Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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domingo, 11 de noviembre de 2012

No me quiero enfermar nunca


Sí, y que por eso me deban internar en un hospital público de mi país. Porque sé cómo es por dentro un hospital manejado por el Estado.
Pero tampoco quiero enfermarme nunca y, por eso, necesitar de los centros médicos privados, porque también sé cómo es por dentro.
Enfermarse en una nación como la mía es una tragedia. Los centros médicos son como trampas en las cuales el paciente ingresa para no saber si de ahí saldrán vivos.
El Hospital de Clínicas hoy es, en infraestructura, casi la mejor de Sudamérica. El otro día visité por una persona enferma. Se me cayó el alma por el suelo. No por los pastos sin cortar en los patios que debieran ser jardines; no por la falta de bancos para las visitas, no por los fluorescentes que no se prenden ni el aire que no funciona. No.


El hospital de Clínicas, en San Lorenzo, un lujo y una enormidad por fuera...

El Hospital de la Universidad Nacional de Asunción fue construido con una donación del gobierno japonés. Por fuera es enorme y bello. Por dentro falta mucho, muchísimo.
Se me vino el alma por el suelo al ver tanta falta de humanidad en sus vestidos de blanco.
Noté que, sobre todo, falta gente que entienda que el paciente llegue a ese centro no tanto para ser estudiados como conejillos de india, sino para ser sanados. Lo primero es curar al enfermo y; lo segundo, estudiar, aprender, saber el estudiante de medicina.
Me percaté lo anárquico en la administración de dicho hospital escuela. Lean este ejemplo: llega una niña con problemas hepáticos que requiere atención urgente. Es medianoche. Un familiar pregunta a una limpiadora que cumplía a esa hora con su tarea de limpiar el largo corredor si donde es la recepción para pedir asistencia; la limpiadora pregunta, “¿qué tiene la paciente?”; “necesita una atención médica urgente”, responde el familiar; “Ah!, es en esta pieza, esperen que ya viene el encargado” ¿Para qué preguntó si qué tiene la paciente?
Los familiares no pueden retirar cuando así mejor les parece, así sea para internar al paciente en otro centro médico. No. Cuando se entró en el Hospital de Clínicas solo Dios sabe el destino del enfermo y, sobre todo, cuándo saldrá. Y no insista en la idea de sacarlo, para bien, al paciente porque le puede costar una denuncia hasta ante la Fiscalía.


No, por favor, no me lleven a un hospital de mi país...

El interno del hospital de Clínicas puede estar dentro del hospital, mezclado con enfermos contagiosos inclusive, por todo el tiempo que la dirección y las jefaturas respectivas decidan sin que se informe nada a los parientes; lo único que estos deben hacer es comprar lo que les pidan los médicos y enfermeras (medicamentos, se entiende) o pagar más análisis de laboratorio.
No les hablaré de los centros de salud. Un desastre. Conocí el de Ciudad del Este. Es cualquier cosa, menos un centro médico que garantice salud a los pacientes.
Hoy acompañé a un amigo internado de un problema cardiaco en un centro médico privado. Por estar cuatro horas en una de sus salas costó la suma de 4.500.000 guaraníes. En efectivo, por favor, no se aceptan tarjetas de crédito.
Dejé de lado mi seguro médico en un sanatorio fifí de Asunción luego de saber que un asegurado murió por desidia de las enfermeras y los médicos ¿Por qué debo tenerles confianza?; el muerto descansa en paz, no así los familiares que quedan con una deuda impaga de aquellos. La salud en manos de inescrupulosos.
Por eso digo, espero no enfermarme nunca y que, por tanto, no necesite de los centros médicos de mi país porque aquí, sí, la informalidad galopea dentro de la medicina.
Si me enfermo, no quiero dejar problemas a nadie porque no confío en los servicios médicos de mi país. Y eso es doloroso. Prefiero morir en mi cama. Hoy la medicina se volvió un mero comercio; es como la venta de un paquete de yerba, o de un envase de detergente, de medio quilo de carnaza de primera, de dos kilos de chura, un metro de longaniza...
El enfermo, así las cosas, es una mercadería, no un ser humano que necesita de hospitalidad, humanidad, amor. Es una bolsa de papa a la hora de ofertar en el mercado central de abastos. Se compra, se vende, se usa, se rechaza, se tira.
Hoy volví a experimentar lo mal que está el manejo del servicio médico en Paraguay. Un manejo carente de ética, cristiandad y decencia. Extraño por eso a aquellos médicos de Cabecera, como el inglés Snead de Ypacaraí, aquel carai guasú que de verdad curaba a sus pacientes, así estos tengan o no con qué pagar.
Extraño las lecciones dejadas por Juan Vicente Estigarribia, médico de Francia; la humanidad del doctor González Torres, un médico de verdad o, la dación del doctor Fariña Flores de Villarrica. Gente vestida de guardapolvo blanco, no ordinarios mercaderes.

