Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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miércoles, 19 de diciembre de 2012

Hierbas medicinales

• Pero los médicos hacen la guerra, sobre todo a los curanderos.• El katuava, yerba mil hombre y el ginseng son super apreciados por los varones adultos.• El ka´a rê ya casi no dan las mamás a los hijos antes del desayuno. “Es cosa de ignorantes”, he´i algunas.

 

Me gusta andar por el interior de nuestro país. Aprendo un montonazo de la gente de campo en todas las áreas, en todo sentido. El domingo pasado fui con mi amigo Marcial González a la casa de nuestro amigo Silvio Segovia, en San Alberto, Alto Paraná a tomar mate, muy temprano. En su casa, en un pequeño espacio, en el jardín, tenía varias plantas medicinales y agarré viaje…

La esposa de Silvio, que es brasileña, planta un poco de todo en el jardín, incluso el sauco, ese mágico yuyo para los dolores de panza o para cuando la digestión se viene esquiva. Marcial, que tiene un patio grande en Villa Elisa, también planta hierbas medicinales para su consumo, mientras que yo traje unos gajos regalados por los dueños de casa para plantarlos en planteras.


Esto de curarnos con hierbas medicinales era la constante en mi niñez en Villarrica. Después nomás vinieron los remedios de farmacia, y las recetas médicas, y las exigencias ape ha epe para que los doctores ganen más a cuentas de nuestros dolores.

El otro día me contó una mamá que internó a su hija en un hospital del Estado que le costó una barbaridad sacarla del internado porque una médica se tomó con ella. Dice que la profesional le dijo que seguramente ella le sacará de la atención médica para llevarla a esas médicas ñaná nomás. Y bueno, antes las curanderas nomás sanaban.

Bueno, tomo y retomo he´i Calé, la señora de Silvio me regaló unos gajos de ginseng, cuyas hojas puestas en el mate ayudan a energizarse; o sea, es afrodisiaco y entonces, en medio del entusiasmo, le dije que yo quería comprarle toda la planta. Ella se rió nomás y comprendió mi ansiedad porque algunas canas ya llevo peinando mientras que algunas tejas ya, desde luego, me volaron a lo largo del temporal de la vida.

Los gajos de la hierba son para plantar en mi casa, claro.

En mi niñez mi mamá nos daba a tomar, en ayunas, a todos los hermanos el ka´a rê, santo remedio para combatir la lombriz. En aquellos tiempos andábamos descalzos nomás entonces el sevo´i nos entraba por los pies para alojarse en la barriga. Tenia saginata me parece que le llaman.

Vervena, sepacaballo, jaguareté ka´a, jaguareté i ka´a, burrito, suico, poleo í, yerba buena, yerba lucero, etc., que nuestra gente conoce y que usan en las casas para sanarse. La gente del interior sabe más de estas cosas que los de la capital y es lo que procuro aprender de ellos. Conocí a un cacique indígena, hace años, en Alto Paraná que se sabía de medicina natural como ninguno. Un día, tereré de por medio me explicó las bondades medicinales de algunos árboles.

Los médicos indígenas son verdaderos maestros de la sanación con hierbas. Desde luego, como son peligrosas competencias para los médicos egresados de las universidades, estos atacan a aquellos, todo por el interés no tanto de curar sino de ganar más dinero. Y suelo preguntarme hasta cuando será este sordo ataque a los que también curan y, tantas veces, mejor que los vestidos de blanco.

Como la enfermedad de moda de estos tiempos son el estrés, la hipertensión y toda esa onda, bien vale entonces, por ejemplo, tomar un buen mate diario con ginseng, o jaguareté ka´a, verbena, suico. Ñande gordo pama y mucha gente se muere joven porque el colesterol les hace pomada. Los paraguayos últimamente comemos muy mal, a lo mejor por esa moda venida de los Estados Unidos , hamburguesas umía, comidas chatarras.

Para cada caso hay un yuyo para curar. Los viejos, los que ya no dan más, deben tomar a más del ginseng, el milagroso katuava, este es otro remedio purete para por si la patrona anda demasiado exigente. Jaikua´a voi ningo.

En las ciudades vamos dejando de contar con plantas medicinales porque se los sustituye con lo que compramos de los supermercados en envases de polietileno, como burrito, Romero, etc.

En Villarrica mi mamá nos lavaba los piés todas las tardecitas luego del baño con zumo de tapekué para curar el pychai, llagas en los dedos de tanto tropezarnos. Esto del py chai, a propósito, era de no acabar porque por aquel tiempo andábamos descalzos. El tape kue, pues, era el santo remedio para curarnos.

Amoivo ape la despedida paraje del guabirá les diría que no dejemos de lado la idea de plantar hierbas medicinales en nuestras casas; que procuremos saber las propiedades de cada planta que tengamos en casa, y que las aprovechemos.

Las hierbas son fuentes de salud desde el génesis y seguirán siendo hasta el apocalipsis de manera que cualquier cosa que lean o escuchen por ahí contra aquellas no son sino posturas interesadas para beneficio de unos pocos contra la mayoría. Así nomás es este asunto.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Las fantasías de Inocencia



