, por ejemplo, tomar un buen mate diario con ginseng, o jaguareté ka´a, verbena, suico. Ñande gordo pama y mucha gente se muere joven porque el colesterol les hace pomada. Los paraguayos últimamente comemos muy mal, a lo mejor por esa moda venida de los Estados Unidos , hamburguesas umía, comidas chatarras.

Para cada caso hay un yuyo para curar. Los viejos, los que ya no dan más, deben tomar a más del ginseng, el milagroso katuava, este es otro remedio purete para por si la patrona anda demasiado exigente. Jaikua´a voi ningo.

En las ciudades vamos dejando de contar con plantas medicinales porque se los sustituye con lo que compramos de los supermercados en envases de polietileno, como burrito, Romero, etc.

En Villarrica mi mamá nos lavaba los piés todas las tardecitas luego del baño con zumo de tapekué para curar el pychai, llagas en los dedos de tanto tropezarnos. Esto del py chai, a propósito, era de no acabar porque por aquel tiempo andábamos descalzos. El tape kue, pues, era el santo remedio para curarnos.

Amoivo ape la despedida paraje del guabirá les diría que no dejemos de lado la idea de plantar hierbas medicinales en nuestras casas; que procuremos saber las propiedades de cada planta que tengamos en casa, y que las aprovechemos.

Las hierbas son fuentes de salud desde el génesis y seguirán siendo hasta el apocalipsis de manera que cualquier cosa que lean o escuchen por ahí contra aquellas no son sino posturas interesadas para beneficio de unos pocos contra la mayoría. Así nomás es este asunto.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Las fantasías de Inocencia



- No hay de qué preocuparse, Vicente viajó a Villarrica para atender a un paciente y volverá si no esta noche, mañana a horas tempranas, de modo que estaremos tranquilos.
- ¿Segura?
- Sí.
Inocencia toma de la mano a su primo, Jacinto Vera, en la puerta principal de la casa. Él ingresa con recelo. Ella tiene el pelo suelto cubriéndola los hombros y, otro poco, el pecho escondido debajo de la conminación de seda y encaje. Sonríe y ante esa majestuosa gracia el hombre se deja llevar en medio de su confusión y asombro.
- No tengas miedo…
En la sala de la casa, tomó las manos de él y las ubica sobre sus caderas, ella rodea con sus brazos el cuello del joven, mientras arrima su boca a la de él. Su perfume y su mentolado aliento excitan al varón, así como cuando en diciembre cosechaban las frutas completamente maduras él se fijara en sus muslos blancos.
- ¿Te acuerdas aquella vez en la chacra? – pregunta ella mientras menea la cintura rozando a la piernas de él.
- Sí.
- ¿Y de tu fugaz mirada ahí donde no podías ver sino aquella vez y ahora?
El hombre, sorprendido, no contesta.
- ¿Me deseabas?
- Sí, sí, claro...
- ¿Querías acariciarme?
- Sí.
- Te notaba en la finca con ganas de tocarme aquí – ella toma la mano derecha de él y la deja deposita sobre su muslo izquierdo. Ahora te dejo que lo acaricies a tu gusto, sin retaceos ni condiciones ¿te gusta?, ¿quieres verlo?, mira, acaricia, sé atrevido conmigo, libera tu libido. Voy a ser tuya. Seré la muñeca con la que hagas tus ocurrencias. Seré tu montura. Tu almohada. Tu kamasutra. Tu exacta postura. Hoy seré todas tus fantasías. Serás mi lingam y; yo, tu yoni, seremos un completo yab-yum como desea y enseña el Shivá de los hindúes.