Médicos, sí, eran los de antes.
Por eso, por favor, cuando me enferme, no me lleven a un centro médico paraguayo, ni si estoy más grave. Déjenme en casa, por piedad, donde me curaré más seguro, no causaré problemas a mi entorno, y los sinvergüenzas no se harán más ricos mediante mi dolor. Y si muero, moriré también en paz sabiendo que no caí en manos de buitres. Todo esto es muy duro, pero es nuestra realidad; así está la cosa, calamitosamente escandalosa, miserablemente escandalosa.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Yo, senador

Ya me fui a varios lugares donde prometo trabajar nomás pero algunos me dicen que debo mentir bien grande para que los electores estén contentos.

• Si me elijen voy a ser el senador más pobretón de toda la región porque nací nomás luego para ser pobre, un problema de fábrica.

• “Señor senador” ya me dicen muchas personas y medio que ya me está gustando.


Yo también aspiro ser senador, a ver si me vota la gente para sentarme en una de esas aspiradas bancas.

¿Qué hace un extraño como yo aspirando ser senador de la república?; y no sé, lo cierto y lo concreto es que un señor me preguntó si no quiero ser senador y le pregunté si cuánto lo que me van a pagar y me dijo que unos cuantos millones durante cinco años y que no dudé un segundo y aquí me tienen en la larga fila de aspirantes para semejante cargo propio de afortunados, hijos bien nacidos, esperando una banca que a lo mejor gano con todas las velas que empecé a prender a San Expedito, ese santo que nunca falla ni siquiera para los que quieran ser parlamentarios (al menos eso es lo que espero).
En serio les digo. Desde hace unos días ando impostando la voz, me miro en el espejo donde ensayo algunas poses seductoras y gesticulo como los políticos porque, supongo, en algún momento, algunos cientos de miles de paraguayos, coreando ansiosos mi nombre, me habrán de reclamar algunas palabras alusivas al acto y, muy a pesar mío, voy a tener que discursearles un rato.


Así como todos los políticos, chema katu aprovecho procesiones santularias, velorios, cumpleaños y cualquier mbaraka pu para entreverarme con la gente.

Un político de la vieja guardia, retirado de estas batallas hace bastante tiempo, me dijo que se encargaría de darme algunas lecciones de cómo mentir al elector y ganarme unos cuando ciento de miles de votos. Otro, con finura francesa me dijo que me dará lecciones sobre cómo trampear para que poco antes de conocerse los resultados oficiales del conteo de votos yo también les pueda dar esperanzas a mi electorado con un “ña ganata lo mitâ”.
Un amigo de esos que farrean de jueves a domingo en los lugares más fifí de Asunción y ciudad del Este me dijo que tiene un su amigo contrabandista “demasiado bueno” que me puede ayudar con unos cuantos miles de dólares para ganar las elecciones.
Una señora caté, de esas que pasan las vacaciones en las Bahamas me escribió en mi Facebook y me dijo que “por fin” hay un candidato demasiado churro y que me va a votar y, lindezas por el estilo propio de las siembras y cosechas en esta granja política.
En fin, chentema la palomita.