- No hay de qué preocuparse, Vicente viajó a Villarrica para atender a un paciente y volverá si no esta noche, mañana a horas tempranas, de modo que estaremos tranquilos.
- ¿Segura?
- Sí.
Inocencia toma de la mano a su primo, Jacinto Vera, en la puerta principal de la casa. Él ingresa con recelo. Ella tiene el pelo suelto cubriéndola los hombros y, otro poco, el pecho escondido debajo de la conminación de seda y encaje. Sonríe y ante esa majestuosa gracia el hombre se deja llevar en medio de su confusión y asombro.
- No tengas miedo…
En la sala de la casa, tomó las manos de él y las ubica sobre sus caderas, ella rodea con sus brazos el cuello del joven, mientras arrima su boca a la de él. Su perfume y su mentolado aliento excitan al varón, así como cuando en diciembre cosechaban las frutas completamente maduras él se fijara en sus muslos blancos.
- ¿Te acuerdas aquella vez en la chacra? – pregunta ella mientras menea la cintura rozando a la piernas de él.
- Sí.
- ¿Y de tu fugaz mirada ahí donde no podías ver sino aquella vez y ahora?
El hombre, sorprendido, no contesta.
- ¿Me deseabas?
- Sí, sí, claro...
- ¿Querías acariciarme?
- Sí.
- Te notaba en la finca con ganas de tocarme aquí – ella toma la mano derecha de él y la deja deposita sobre su muslo izquierdo. Ahora te dejo que lo acaricies a tu gusto, sin retaceos ni condiciones ¿te gusta?, ¿quieres verlo?, mira, acaricia, sé atrevido conmigo, libera tu libido. Voy a ser tuya. Seré la muñeca con la que hagas tus ocurrencias. Seré tu montura. Tu almohada. Tu kamasutra. Tu exacta postura. Hoy seré todas tus fantasías. Serás mi lingam y; yo, tu yoni, seremos un completo yab-yum como desea y enseña el Shivá de los hindúes.

Unas medias de nylon color carne llegaban hasta mucho más arriba de las rodillas donde se sujetaban con sendas bandas elásticas. Al tacto eran suaves, excitantes, sugerentes y provocadoras.
El hombre no pudo contenerse, ella tampoco, se entregaron a un profundo y apasionado beso. Desliza ambas manos por debajo de la seda y los encajes de la prenda y ella permite que él se manifieste como el macho que esperaba. Los muslos se abrazan, se oprimen. Acaricia sus vellos húmedos, ella se corcovea y se enrosca al cuerpo de él, quién pronuncia algunas palabras soeces y malsonantes provocadas por su excitación y se dispone a desprenderse el cinto y los botones del pantalón.
- Aquí, no – murmura ella.
Le toma de la mano y lo lleva al dormitorio de la vivienda donde se tumban a la cama quedando ella atrapada bajo él. La emoción escarabajea en los genitales de ambos. Ella y él, en magistral osadía, practican el sexo demorado y que esperaron durante tantos años. Sienten como si tuvieran alas; él se sacude como potro; ella, epicúrea, gime, grita y llora como una gata en celo sobre el tejado.
Ella retiene con fuerza al hombre dentro de ella; luego, en hábil movimiento levanta las dos piernas sobre los hombros musculosos y sudorosos de él. Minutos después él se posiciona sobre la mujer con las piernas de ésta sobre su estómago en otra ardiente posición.
Inocencia se siente observada por aquellas amigas de la cosecha de sandías y melones y una de ellas retira hasta con cierta violencia la ropa que la tenía levantada hasta la cintura. No se incomoda. Escuchan reír a las otras jovencitas contagiadas por el éxtasis. Jacinto bocea como un chúcaro caliente mientras la penetra incansable, inclemente.

Las hermanas Petrona y Estela Benítez, cariátides morenas, completamente desnudas y descalzas, paradas junto a la cama con sendas bandejas en las manos; en una, una botella de champan y dos copas y; en la otra, una jarra de plata con bordes de oro con agua fresca y dos vasos, escrutan el intenso protagonismo de la pareja también desnuda. Ellas esperan, pacientes, que la sesión termine o continúe sin fin.
Inocencia y Jacinto, insaciables, piden una y otra vez más y más sexo en esa que no parecía una cama sino un colchón de nubes rodeada de paredes donde se hallan incrustados miles de ojos cerrados y; el techo, como un cielo lleno de estrellas por donde millones de caballos alados integraban una recua sideral galopando entre los soles, la luna y los planetas como nunca jamás había experimentado a lo largo de su vida ni en Buena Vista ni en Asunción.
Juanchí, desde un caballo blanco, observaba a la pareja, paleto, ceñudo, medio sonriente, como desde el trono de Mefistófeles. En determinados momentos el atabaleo del montado interrumpía a la mujer sin dejarla concentrarse en la armonía y el placer del vaivén de sus cuerpos almizclados y salitrosos.
No importa que miren ni que no miren, ni que ambos sean primos, ni que Petrona se haya gustado de él, ni que Juanchí observe, ni que ella ya se haya dado todos los orgasmos que deseaba en este encuentro ni que estén empapados unos de otros. Ella monta sobre la rigidez del primo cuyas manos se posan firmes en su cintura de hembra poseída. Se sienten únicos en el cosmos.
Huelen a sexo y quieren más. Ya no están ni Petrona ni Estela, solo Sebastián Cárdenas vestido con una sotana roja. Ahí ella, como en un paréntesis, en su inocencia edénicas provocando éxtasis en el inesperado visitante. Ella, asustada, trata de cubrirse con la sábana pero no encuentra sino la pollera que vestía cuando cosechaban las frutas y, el poncho de Plutarco Coronel hecho jirones y manchado de sangre.
Jacinto toma un puñal y se dispone a defender a la mujer; Sebastián, ya desnudo y con un tridente de hierro en la mano derecha procura despanzurrar a aquel quién logró vestir una bata color vino que había sobre una silla pequeña. Inocencia bebe una copa de champan y un vaso de agua. Siente que los dos hombres la atrapan y que ambos la someten a un sexo inesperado, degenerado y gustoso para ella.