Unas medias de nylon color carne llegaban hasta mucho más arriba de las rodillas donde se sujetaban con sendas bandas elásticas. Al tacto eran suaves, excitantes, sugerentes y provocadoras.
El hombre no pudo contenerse, ella tampoco, se entregaron a un profundo y apasionado beso. Desliza ambas manos por debajo de la seda y los encajes de la prenda y ella permite que él se manifieste como el macho que esperaba. Los muslos se abrazan, se oprimen. Acaricia sus vellos húmedos, ella se corcovea y se enrosca al cuerpo de él, quién pronuncia algunas palabras soeces y malsonantes provocadas por su excitación y se dispone a desprenderse el cinto y los botones del pantalón.
- Aquí, no – murmura ella.
Le toma de la mano y lo lleva al dormitorio de la vivienda donde se tumban a la cama quedando ella atrapada bajo él. La emoción escarabajea en los genitales de ambos. Ella y él, en magistral osadía, practican el sexo demorado y que esperaron durante tantos años. Sienten como si tuvieran alas; él se sacude como potro; ella, epicúrea, gime, grita y llora como una gata en celo sobre el tejado.
Ella retiene con fuerza al hombre dentro de ella; luego, en hábil movimiento levanta las dos piernas sobre los hombros musculosos y sudorosos de él. Minutos después él se posiciona sobre la mujer con las piernas de ésta sobre su estómago en otra ardiente posición.
Inocencia se siente observada por aquellas amigas de la cosecha de sandías y melones y una de ellas retira hasta con cierta violencia la ropa que la tenía levantada hasta la cintura. No se incomoda. Escuchan reír a las otras jovencitas contagiadas por el éxtasis. Jacinto bocea como un chúcaro caliente mientras la penetra incansable, inclemente.

Las hermanas Petrona y Estela Benítez, cariátides morenas, completamente desnudas y descalzas, paradas junto a la cama con sendas bandejas en las manos; en una, una botella de champan y dos copas y; en la otra, una jarra de plata con bordes de oro con agua fresca y dos vasos, escrutan el intenso protagonismo de la pareja también desnuda. Ellas esperan, pacientes, que la sesión termine o continúe sin fin.
Inocencia y Jacinto, insaciables, piden una y otra vez más y más sexo en esa que no parecía una cama sino un colchón de nubes rodeada de paredes donde se hallan incrustados miles de ojos cerrados y; el techo, como un cielo lleno de estrellas por donde millones de caballos alados integraban una recua sideral galopando entre los soles, la luna y los planetas como nunca jamás había experimentado a lo largo de su vida ni en Buena Vista ni en Asunción.
Juanchí, desde un caballo blanco, observaba a la pareja, paleto, ceñudo, medio sonriente, como desde el trono de Mefistófeles. En determinados momentos el atabaleo del montado interrumpía a la mujer sin dejarla concentrarse en la armonía y el placer del vaivén de sus cuerpos almizclados y salitrosos.
No importa que miren ni que no miren, ni que ambos sean primos, ni que Petrona se haya gustado de él, ni que Juanchí observe, ni que ella ya se haya dado todos los orgasmos que deseaba en este encuentro ni que estén empapados unos de otros. Ella monta sobre la rigidez del primo cuyas manos se posan firmes en su cintura de hembra poseída. Se sienten únicos en el cosmos.
Huelen a sexo y quieren más. Ya no están ni Petrona ni Estela, solo Sebastián Cárdenas vestido con una sotana roja. Ahí ella, como en un paréntesis, en su inocencia edénicas provocando éxtasis en el inesperado visitante. Ella, asustada, trata de cubrirse con la sábana pero no encuentra sino la pollera que vestía cuando cosechaban las frutas y, el poncho de Plutarco Coronel hecho jirones y manchado de sangre.
Jacinto toma un puñal y se dispone a defender a la mujer; Sebastián, ya desnudo y con un tridente de hierro en la mano derecha procura despanzurrar a aquel quién logró vestir una bata color vino que había sobre una silla pequeña. Inocencia bebe una copa de champan y un vaso de agua. Siente que los dos hombres la atrapan y que ambos la someten a un sexo inesperado, degenerado y gustoso para ella.