Como estoy por el movimiento "Cambya" en el Partido Patria Querida, aquí parte de la gente invitada en Ñeembucú para que les entreguemos nuestros dípticos y toda esa onda.

Y yo le dije a mi amigo que me hizo la liga para candidatarme que yo no tengo un peso y me respondió que no importa que así nomás y que si la gente quiere me elije así tenga solo un agujero en el bolsillo; “la gente no elije por más plata que tenga el candidato si no le cae simpático”, remató. Lo que me dijo me llenó de confianza, siendo un sogüe de solemnidad puedo ser parlamentario. Además entendí que me decía que yo soy simpático; por eso mismo nomás ya luego me presente en seco.
Y así me lancé a hablar con los afiliados, les expliqué lo que puedo hacer pero, sobre todo, les escucho largo y tendido. De lo que me dicen extraigo lo que debo hacer. Eso sí, la gente me reta por todos los pecados de los políticos mentirosos. Me dicen de todo. Y yo les escucho con paciencia (en mi anterior reencarnación habré sido santo) porque al fin y al postre el votante es el votante .
Así sea mi primera incursión en la política como candidato no pocos me tienen como un califa de la corrupción por lo que otra andanada de je´ja´o que para qué les cuento me vuelvo a ligar sin decir agua va y sin qué ni para qué. Y así sigue la función al compás de la galopa. Nadie luego me pide dinero para pagar sus facturas umía porque che pinta perô formal, lo cual viene a ser como mi ejército de liberación personal contra oportunistas, pecheros, desocupados, abandonados, enfermos y morosos varios.
Ijetu´u ko política deligencia….
Y yo les digo a la gente que yo quiero ser senador para que yo haga lo que ellos me dicen que deba hacer. Entonces abren los ojos así de grande y ya me observan como un bicho raro. Y me pregunto en qué me estoy equivocando hasta que por esas casualidades uno de ellos me explica que lo que querría escuchar de mi es mi promesa de obras, como que voy a procurar porque se construyan puentes y esas cosas.
Y como algunos de los electores son tan bolas como algunos candidatos ya me dicen luego “señor senador” y ya faenan sus gallinas y eso en sus casas cuando yo me voy a hacer campaña política por sus compañías y parajes yo me largo en este tobogán interminable y, ape ha pepe, me voy dando banquinazos en busca de electores que me voten.


A la derecha, el senador Marcial González Safstrand, a la izquierda un elector de Ñeembucú que nos prometió, a Marcial y a mi, votarnos para ser senador.
Además, demasiado seductor luego pues es que te digan “señor senador”. Y como faenan sus gallinas para un caldazo de aquellos ya medio que tengo ganas de decirles que para construir el puente bien podemos hacer un poco más de esfuerzo y construimos el arroyo que para eso mandamos. Y eso nomás ya les hace sentir felices a no pocos correligionarios.
Pero yo confieso a ustedes: no me da el cuero para andar boleando a los electores a cuentas de votos. O me votan tal como soy y deseo actuar o no me votan. No les quiero andar diciendo esas tonterías, tilingas, que repiten como loros algunos políticos de profesión y que terminan por no cumplir nada de lo que prometieron.
O jugamos en serio estas próximas elecciones o vayámonos a nuestras casas. Para manoseos ya es suficiente. Ovalé tereima…
El otro día me iba en la estribera del micro, medio colgado y decía, “âgante oikone che hegüi avei senador” y me reí de mi ocurrencia. Un cargo de esos no es para enriquecerse, no debe ser así. Esos salarios supermillonarios que cobran ya es una barbaridad. Un senador debe trabajar en su oficio y no esperar todo del Estado para su bienestar. No sé…
Y bueno, aquí estoy en esto que me resulta extraño pero agradable, así la gente me rete por lo que fuere, al fin de cuentas ahora luego es tiempo de los que deben votar y, por tanto, se hacen ñembo hepy. Y tienen razón amó hapope.
Antes de finalizar, quiero pedir al director de este periódico que no me despida por aspirar la senaduría ni me deje sin trabajo cuando sea senador (si llego). Le pido nomás eso porque los periodistas que se metieron en la política amontema de sus puestos, como Nicanor, Pepa y Mario. Yo ya le prendí luego, de cualquier manera, una velita a San Expedito por si las moscas, porque este sí es un santo milagroso, repito.
Bueno, amoita ape la despedida paraje del guavirá, no sin antes pedirles a todos mis correligionarios, hombres y mujeres, carai ha kuñakarai kuera, che sy, che ru, che reindy, che kyvy ha che ryvy kuera, que me voten porque ya saben: construiré el puente y, también, el arroyo si hace falta y ya está. Voten me nomás ya…