Ambos eran fuertes, brutales, jactanciosos, altaneros como Juanchí en la fiesta patronal de San Vicente Ferrer. Olían a hacheros después de una intensa jornada en el bosque tumbando árboles. No, ella se percata que no son ni Sebastián ni Jacinto sino Juanchí en persona quién la posee en ese extraño y agitado trémolo de deseos en el cual se había dejado atrapar por propio gusto. Sentía la lengua melindrosa de él invadiendo su boca en orgía salvaje de apasionados orgasmos imposibles de contabilizar.
El atrevido jinete extendió la mano hacia uno de sus senos justo cuando escucha llegar a Vicente de su viaje a Villarrica, por lo que ella, con violencia, apartó la mano de Juanchí tirando incluso al piso el vaso de agua que había sobre la mesita de luz.
Abre los ojos y observa hacia la ventana. Está amaneciendo. Los gorriones anidados en el alero de la casa empiezan a piar; hay completa calma en el dormitorio, la casa, en el barrio todo. Se oye a lo lejos el campaneo del primer tranvía que circula por la avenida, también los cantos lejanos y cercanos de los gallos. Observa el reloj, es hora de levantarse, se siente empapada. Extiende ambos brazos para desperezarse y bosteza largo. Reanimada por la antorcha de la razón, se levanta, recoge el albornoz de su pareja tirado en la silla y lo cuelga en una percha, va al baño se mira al espejo, sonríe, luego se da una prolongada ducha tibia. Vicente seguía dormido.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Soy de la tercera edad, ¡¡piipuuu!!

• Para mí es muy ventajoso eso de que me ofrezcan el asiento y me habiliten una ventanilla especial para no formar largas colas.


• Me fastidian los de mi edad que se pasan hablando de su próstata, su colesterol y su diabetes como si no tuvieran otros temas de qué hablar.


• Un tío mío, un día antes de morir a los 94 años de edad, internado en un hospital, quería apatucar a la enfermera. Así da gusto ser viejito.
Drauzio Varela es un brasileño y que ganó el Premio Nobel de Medicina. Dijo que a los 60 años de edad empieza la Tercera Edad y no me gusta demasiado que digamos porque yo acabo de cumplir semejante edad, pero me las aguanto e intento convivir con esa verdad y les puedo decir que no me va tan mal que digamos.
Añade el brasileño que desde los cincuenta años empiezan los achaques y que desde los 60 hasta los ochenta se está en eso que se llama tercera edad; a los ochenta comienza la “cuarta edad” o vejez y que termina a los 90 cuando comienza la longevidad y que va hasta que se muera.
Tengo un amigo que demasiado no quiere ser viejo y que como no tiene cabello sino al costadito de las orejas, deja que crezcan los de su izquierda como 40 centímetros para que ese glorioso resto levante y como una fina malla peluda cubra su pelada, que no es poca cosa. Se trata de esos que se tiñen el pelo de negro, lo mismo que las cejas y, de los no para de decir que antes era joven y lindo y que ahora ya es lindo nomás ya.

Esta semana me fui a Esapp para pagar mi servicio de agua; allí, lo mismo que en la Ande, la larga fila de usuarios le puede dar un infarto a todo aquel que sufre de ansiedad. Sin embargo, la ex Corposana pone al alcance de embarazadas, discapacitados y ancianos una ventanilla especial y que yo aprovecho.
No tengo dramas para ponerme en dicha fila, así el cartel que dice “solo para embarazadas, discapacitados y ancianos” evidencia, en mi caso, mi estado de vejez, mientras veo que muchos lecas, más ancianos que yo, no se animan a la audacia de ponerse en dicha ventanilla prefiriendo aguantar la larga cola de los “jóvenes”.
Muchos, con legítimo derecho, todavía se creen picholos a los 60 y no descartan la posibilidad de admirar las curvas de las jovencitas y darse el gusto de regalar algún piropo de su propia cosecha. En contrapartida, hay, cuentan, jovencitas que se gustan de los vejetes porque estos son sobre todo muy dadivosos mientras que los pendejos no tienen ni para la gaseosa de la nena. Los viejos verdes son de regalar para su sai y eso a las enamoradas, oimembá ko umúa hina…
Les dije que ya soy un recluta del viejazo pero aipo hablar de próstata umía ni se me ocurre. Tampoco ando con pastillitas para antes de comer, para después de comer, para dormir, para ku otro y eso porque – y no me alabo – no me faltan. Tengo amigos de mi edad que entran en un estado de éxtasis cuando hablan de sus respectivas enfermedades. A ñe mo lente y me alejo prudentemente de ellos. Algunos de esos amigos de mi generación son un verdadero desastre.
Mi tío Melitón murió a los 94 años de edad y para honrar su memoria de osado seductor les confesaré que un día antes de morir en el hospital le pidió a mi primo, su hijo, a que le trateara en su nombre a la enfermera jovencita para un revolcón de aquellos. No sé si se llegó a completar el plan. Para que vean que a los 94 se puede ser todavía, por lo visto, un potro salvaje; ¡Hoitâ, che tió!