Ambos eran fuertes, brutales, jactanciosos, altaneros como Juanchí en la fiesta patronal de San Vicente Ferrer. Olían a hacheros después de una intensa jornada en el bosque tumbando árboles. No, ella se percata que no son ni Sebastián ni Jacinto sino Juanchí en persona quién la posee en ese extraño y agitado trémolo de deseos en el cual se había dejado atrapar por propio gusto. Sentía la lengua melindrosa de él invadiendo su boca en orgía salvaje de apasionados orgasmos imposibles de contabilizar.
El atrevido jinete extendió la mano hacia uno de sus senos justo cuando escucha llegar a Vicente de su viaje a Villarrica, por lo que ella, con violencia, apartó la mano de Juanchí tirando incluso al piso el vaso de agua que había sobre la mesita de luz.
Abre los ojos y observa hacia la ventana. Está amaneciendo. Los gorriones anidados en el alero de la casa empiezan a piar; hay completa calma en el dormitorio, la casa, en el barrio todo. Se oye a lo lejos el campaneo del primer tranvía que circula por la avenida, también los cantos lejanos y cercanos de los gallos. Observa el reloj, es hora de levantarse, se siente empapada. Extiende ambos brazos para desperezarse y bosteza largo. Reanimada por la antorcha de la razón, se levanta, recoge el albornoz de su pareja tirado en la silla y lo cuelga en una percha, va al baño se mira al espejo, sonríe, luego se da una prolongada ducha tibia. Vicente seguía dormido.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Soy de la tercera edad, ¡¡piipuuu!!

• Para mí es muy ventajoso eso de que me ofrezcan el asiento y me habiliten una ventanilla especial para no formar largas colas.


• Me fastidian los de mi edad que se pasan hablando de su próstata, su colesterol y su diabetes como si no tuvieran otros temas de qué hablar.


• Un tío mío, un día antes de morir a los 94 años de edad, internado en un hospital, quería apatucar a la enfermera. Así da gusto ser viejito.
Drauzio Varela es un brasileño y que ganó el Premio Nobel de Medicina. Dijo que a los 60 años de edad empieza la Tercera Edad y no me gusta demasiado que digamos porque yo acabo de cumplir semejante edad, pero me las aguanto e intento convivir con esa verdad y les puedo decir que no me va tan mal que digamos.
Añade el brasileño que desde los cincuenta años empiezan los achaques y que desde los 60 hasta los ochenta se está en eso que se llama tercera edad; a los ochenta comienza la “cuarta edad” o vejez y que termina a los 90 cuando comienza la longevidad y que va hasta que se muera.
Tengo un amigo que demasiado no quiere ser viejo y que como no tiene cabello sino al costadito de las orejas, deja que crezcan los de su izquierda como 40 centímetros para que ese glorioso resto levante y como una fina malla peluda cubra su pelada, que no es poca cosa. Se trata de esos que se tiñen el pelo de negro, lo mismo que las cejas y, de los no para de decir que antes era joven y lindo y que ahora ya es lindo nomás ya.

Esta semana me fui a Esapp para pagar mi servicio de agua; allí, lo mismo que en la Ande, la larga fila de usuarios le puede dar un infarto a todo aquel que sufre de ansiedad. Sin embargo, la ex Corposana pone al alcance de embarazadas, discapacitados y ancianos una ventanilla especial y que yo aprovecho.
No tengo dramas para ponerme en dicha fila, así el cartel que dice “solo para embarazadas, discapacitados y ancianos” evidencia, en mi caso, mi estado de vejez, mientras veo que muchos lecas, más ancianos que yo, no se animan a la audacia de ponerse en dicha ventanilla prefiriendo aguantar la larga cola de los “jóvenes”.
Muchos, con legítimo derecho, todavía se creen picholos a los 60 y no descartan la posibilidad de admirar las curvas de las jovencitas y darse el gusto de regalar algún piropo de su propia cosecha. En contrapartida, hay, cuentan, jovencitas que se gustan de los vejetes porque estos son sobre todo muy dadivosos mientras que los pendejos no tienen ni para la gaseosa de la nena. Los viejos verdes son de regalar para su sai y eso a las enamoradas, oimembá ko umúa hina…
Les dije que ya soy un recluta del viejazo pero aipo hablar de próstata umía ni se me ocurre. Tampoco ando con pastillitas para antes de comer, para después de comer, para dormir, para ku otro y eso porque – y no me alabo – no me faltan. Tengo amigos de mi edad que entran en un estado de éxtasis cuando hablan de sus respectivas enfermedades. A ñe mo lente y me alejo prudentemente de ellos. Algunos de esos amigos de mi generación son un verdadero desastre.
Mi tío Melitón murió a los 94 años de edad y para honrar su memoria de osado seductor les confesaré que un día antes de morir en el hospital le pidió a mi primo, su hijo, a que le trateara en su nombre a la enfermera jovencita para un revolcón de aquellos. No sé si se llegó a completar el plan. Para que vean que a los 94 se puede ser todavía, por lo visto, un potro salvaje; ¡Hoitâ, che tió!