(publicado el 31 de octubre de 2012 en el número 589 del semanario asunceno "Esto")

domingo, 28 de octubre de 2012

Cerrito, Ñeembucú



Miles de turistas atrae el Río Paraná en los alrededores de Cerrito por la pesca del dorado.

Pueden ser ricos, muy ricos, pero son pobres de solemnidad insondable. Tienen la “fábrica” de dinero más benigna que se puedan imaginar, el río Paraná, pero ahí están sobrellevando miserias. Me refiero a los 5.000 habitantes de Cerrito, en Ñeembucú, separados del resto del país por humedades y unidos (es una forma de decir) a Pilar por un camino antiquísimo de 120 kilómetros. La riqueza de la zona es la gran cantidad de pescado que hay en sus aguas.
Visité este pueblo la semana pasada. No es fácil llegar hasta allí desde las riberas del Río Paraguay, desde Pilar, excepto que se tenga a manos un buen vehículo 4 x 4 y que los esteros no estén crecidos. Solo tres veces por semana un viejo ómnibus propiedad de un vecino hace el servicio de transporte de pasajeros.


La Isla Guazú, en aguas jurisdiccionales de Paraguay, y que forma parte del distrito de Cerrito.

Ante semejante lejanía y abandono por parte del Estado, los cerriteños (o cerritenses) cruzan el Paraná en lanchas (el pasaje cuesta 15 mil guaraníes) y llegan a un pueblo correntino llamado Yaha pé de donde se surten de comestibles, medicamentos, etc.
Y uno que llega desde la capital tras el ajetreante viaje hasta estas altas riberas del Paraná se pregunta cómo es posible que haya pobreza si el río produce pacú, dorado, boga, surubí y otras especies de rio más grandes que la propia mentira de los pescadores.
Me cuentan que hay dos asociaciones de pescadores que nuclean a unas 500 personas, muchos de ellos ocupan las riveras del río donde instalan sus casitas y que cuentan con los servicios básicos, incluso en algunos con antenas parabólicas para ver televisión. Extraen los peces, venden, recaudan unos cuantos guaraníes y más allá no van.
Pregunto en la casa de una familia orillera, la de los Gonzàlez Ivaldi, si el río tiene muchos peces y responde la esposa del pescador, en broma, que allí aquellos (los peces) se ofrecen en las orillas para que sean capturados; “sí, etaitereí oi”, dice. Y le pregunto a quién venden y responde que a los que vienen, a los vecinos, algunos son macateros y que los argentinos y brasileños son los que sacan provecho de la riqueza.


La vivienda de la familia González Ivaldi, en las mismas orillas del Rio Paraná, en Cerrito.

No hay cooperativa de pescadores, pero las dos asociaciones carecen de lo mínimo para intentar ventas a escala creciente y sostenida. Nadie les asesora, nadie les marca rumbos comerciales, ni las autoridades locales, departamentales ni nacionales, ni los que puedan estar interesados en negocios. Son cinco mil paraguayos con una mano atrás y otra adelante pero sentados sobre una mina de oro sin saber qué hacer con la riqueza.
Es curioso y uno dirá que es todo mentira. Vean: un kilo de dorado cuesta en Cerrito 15.000 guaraníes y esta especie ictícola es abundante, ¿Cuánto cuesta el dorado en Asunción?, me dicen que el Ciudad del Este se paga hasta 100.000 guaraníes por kilo.
¿Pueden ser ricos los cerritenses mediante la explotación de su potencial acuícola?; y mi sentido común me dice que sí. Si lo primera necesidad es el alimento, ¿cómo es posible que no se explote esta cantera alimentaria? Quizás una cooperativa sea el camino más corto para generar dinero entre los habitantes de este remoto pueblo sureño.