John P. Robertson, en “Letters on Paraguay” escribió que en 1814 vivía una señora en el barrio Trinidad de Asunción que se llamaba Juana Esquivel y que por encima de sus 80 años de edad se había enamorado de John, un inglesito de 18 años de edad. Cuenta en su libro que la abuela le invitó a dormir con ella por lo que el rubito de ojos azules se rió y que le costó una feroz arremetida de la Juana; “primero soy mujer, después abuela”, le bajó. Por lo visto nada termina a los 60 sino que puede seguir campantemente y, a lo mejor, con más ímpetu en algunos, como en la recordada doña Juana, una conocida matrona de su época.
Akai ro en el micro cuando alguna jovencita umi i cacho va se levanta de su asiento y me dice “venga a tomar asiento señor” y me toma de la mano. Yo agradezco nomás pero ganas no me faltan desde mi yo profundo, como el recordado Dr. Merengue, decirla “gracias, y vos sentate en mi regazo, muñeca”.
Ijetu ú esto de ser de la tercera edad pero hay que tomarlo con soda. Ya ven que hay ventajas que usufructuamos, como las ventanillas rápidas, el asiento que nos ceden y que ya no andamos criando niños. Hay que mirarlo por el lado bueno de la vida como dice una publicidad radial, ¿para qué dramatizar?, alguna vez ña manotante voi ningo y como nadie muere en la víspera sino el chancho aquí me tienen inaugurándome en el target “vejete” pero con toda la onda de los mejores años de la juventud. Escuchále na…

domingo, 11 de noviembre de 2012

No me quiero enfermar nunca


Sí, y que por eso me deban internar en un hospital público de mi país. Porque sé cómo es por dentro un hospital manejado por el Estado.
Pero tampoco quiero enfermarme nunca y, por eso, necesitar de los centros médicos privados, porque también sé cómo es por dentro.
Enfermarse en una nación como la mía es una tragedia. Los centros médicos son como trampas en las cuales el paciente ingresa para no saber si de ahí saldrán vivos.
El Hospital de Clínicas hoy es, en infraestructura, casi la mejor de Sudamérica. El otro día visité por una persona enferma. Se me cayó el alma por el suelo. No por los pastos sin cortar en los patios que debieran ser jardines; no por la falta de bancos para las visitas, no por los fluorescentes que no se prenden ni el aire que no funciona. No.


El hospital de Clínicas, en San Lorenzo, un lujo y una enormidad por fuera...

El Hospital de la Universidad Nacional de Asunción fue construido con una donación del gobierno japonés. Por fuera es enorme y bello. Por dentro falta mucho, muchísimo.
Se me vino el alma por el suelo al ver tanta falta de humanidad en sus vestidos de blanco.
Noté que, sobre todo, falta gente que entienda que el paciente llegue a ese centro no tanto para ser estudiados como conejillos de india, sino para ser sanados. Lo primero es curar al enfermo y; lo segundo, estudiar, aprender, saber el estudiante de medicina.
Me percaté lo anárquico en la administración de dicho hospital escuela. Lean este ejemplo: llega una niña con problemas hepáticos que requiere atención urgente. Es medianoche. Un familiar pregunta a una limpiadora que cumplía a esa hora con su tarea de limpiar el largo corredor si donde es la recepción para pedir asistencia; la limpiadora pregunta, “¿qué tiene la paciente?”; “necesita una atención médica urgente”, responde el familiar; “Ah!, es en esta pieza, esperen que ya viene el encargado” ¿Para qué preguntó si qué tiene la paciente?
Los familiares no pueden retirar cuando así mejor les parece, así sea para internar al paciente en otro centro médico. No. Cuando se entró en el Hospital de Clínicas solo Dios sabe el destino del enfermo y, sobre todo, cuándo saldrá. Y no insista en la idea de sacarlo, para bien, al paciente porque le puede costar una denuncia hasta ante la Fiscalía.


No, por favor, no me lleven a un hospital de mi país...

El interno del hospital de Clínicas puede estar dentro del hospital, mezclado con enfermos contagiosos inclusive, por todo el tiempo que la dirección y las jefaturas respectivas decidan sin que se informe nada a los parientes; lo único que estos deben hacer es comprar lo que les pidan los médicos y enfermeras (medicamentos, se entiende) o pagar más análisis de laboratorio.
No les hablaré de los centros de salud. Un desastre. Conocí el de Ciudad del Este. Es cualquier cosa, menos un centro médico que garantice salud a los pacientes.
Hoy acompañé a un amigo internado de un problema cardiaco en un centro médico privado. Por estar cuatro horas en una de sus salas costó la suma de 4.500.000 guaraníes. En efectivo, por favor, no se aceptan tarjetas de crédito.
Dejé de lado mi seguro médico en un sanatorio fifí de Asunción luego de saber que un asegurado murió por desidia de las enfermeras y los médicos ¿Por qué debo tenerles confianza?; el muerto descansa en paz, no así los familiares que quedan con una deuda impaga de aquellos. La salud en manos de inescrupulosos.
Por eso digo, espero no enfermarme nunca y que, por tanto, no necesite de los centros médicos de mi país porque aquí, sí, la informalidad galopea dentro de la medicina.
Si me enfermo, no quiero dejar problemas a nadie porque no confío en los servicios médicos de mi país. Y eso es doloroso. Prefiero morir en mi cama. Hoy la medicina se volvió un mero comercio; es como la venta de un paquete de yerba, o de un envase de detergente, de medio quilo de carnaza de primera, de dos kilos de chura, un metro de longaniza...
El enfermo, así las cosas, es una mercadería, no un ser humano que necesita de hospitalidad, humanidad, amor. Es una bolsa de papa a la hora de ofertar en el mercado central de abastos. Se compra, se vende, se usa, se rechaza, se tira.
Hoy volví a experimentar lo mal que está el manejo del servicio médico en Paraguay. Un manejo carente de ética, cristiandad y decencia. Extraño por eso a aquellos médicos de Cabecera, como el inglés Snead de Ypacaraí, aquel carai guasú que de verdad curaba a sus pacientes, así estos tengan o no con qué pagar.
Extraño las lecciones dejadas por Juan Vicente Estigarribia, médico de Francia; la humanidad del doctor González Torres, un médico de verdad o, la dación del doctor Fariña Flores de Villarrica. Gente vestida de guardapolvo blanco, no ordinarios mercaderes.