John P. Robertson, en “Letters on Paraguay” escribió que en 1814 vivía una señora en el barrio Trinidad de Asunción que se llamaba Juana Esquivel y que por encima de sus 80 años de edad se había enamorado de John, un inglesito de 18 años de edad. Cuenta en su libro que la abuela le invitó a dormir con ella por lo que el rubito de ojos azules se rió y que le costó una feroz arremetida de la Juana; “primero soy mujer, después abuela”, le bajó. Por lo visto nada termina a los 60 sino que puede seguir campantemente y, a lo mejor, con más ímpetu en algunos, como en la recordada doña Juana, una conocida matrona de su época.
Akai ro en el micro cuando alguna jovencita umi i cacho va se levanta de su asiento y me dice “venga a tomar asiento señor” y me toma de la mano. Yo agradezco nomás pero ganas no me faltan desde mi yo profundo, como el recordado Dr. Merengue, decirla “gracias, y vos sentate en mi regazo, muñeca”.
Ijetu ú esto de ser de la tercera edad pero hay que tomarlo con soda. Ya ven que hay ventajas que usufructuamos, como las ventanillas rápidas, el asiento que nos ceden y que ya no andamos criando niños. Hay que mirarlo por el lado bueno de la vida como dice una publicidad radial, ¿para qué dramatizar?, alguna vez ña manotante voi ningo y como nadie muere en la víspera sino el chancho aquí me tienen inaugurándome en el target “vejete” pero con toda la onda de los mejores años de la juventud. Escuchále na…

domingo, 11 de noviembre de 2012

No me quiero enfermar nunca


Sí, y que por eso me deban internar en un hospital público de mi país. Porque sé cómo es por dentro un hospital manejado por el Estado.
Pero tampoco quiero enfermarme nunca y, por eso, necesitar de los centros médicos privados, porque también sé cómo es por dentro.
Enfermarse en una nación como la mía es una tragedia. Los centros médicos son como trampas en las cuales el paciente ingresa para no saber si de ahí saldrán vivos.
El Hospital de Clínicas hoy es, en infraestructura, casi la mejor de Sudamérica. El otro día visité por una persona enferma. Se me cayó el alma por el suelo. No por los pastos sin cortar en los patios que debieran ser jardines; no por la falta de bancos para las visitas, no por los fluorescentes que no se prenden ni el aire que no funciona. No.


El hospital de Clínicas, en San Lorenzo, un lujo y una enormidad por fuera...