El Rio Paraná entre la orilla y una isla en el lado paraguayo a la altura de Cerrito, Ñeembucú.

Digo nomás, si yo fuera el poblador de Cerrito y tuviera un mínimo de capital, me haría de una camioneta con equipo de refrigeración, un pequeño frigorífico para almacenar el producto, saldría a buscar compradores en Pilar, San Ignacio, Asunción, Encarnación, etc., y formaría mi red de clientes.
Si yo fuera quién vive en el pueblo pediría un apoyo financiero para comprar los equipos de pesca, montar una estructura mínima de red de frio para el almacenamiento de la pesca, etc., y encargarme con mi propia gente de la distribución y venta. Alentaría, claro, a la formación de una cooperativa de modo a hacer volúmenes y pensar en proyectos empresariales más ambiciosos. Claro, se puede ser rico con la pesca en Cerrito. Desde luego, cuidaría celosamente de la reproducción de los peces y del mismo río que nos da la oportunidad de crecer.
Pero la mayoría trabaja en la chacra, como Ceferino Bogado (57) y su esposa Liduvina Viveros (48), de Costa í, compañía a tres kilómetros de Cerrito. Ellos producen caña dulce y fabrican miel, maní, maíz mandioca, de la que fabrican almidón y tienen vacas que de ordeñarlas Liduvina tiene una enormes manos, callosas. De las 40 hectáreas que ocupan, y que en un lado linda con el Estero Manantial, 10 hectáreas están reforestadas con curupa´y y cinco hectáreas es pura chacra. Casi toda la producción de la capuera es para el consumo en la casa. Ceferino y Liduvina que llevan 33 años de casado, tiene siete hijos y 10 nietos.


Ceferino Bogado y su esposa Liduvina Viveros de la compañía Costa i, Cerrito.

Cerrito tiene varias compañías, a propósito: A más de Costa í están San Salvador, Paso Tajy, Franco Ñu, Curuzú Avá, Isla Ro´y, Potrerito, Potrero Villalba, Tacuruty, Zanja Ruguá, Villa í, Cerro Ñu y Potrero Saná. Sus barrios son Norte, Obrero, Central y Sur donde viven 6.000 personas. La mayor parte de la producción es para el consumoen la familia.
Esa noche de cuando fuimos a la casa de un vecino pescador a pedir un dorado y que nos vendió en 45.000 guaraníes (pesaba tres kilos y medio) y que la mandamos a una parrilla, mientras que de la cabeza preparamos un pirá caldo de aquellos, pensé en la oportunidad perdida y me pregunté si donde están los visionarios, los talentosos, los paraguayos de buena voluntad para convertir a Cerrito en un emporio de trabajo mediante los peces de su caudaloso río. Me quedé con el provecho del chupín y del caldo que para qué les cuento…
(publicado el 24 de octubre de 2012 en el semanario Esto de Asunción)