Médicos, sí, eran los de antes.
Por eso, por favor, cuando me enferme, no me lleven a un centro médico paraguayo, ni si estoy más grave. Déjenme en casa, por piedad, donde me curaré más seguro, no causaré problemas a mi entorno, y los sinvergüenzas no se harán más ricos mediante mi dolor. Y si muero, moriré también en paz sabiendo que no caí en manos de buitres. Todo esto es muy duro, pero es nuestra realidad; así está la cosa, calamitosamente escandalosa, miserablemente escandalosa.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Yo, senador

Ya me fui a varios lugares donde prometo trabajar nomás pero algunos me dicen que debo mentir bien grande para que los electores estén contentos.

• Si me elijen voy a ser el senador más pobretón de toda la región porque nací nomás luego para ser pobre, un problema de fábrica.

• “Señor senador” ya me dicen muchas personas y medio que ya me está gustando.


Yo también aspiro ser senador, a ver si me vota la gente para sentarme en una de esas aspiradas bancas.

¿Qué hace un extraño como yo aspirando ser senador de la república?; y no sé, lo cierto y lo concreto es que un señor me preguntó si no quiero ser senador y le pregunté si cuánto lo que me van a pagar y me dijo que unos cuantos millones durante cinco años y que no dudé un segundo y aquí me tienen en la larga fila de aspirantes para semejante cargo propio de afortunados, hijos bien nacidos, esperando una banca que a lo mejor gano con todas las velas que empecé a prender a San Expedito, ese santo que nunca falla ni siquiera para los que quieran ser parlamentarios (al menos eso es lo que espero).
En serio les digo. Desde hace unos días ando impostando la voz, me miro en el espejo donde ensayo algunas poses seductoras y gesticulo como los políticos porque, supongo, en algún momento, algunos cientos de miles de paraguayos, coreando ansiosos mi nombre, me habrán de reclamar algunas palabras alusivas al acto y, muy a pesar mío, voy a tener que discursearles un rato.


Así como todos los políticos, chema katu aprovecho procesiones santularias, velorios, cumpleaños y cualquier mbaraka pu para entreverarme con la gente.

Un político de la vieja guardia, retirado de estas batallas hace bastante tiempo, me dijo que se encargaría de darme algunas lecciones de cómo mentir al elector y ganarme unos cuando ciento de miles de votos. Otro, con finura francesa me dijo que me dará lecciones sobre cómo trampear para que poco antes de conocerse los resultados oficiales del conteo de votos yo también les pueda dar esperanzas a mi electorado con un “ña ganata lo mitâ”.
Un amigo de esos que farrean de jueves a domingo en los lugares más fifí de Asunción y ciudad del Este me dijo que tiene un su amigo contrabandista “demasiado bueno” que me puede ayudar con unos cuantos miles de dólares para ganar las elecciones.
Una señora caté, de esas que pasan las vacaciones en las Bahamas me escribió en mi Facebook y me dijo que “por fin” hay un candidato demasiado churro y que me va a votar y, lindezas por el estilo propio de las siembras y cosechas en esta granja política.
En fin, chentema la palomita.



Como estoy por el movimiento "Cambya" en el Partido Patria Querida, aquí parte de la gente invitada en Ñeembucú para que les entreguemos nuestros dípticos y toda esa onda.

Y yo le dije a mi amigo que me hizo la liga para candidatarme que yo no tengo un peso y me respondió que no importa que así nomás y que si la gente quiere me elije así tenga solo un agujero en el bolsillo; “la gente no elije por más plata que tenga el candidato si no le cae simpático”, remató. Lo que me dijo me llenó de confianza, siendo un sogüe de solemnidad puedo ser parlamentario. Además entendí que me decía que yo soy simpático; por eso mismo nomás ya luego me presente en seco.
Y así me lancé a hablar con los afiliados, les expliqué lo que puedo hacer pero, sobre todo, les escucho largo y tendido. De lo que me dicen extraigo lo que debo hacer. Eso sí, la gente me reta por todos los pecados de los políticos mentirosos. Me dicen de todo. Y yo les escucho con paciencia (en mi anterior reencarnación habré sido santo) porque al fin y al postre el votante es el votante .
Así sea mi primera incursión en la política como candidato no pocos me tienen como un califa de la corrupción por lo que otra andanada de je´ja´o que para qué les cuento me vuelvo a ligar sin decir agua va y sin qué ni para qué. Y así sigue la función al compás de la galopa. Nadie luego me pide dinero para pagar sus facturas umía porque che pinta perô formal, lo cual viene a ser como mi ejército de liberación personal contra oportunistas, pecheros, desocupados, abandonados, enfermos y morosos varios.
Ijetu´u ko política deligencia….
Y yo les digo a la gente que yo quiero ser senador para que yo haga lo que ellos me dicen que deba hacer. Entonces abren los ojos así de grande y ya me observan como un bicho raro. Y me pregunto en qué me estoy equivocando hasta que por esas casualidades uno de ellos me explica que lo que querría escuchar de mi es mi promesa de obras, como que voy a procurar porque se construyan puentes y esas cosas.
Y como algunos de los electores son tan bolas como algunos candidatos ya me dicen luego “señor senador” y ya faenan sus gallinas y eso en sus casas cuando yo me voy a hacer campaña política por sus compañías y parajes yo me largo en este tobogán interminable y, ape ha pepe, me voy dando banquinazos en busca de electores que me voten.