El Hospital de la Universidad Nacional de Asunción fue construido con una donación del gobierno japonés. Por fuera es enorme y bello. Por dentro falta mucho, muchísimo.
Se me vino el alma por el suelo al ver tanta falta de humanidad en sus vestidos de blanco.
Noté que, sobre todo, falta gente que entienda que el paciente llegue a ese centro no tanto para ser estudiados como conejillos de india, sino para ser sanados. Lo primero es curar al enfermo y; lo segundo, estudiar, aprender, saber el estudiante de medicina.
Me percaté lo anárquico en la administración de dicho hospital escuela. Lean este ejemplo: llega una niña con problemas hepáticos que requiere atención urgente. Es medianoche. Un familiar pregunta a una limpiadora que cumplía a esa hora con su tarea de limpiar el largo corredor si donde es la recepción para pedir asistencia; la limpiadora pregunta, “¿qué tiene la paciente?”; “necesita una atención médica urgente”, responde el familiar; “Ah!, es en esta pieza, esperen que ya viene el encargado” ¿Para qué preguntó si qué tiene la paciente?
Los familiares no pueden retirar cuando así mejor les parece, así sea para internar al paciente en otro centro médico. No. Cuando se entró en el Hospital de Clínicas solo Dios sabe el destino del enfermo y, sobre todo, cuándo saldrá. Y no insista en la idea de sacarlo, para bien, al paciente porque le puede costar una denuncia hasta ante la Fiscalía.


No, por favor, no me lleven a un hospital de mi país...

El interno del hospital de Clínicas puede estar dentro del hospital, mezclado con enfermos contagiosos inclusive, por todo el tiempo que la dirección y las jefaturas respectivas decidan sin que se informe nada a los parientes; lo único que estos deben hacer es comprar lo que les pidan los médicos y enfermeras (medicamentos, se entiende) o pagar más análisis de laboratorio.
No les hablaré de los centros de salud. Un desastre. Conocí el de Ciudad del Este. Es cualquier cosa, menos un centro médico que garantice salud a los pacientes.
Hoy acompañé a un amigo internado de un problema cardiaco en un centro médico privado. Por estar cuatro horas en una de sus salas costó la suma de 4.500.000 guaraníes. En efectivo, por favor, no se aceptan tarjetas de crédito.
Dejé de lado mi seguro médico en un sanatorio fifí de Asunción luego de saber que un asegurado murió por desidia de las enfermeras y los médicos ¿Por qué debo tenerles confianza?; el muerto descansa en paz, no así los familiares que quedan con una deuda impaga de aquellos. La salud en manos de inescrupulosos.
Por eso digo, espero no enfermarme nunca y que, por tanto, no necesite de los centros médicos de mi país porque aquí, sí, la informalidad galopea dentro de la medicina.
Si me enfermo, no quiero dejar problemas a nadie porque no confío en los servicios médicos de mi país. Y eso es doloroso. Prefiero morir en mi cama. Hoy la medicina se volvió un mero comercio; es como la venta de un paquete de yerba, o de un envase de detergente, de medio quilo de carnaza de primera, de dos kilos de chura, un metro de longaniza...
El enfermo, así las cosas, es una mercadería, no un ser humano que necesita de hospitalidad, humanidad, amor. Es una bolsa de papa a la hora de ofertar en el mercado central de abastos. Se compra, se vende, se usa, se rechaza, se tira.
Hoy volví a experimentar lo mal que está el manejo del servicio médico en Paraguay. Un manejo carente de ética, cristiandad y decencia. Extraño por eso a aquellos médicos de Cabecera, como el inglés Snead de Ypacaraí, aquel carai guasú que de verdad curaba a sus pacientes, así estos tengan o no con qué pagar.
Extraño las lecciones dejadas por Juan Vicente Estigarribia, médico de Francia; la humanidad del doctor González Torres, un médico de verdad o, la dación del doctor Fariña Flores de Villarrica. Gente vestida de guardapolvo blanco, no ordinarios mercaderes.

Médicos, sí, eran los de antes.
Por eso, por favor, cuando me enferme, no me lleven a un centro médico paraguayo, ni si estoy más grave. Déjenme en casa, por piedad, donde me curaré más seguro, no causaré problemas a mi entorno, y los sinvergüenzas no se harán más ricos mediante mi dolor. Y si muero, moriré también en paz sabiendo que no caí en manos de buitres. Todo esto es muy duro, pero es nuestra realidad; así está la cosa, calamitosamente escandalosa, miserablemente escandalosa.