viernes, 12 de octubre de 2012

Itapé


La ermita de la Virgen del Paso, a orillas del Tebicuary mi,

Coqueto, ordenado, limpio; un pueblito donde la paz es tangible; un rincón paraguayo donde se siente la armonía. Claro, les hablo de Itapé, en el Guairá, a orillas del Tebicuary mi, el de las playas blanquísimas, el de los enormes dorados. Fui una vez más al pueblo como lo hago desde 1960 para llenarme de su magia, para entregarme a la Reina de aquel paso, junto a la balsa, la Virgen del Paso, esa Santa María, Reina de las reinas.
Visitar Itapé el 18 de diciembre, Día de la Virgen del Paso, no es lo mismo a un día como ayer, 11 de octubre. En el día de la Virgen aquello es un estallar de gente, romerías, de ocupantes en las sombras de las arboledas en toda la redonda de la ermita. Fui el 11 de octubre para sentir su vida pueblera, su intimidad.
Al intendente, Ignacio Rotela, le regalé unos libros de mi autoría y me dijo lo que dicen los de tierra adentro: “a las órdenes”, le respondí lo mismo, quedamos en seguir conversando. “¿Cómo ve a Itapé?”, me pregunta un joven que me atendió en la municipalidad, una casita, al costado de la iglesia San Isidro Labrador. Le dije que está hecha una ciudad pero me reservé lo que me produce este lugar: enamoramiento.


La Fiscalía de Itapé.

Bueno, soy de enamorarme con facilidad de los pueblos y cuando estos son más pequeños, más aún. Todo me enamora de Itapé: el canto estridente del gallo en medio del constante silencio; su escaso tráfico automotor, su aire limpio, su gente con ganas de sonreír al visitante y su saludo sincero y efusivo, sus casitas blancas, las mismas que conozco desde hace más de medio siglo, sus patios amplios donde conviven la familia, el pato, la guinea, las gallinas, los árboles frutales y, en el fondo, el chiquero, con un par de cerdos, cada vez más gordos y listos para la faena en diciembre.
Pero más me enamora la Virgen del Paso de Itapé; de ella sí que me fascina y tengo mis buenas razones. Ya les conté que esta buena Mujer me ha regalado su milagro aquel 18 de diciembre de 1960 y que les comenté en otro artículo en este blog. Ella me atrae a Itapé y no puedo negarme, voy a visitarla, la oro, agradezco y charlo un rato con Ella y, desde luego, aprovecho para energizarme con todo ese aire puro, extrañamente sanador, que existe en el entorno de su ermita verde limón.


La plaza, al fondo la iglesia. Serenidad, paz ...

En 1954 la imagen de la Virgen de Caacupé cruzó el Río Tebicuary para llegar al pueblo de Itapé. Antes, para llegar desde Asunción se debía cruzar el río, ahora ya no. Desde entonces la gente dice que la virgen María hace milagros en el lugar por lo que, de inmediato, se construyó un oratorio alto, con 13 escalones a orillas del río porque cuando crece el Tebicuary aquello se convierte en un extenso lago. Hay una placa en la ermita que recuerda aquel peregrinar de la imagen de Caacupé. Seis años después, yo experimenté el milagro de la Señora de Itapé.
Lo que ya sé, porque leí en una placa frente a la iglesia, es que el fray franciscano Buenaventura Villasboa se radicó en Itapé en algún momento entre los siglos XVII y XVIII amansando, vistiendo y evangelizando indios. Rafael Eladio Velázquez cuenta que la reducción de Itapé y al cuidado de los franciscanos se fundó en 1686 y que un tal José Bernardino Servín (1643 – 1705) tuvo participación decisiva en la fundación de este pueblo.


El centro Cultural de Itapé, aquí funciona una biblioteca pública.

Aquí nació un blibliófilo impenitente, al decir del profesor Luís G. Benitez: Adolfo Aponte (1874 – 1949). Poseía una de las bibliotecas más ricas del Paraguay, fue literato y filólogo, a más de abogado, parlamentario, ministro en el gabinete del doctor Eligio Ayala, presidente de la Corte Suprema, decano de la Facultad de Derecho y rector de la Universidad Nacional.
Me inspiré en él y llevé unos libros de mi autoría y regalé al intendente así como a la biblioteca del Centro Cultural de Itapé. Aquí me atendió un joven maestro cuyo apellido no es difícil memorizar, González; “bueno, le voy a ser franco, el director de la biblioteca ahora no está y yo estoy interinando”, me dijo a lo que respondí que no importaba, que lo mismo yo le entregaba los libros para la biblioteca.
Cuando estuve allí no había lectores, solo un joven que forma parte de un equipo encargado del censo poblacional. Los maestros y los libros son lo más importante para salir adelante, le digo; “sí, señor”, asiste. Esta biblioteca no sé cómo se llama, no pregunté, debiera llevar el nombre de Adolfo Aponte si ya no llama así.
Para escribir nada mejor que la paz, una biblioteca con los libros que uno leyó, relee y seguirá leyendo. Sueño con instalar un lugar modesto pero cómodo en Itapé para escribir las historias del pueblo, de la Virgen, de la gente del Guairá ¿cómo no inspirarse en semejante santuario de la paz como lo es este pueblecito ribereño?, además está en mi Guairá entrañable. Hay algo que me atrae a este rincón paraguayo que me tiene enamorado desde niño.