A la derecha, el senador Marcial González Safstrand, a la izquierda un elector de Ñeembucú que nos prometió, a Marcial y a mi, votarnos para ser senador.
Además, demasiado seductor luego pues es que te digan “señor senador”. Y como faenan sus gallinas para un caldazo de aquellos ya medio que tengo ganas de decirles que para construir el puente bien podemos hacer un poco más de esfuerzo y construimos el arroyo que para eso mandamos. Y eso nomás ya les hace sentir felices a no pocos correligionarios.
Pero yo confieso a ustedes: no me da el cuero para andar boleando a los electores a cuentas de votos. O me votan tal como soy y deseo actuar o no me votan. No les quiero andar diciendo esas tonterías, tilingas, que repiten como loros algunos políticos de profesión y que terminan por no cumplir nada de lo que prometieron.
O jugamos en serio estas próximas elecciones o vayámonos a nuestras casas. Para manoseos ya es suficiente. Ovalé tereima…
El otro día me iba en la estribera del micro, medio colgado y decía, “âgante oikone che hegüi avei senador” y me reí de mi ocurrencia. Un cargo de esos no es para enriquecerse, no debe ser así. Esos salarios supermillonarios que cobran ya es una barbaridad. Un senador debe trabajar en su oficio y no esperar todo del Estado para su bienestar. No sé…
Y bueno, aquí estoy en esto que me resulta extraño pero agradable, así la gente me rete por lo que fuere, al fin de cuentas ahora luego es tiempo de los que deben votar y, por tanto, se hacen ñembo hepy. Y tienen razón amó hapope.
Antes de finalizar, quiero pedir al director de este periódico que no me despida por aspirar la senaduría ni me deje sin trabajo cuando sea senador (si llego). Le pido nomás eso porque los periodistas que se metieron en la política amontema de sus puestos, como Nicanor, Pepa y Mario. Yo ya le prendí luego, de cualquier manera, una velita a San Expedito por si las moscas, porque este sí es un santo milagroso, repito.
Bueno, amoita ape la despedida paraje del guavirá, no sin antes pedirles a todos mis correligionarios, hombres y mujeres, carai ha kuñakarai kuera, che sy, che ru, che reindy, che kyvy ha che ryvy kuera, que me voten porque ya saben: construiré el puente y, también, el arroyo si hace falta y ya está. Voten me nomás ya…

(publicado el 31 de octubre de 2012 en el número 589 del semanario asunceno "Esto")

domingo, 28 de octubre de 2012

Cerrito, Ñeembucú



Miles de turistas atrae el Río Paraná en los alrededores de Cerrito por la pesca del dorado.

Pueden ser ricos, muy ricos, pero son pobres de solemnidad insondable. Tienen la “fábrica” de dinero más benigna que se puedan imaginar, el río Paraná, pero ahí están sobrellevando miserias. Me refiero a los 5.000 habitantes de Cerrito, en Ñeembucú, separados del resto del país por humedades y unidos (es una forma de decir) a Pilar por un camino antiquísimo de 120 kilómetros. La riqueza de la zona es la gran cantidad de pescado que hay en sus aguas.
Visité este pueblo la semana pasada. No es fácil llegar hasta allí desde las riberas del Río Paraguay, desde Pilar, excepto que se tenga a manos un buen vehículo 4 x 4 y que los esteros no estén crecidos. Solo tres veces por semana un viejo ómnibus propiedad de un vecino hace el servicio de transporte de pasajeros.


La Isla Guazú, en aguas jurisdiccionales de Paraguay, y que forma parte del distrito de Cerrito.

Ante semejante lejanía y abandono por parte del Estado, los cerriteños (o cerritenses) cruzan el Paraná en lanchas (el pasaje cuesta 15 mil guaraníes) y llegan a un pueblo correntino llamado Yaha pé de donde se surten de comestibles, medicamentos, etc.
Y uno que llega desde la capital tras el ajetreante viaje hasta estas altas riberas del Paraná se pregunta cómo es posible que haya pobreza si el río produce pacú, dorado, boga, surubí y otras especies de rio más grandes que la propia mentira de los pescadores.
Me cuentan que hay dos asociaciones de pescadores que nuclean a unas 500 personas, muchos de ellos ocupan las riveras del río donde instalan sus casitas y que cuentan con los servicios básicos, incluso en algunos con antenas parabólicas para ver televisión. Extraen los peces, venden, recaudan unos cuantos guaraníes y más allá no van.
Pregunto en la casa de una familia orillera, la de los Gonzàlez Ivaldi, si el río tiene muchos peces y responde la esposa del pescador, en broma, que allí aquellos (los peces) se ofrecen en las orillas para que sean capturados; “sí, etaitereí oi”, dice. Y le pregunto a quién venden y responde que a los que vienen, a los vecinos, algunos son macateros y que los argentinos y brasileños son los que sacan provecho de la riqueza.


La vivienda de la familia González Ivaldi, en las mismas orillas del Rio Paraná, en Cerrito.

No hay cooperativa de pescadores, pero las dos asociaciones carecen de lo mínimo para intentar ventas a escala creciente y sostenida. Nadie les asesora, nadie les marca rumbos comerciales, ni las autoridades locales, departamentales ni nacionales, ni los que puedan estar interesados en negocios. Son cinco mil paraguayos con una mano atrás y otra adelante pero sentados sobre una mina de oro sin saber qué hacer con la riqueza.
Es curioso y uno dirá que es todo mentira. Vean: un kilo de dorado cuesta en Cerrito 15.000 guaraníes y esta especie ictícola es abundante, ¿Cuánto cuesta el dorado en Asunción?, me dicen que el Ciudad del Este se paga hasta 100.000 guaraníes por kilo.
¿Pueden ser ricos los cerritenses mediante la explotación de su potencial acuícola?; y mi sentido común me dice que sí. Si lo primera necesidad es el alimento, ¿cómo es posible que no se explote esta cantera alimentaria? Quizás una cooperativa sea el camino más corto para generar dinero entre los habitantes de este remoto pueblo sureño.

El Rio Paraná entre la orilla y una isla en el lado paraguayo a la altura de Cerrito, Ñeembucú.

Digo nomás, si yo fuera el poblador de Cerrito y tuviera un mínimo de capital, me haría de una camioneta con equipo de refrigeración, un pequeño frigorífico para almacenar el producto, saldría a buscar compradores en Pilar, San Ignacio, Asunción, Encarnación, etc., y formaría mi red de clientes.
Si yo fuera quién vive en el pueblo pediría un apoyo financiero para comprar los equipos de pesca, montar una estructura mínima de red de frio para el almacenamiento de la pesca, etc., y encargarme con mi propia gente de la distribución y venta. Alentaría, claro, a la formación de una cooperativa de modo a hacer volúmenes y pensar en proyectos empresariales más ambiciosos. Claro, se puede ser rico con la pesca en Cerrito. Desde luego, cuidaría celosamente de la reproducción de los peces y del mismo río que nos da la oportunidad de crecer.
Pero la mayoría trabaja en la chacra, como Ceferino Bogado (57) y su esposa Liduvina Viveros (48), de Costa í, compañía a tres kilómetros de Cerrito. Ellos producen caña dulce y fabrican miel, maní, maíz mandioca, de la que fabrican almidón y tienen vacas que de ordeñarlas Liduvina tiene una enormes manos, callosas. De las 40 hectáreas que ocupan, y que en un lado linda con el Estero Manantial, 10 hectáreas están reforestadas con curupa´y y cinco hectáreas es pura chacra. Casi toda la producción de la capuera es para el consumo en la casa. Ceferino y Liduvina que llevan 33 años de casado, tiene siete hijos y 10 nietos.


Ceferino Bogado y su esposa Liduvina Viveros de la compañía Costa i, Cerrito.

Cerrito tiene varias compañías, a propósito: A más de Costa í están San Salvador, Paso Tajy, Franco Ñu, Curuzú Avá, Isla Ro´y, Potrerito, Potrero Villalba, Tacuruty, Zanja Ruguá, Villa í, Cerro Ñu y Potrero Saná. Sus barrios son Norte, Obrero, Central y Sur donde viven 6.000 personas. La mayor parte de la producción es para el consumoen la familia.
Esa noche de cuando fuimos a la casa de un vecino pescador a pedir un dorado y que nos vendió en 45.000 guaraníes (pesaba tres kilos y medio) y que la mandamos a una parrilla, mientras que de la cabeza preparamos un pirá caldo de aquellos, pensé en la oportunidad perdida y me pregunté si donde están los visionarios, los talentosos, los paraguayos de buena voluntad para convertir a Cerrito en un emporio de trabajo mediante los peces de su caudaloso río. Me quedé con el provecho del chupín y del caldo que para qué les cuento…
(publicado el 24 de octubre de 2012 en el semanario Esto de Asunción)

viernes, 12 de octubre de 2012

Itapé


La ermita de la Virgen del Paso, a orillas del Tebicuary mi,

Coqueto, ordenado, limpio; un pueblito donde la paz es tangible; un rincón paraguayo donde se siente la armonía. Claro, les hablo de Itapé, en el Guairá, a orillas del Tebicuary mi, el de las playas blanquísimas, el de los enormes dorados. Fui una vez más al pueblo como lo hago desde 1960 para llenarme de su magia, para entregarme a la Reina de aquel paso, junto a la balsa, la Virgen del Paso, esa Santa María, Reina de las reinas.
Visitar Itapé el 18 de diciembre, Día de la Virgen del Paso, no es lo mismo a un día como ayer, 11 de octubre. En el día de la Virgen aquello es un estallar de gente, romerías, de ocupantes en las sombras de las arboledas en toda la redonda de la ermita. Fui el 11 de octubre para sentir su vida pueblera, su intimidad.
Al intendente, Ignacio Rotela, le regalé unos libros de mi autoría y me dijo lo que dicen los de tierra adentro: “a las órdenes”, le respondí lo mismo, quedamos en seguir conversando. “¿Cómo ve a Itapé?”, me pregunta un joven que me atendió en la municipalidad, una casita, al costado de la iglesia San Isidro Labrador. Le dije que está hecha una ciudad pero me reservé lo que me produce este lugar: enamoramiento.


La Fiscalía de Itapé.

Bueno, soy de enamorarme con facilidad de los pueblos y cuando estos son más pequeños, más aún. Todo me enamora de Itapé: el canto estridente del gallo en medio del constante silencio; su escaso tráfico automotor, su aire limpio, su gente con ganas de sonreír al visitante y su saludo sincero y efusivo, sus casitas blancas, las mismas que conozco desde hace más de medio siglo, sus patios amplios donde conviven la familia, el pato, la guinea, las gallinas, los árboles frutales y, en el fondo, el chiquero, con un par de cerdos, cada vez más gordos y listos para la faena en diciembre.
Pero más me enamora la Virgen del Paso de Itapé; de ella sí que me fascina y tengo mis buenas razones. Ya les conté que esta buena Mujer me ha regalado su milagro aquel 18 de diciembre de 1960 y que les comenté en otro artículo en este blog. Ella me atrae a Itapé y no puedo negarme, voy a visitarla, la oro, agradezco y charlo un rato con Ella y, desde luego, aprovecho para energizarme con todo ese aire puro, extrañamente sanador, que existe en el entorno de su ermita verde limón.


La plaza, al fondo la iglesia. Serenidad, paz ...