La iglesia San Isidro Labrador.

Me detengo en la plaza callada frente a la iglesia donde el santo patrón es San Isidro Labrador. El portal musgo del dorado templo está cerrado; dos campanas en sendas espadañas anuncian las misas domingueras y redoblan en el funeral y también proclaman el ángelus en su espacio inmenso por el sobre el pueblo, el río, los cañaverales y el ingenio cercano.
El largo corredor sacro de la iglesia con sus baldosas viejas rojas y negras y sus columnas en curvas me recuerdan a rigurosidades eclesiales de otros tiempos, de cuando el sacerdote oficiaba la misa en latín, de cuando nadie comulgaba sin previa confesión y las mujeres no participaban de la ceremonia sin velo en la cabeza, faldas por debajo de las rodillas y los pechos cubiertos pudorosamente.


Lo sacro de la iglesia en rojo, negro y amarillo.

¿Cuántos habitantes tiene Itapé? Pregunté al profesor González; ya debe andar por los 8.000 a 10.000 habitantes, responde.
Tomé la ruta que conduce de Coronel Martínez para llegar a Itapé. Las máquinas están trabajando en esta carretera que más temprano que tarde está completamente asfaltada. El empedrado avanza, lo mismo que la construcción de un puente de hormigón armado que sustituye a otro de madera. Son 22 kilómetros entre campos de pastoreo y de cañaverales. Cuando las obras viales terminen, desde Asunción a Itapé se podrá llegar en coche en menos de dos horas y media. Obras son amores…


La ruta Coronel Martínez - Itapé (22 kilómetros) próximo a ser asfaltada. Aquí, el puente viejo y la construcción del nuevo.

Itapé, esta capital de la fe guaireña, promete sorpresas a los que llegan a sus orillas. Si me preguntaran cual es la que descubrí no puedo dudar para responderles: la paz. Itapé es pura paz a tal extremo que los vecinos dejan hasta sus sillas, motos y coches frente a sus casas, en la calle, porque los marginales no se animan a violar esa paz. De todas maneras, la comisaría local está alerta para alojar a todo aquel que se anime a quebrantarla.


Las casas antiguas y sus patios solariegos, el asfaltado, la luz eléctrica en el pueblo de Itapé.

La paz se siente en Itapé. Hagan la prueba, vayan, visiten la ermita, oren, recorran las calles del pueblo y me darán la razón porque sentirán en su piel el sociego, el reposo, la armonía. Como siempre digo, no me crean, vayas ustedes mismos, experimenten, y después cuéntenme sus experiencias.
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ITAPE, GUAIRÁ, PARAGUAY

Fundación: 02/05/1686.
Fundador: Fray Buenaventura de Villasboa.
Población: 8.000 / 10.000 Habitantes.
Categoría: Municipio.
Ubicación: Orillas río Tebicuary mi.
Patrón: San Isidro Labrador.
Fiesta mayor: 18/XII, Virgen del Paso.
Barrios: S. Isidro, Dulce Nombre de Jesús, S. Francisco, Corazón de Jesús, Inmaculada Virgen del Paso.
FUENTES: Wikipedia, datos propios.
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jueves, 11 de octubre de 2012

Caballero pueblo, sus ruinas


Las casas de Caballero, tras el esplendor la inadmisible ruina. Las fotos que ilustran este artículo son las que fueron tomadas en la casa de la derecha.