En 1954 la imagen de la Virgen de Caacupé cruzó el Río Tebicuary para llegar al pueblo de Itapé. Antes, para llegar desde Asunción se debía cruzar el río, ahora ya no. Desde entonces la gente dice que la virgen María hace milagros en el lugar por lo que, de inmediato, se construyó un oratorio alto, con 13 escalones a orillas del río porque cuando crece el Tebicuary aquello se convierte en un extenso lago. Hay una placa en la ermita que recuerda aquel peregrinar de la imagen de Caacupé. Seis años después, yo experimenté el milagro de la Señora de Itapé.
Lo que ya sé, porque leí en una placa frente a la iglesia, es que el fray franciscano Buenaventura Villasboa se radicó en Itapé en algún momento entre los siglos XVII y XVIII amansando, vistiendo y evangelizando indios. Rafael Eladio Velázquez cuenta que la reducción de Itapé y al cuidado de los franciscanos se fundó en 1686 y que un tal José Bernardino Servín (1643 – 1705) tuvo participación decisiva en la fundación de este pueblo.


El centro Cultural de Itapé, aquí funciona una biblioteca pública.

Aquí nació un blibliófilo impenitente, al decir del profesor Luís G. Benitez: Adolfo Aponte (1874 – 1949). Poseía una de las bibliotecas más ricas del Paraguay, fue literato y filólogo, a más de abogado, parlamentario, ministro en el gabinete del doctor Eligio Ayala, presidente de la Corte Suprema, decano de la Facultad de Derecho y rector de la Universidad Nacional.
Me inspiré en él y llevé unos libros de mi autoría y regalé al intendente así como a la biblioteca del Centro Cultural de Itapé. Aquí me atendió un joven maestro cuyo apellido no es difícil memorizar, González; “bueno, le voy a ser franco, el director de la biblioteca ahora no está y yo estoy interinando”, me dijo a lo que respondí que no importaba, que lo mismo yo le entregaba los libros para la biblioteca.
Cuando estuve allí no había lectores, solo un joven que forma parte de un equipo encargado del censo poblacional. Los maestros y los libros son lo más importante para salir adelante, le digo; “sí, señor”, asiste. Esta biblioteca no sé cómo se llama, no pregunté, debiera llevar el nombre de Adolfo Aponte si ya no llama así.
Para escribir nada mejor que la paz, una biblioteca con los libros que uno leyó, relee y seguirá leyendo. Sueño con instalar un lugar modesto pero cómodo en Itapé para escribir las historias del pueblo, de la Virgen, de la gente del Guairá ¿cómo no inspirarse en semejante santuario de la paz como lo es este pueblecito ribereño?, además está en mi Guairá entrañable. Hay algo que me atrae a este rincón paraguayo que me tiene enamorado desde niño.


La iglesia San Isidro Labrador.

Me detengo en la plaza callada frente a la iglesia donde el santo patrón es San Isidro Labrador. El portal musgo del dorado templo está cerrado; dos campanas en sendas espadañas anuncian las misas domingueras y redoblan en el funeral y también proclaman el ángelus en su espacio inmenso por el sobre el pueblo, el río, los cañaverales y el ingenio cercano.
El largo corredor sacro de la iglesia con sus baldosas viejas rojas y negras y sus columnas en curvas me recuerdan a rigurosidades eclesiales de otros tiempos, de cuando el sacerdote oficiaba la misa en latín, de cuando nadie comulgaba sin previa confesión y las mujeres no participaban de la ceremonia sin velo en la cabeza, faldas por debajo de las rodillas y los pechos cubiertos pudorosamente.


Lo sacro de la iglesia en rojo, negro y amarillo.

¿Cuántos habitantes tiene Itapé? Pregunté al profesor González; ya debe andar por los 8.000 a 10.000 habitantes, responde.
Tomé la ruta que conduce de Coronel Martínez para llegar a Itapé. Las máquinas están trabajando en esta carretera que más temprano que tarde está completamente asfaltada. El empedrado avanza, lo mismo que la construcción de un puente de hormigón armado que sustituye a otro de madera. Son 22 kilómetros entre campos de pastoreo y de cañaverales. Cuando las obras viales terminen, desde Asunción a Itapé se podrá llegar en coche en menos de dos horas y media. Obras son amores…


La ruta Coronel Martínez - Itapé (22 kilómetros) próximo a ser asfaltada. Aquí, el puente viejo y la construcción del nuevo.

Itapé, esta capital de la fe guaireña, promete sorpresas a los que llegan a sus orillas. Si me preguntaran cual es la que descubrí no puedo dudar para responderles: la paz. Itapé es pura paz a tal extremo que los vecinos dejan hasta sus sillas, motos y coches frente a sus casas, en la calle, porque los marginales no se animan a violar esa paz. De todas maneras, la comisaría local está alerta para alojar a todo aquel que se anime a quebrantarla.


Las casas antiguas y sus patios solariegos, el asfaltado, la luz eléctrica en el pueblo de Itapé.

La paz se siente en Itapé. Hagan la prueba, vayan, visiten la ermita, oren, recorran las calles del pueblo y me darán la razón porque sentirán en su piel el sociego, el reposo, la armonía. Como siempre digo, no me crean, vayas ustedes mismos, experimenten, y después cuéntenme sus experiencias.
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ITAPE, GUAIRÁ, PARAGUAY

Fundación: 02/05/1686.
Fundador: Fray Buenaventura de Villasboa.
Población: 8.000 / 10.000 Habitantes.
Categoría: Municipio.
Ubicación: Orillas río Tebicuary mi.
Patrón: San Isidro Labrador.
Fiesta mayor: 18/XII, Virgen del Paso.
Barrios: S. Isidro, Dulce Nombre de Jesús, S. Francisco, Corazón de Jesús, Inmaculada Virgen del Paso.
FUENTES: Wikipedia, datos propios.
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