Me parece apropiado el título, las ruinas del pueblo de Caballero. Restos, escombros, decadencia. Las matas del guapo´y, el higuerón, el devastador de casas, convirtiendo en desecho lo que habrá sido alguna vez una vivienda solariega, de gente fina, educada, de pudientes. Casas y casas de Caballero arrasadas por el abandono. Eso vi desde la carretera y me detuve. Cámara en ristre caminé hacia ellas, hacia el abandono, la que ya es nada.
El tren ya no cruza por aquí pero cuando en aquellos tiempos iba y venía por estas comarcas el Caballero pueblo que enamoró al demiurgo Emiliano era otra cosa: floreciente, con sus cáfilas de carretas y berlinas que fluían entre el centro y la estación del ferrocarril, entre chiperas, alojeras y cagajones de caballos junto a los palenques de los corredores largos.
El tren que hacía de Caballero un pueblo unido a Asunción y Buenos Aires, pero también a Villarrica, Luque, Encarnación y ramales ferroviarios, hoy ya no está.


La casapuerta de la casa que fue, a lo mejor, tienda o residencia, a 200 metros de la estanción de Caballero.

Gente rica era la de aquellos inicios del siglo XX en Caballero, con tiendas de primera, almacenes de ramos generales acopio de frutos del país. Eran años de cuando el judío León Ravinovich compró un extenso monte en la zona. Y mujeres bonitas, de familias modestas y de abolengo, tan bonitas como para que Emiliano R. Fernández escribiera “Caballero pueblo che pepó o mo peva / ikatuve´y va nde hegüi avevé”.
Pero hoy muchos echaron a volar del pueblo.
Muchas otrora residencias hoy están en completo abandono y destrucción. “No, no sé de quién es la casa, algunos dicen que era de un ingeniero que trabajaba en el ferrocarril”; habrán sido ingleses, digo intentando una conversación, el joven de encoge de hombros. Sale del negocio que atiende y observa conmigo la casona de en frente cuyas rejas del ventanal son sorteadas por la rama, ya gruesa, de un higuerón atrevido y perverso. Pienso que salió del negocio más por educación conmigo, un extraño, que por sorprenderse como yo por tanto abandono.


El esqueleto de las ruinas, una imagen del páramo de Caballero.

Sentí en su impasibilidad un poco de su desprecio hacia esa ruina, como que prefería que nada haya en el sitio donde están los muros, las puertas, las ventanas, el techo decadentes; “¿quiere entrar a sus habitaciones?”, me pregunta, impertérrito, y le respondo que no. Me despedí y caminé calles abajo, hacia la que fuera la estación.


Y por este portal entraron la flor y nata del pueblo de Caballero, en el departamento de Paraguarí. Años de bonanza.

Esta siesta perezosa sin más que yo como caminante por estas calles de pasto, arenas y vacas, sorteando las bostas de estas, me hacen suponer que la larga casa de hacia mi izquierda habría sido algún hotel con un bar en uno de sus salones.
Me arrimo a ella.
Las ventanas están cerradas; pareciera que alguien vive aquí. Si fuera el bar quién sabe cuántos famosos pasajeros o sencillamente anónimos del tren tuvieron que haber ocupado sus mesas para comer presurosos o para hablar mal de los amigos o, sencillamente, para divagar con placidez mientras se aguardaba que alguien llegue en el próximo convoy.
Esa otra casa de la esquina pudo haber sido una tahona que llenaba de vedijas aromadas escapadas por la vieja chimenea.


El higerón se hizo de las paredes y del techo como el reptil a su presa.

Y esa otra casa – qué manera de quebrantar el corazón - que parecía ser una residencia, en plena diagonal, totalmente ganada por el guapo´y mañero que como reptil a su presa, se hizo de sus muros y de las tejavanas.
Detrás, los árboles frutales centenarios y los dos pozos de agua abandonados. La arboleda muestra en sus tallos heridos por los termiteros y sus ramas desfallecidas el cansancio en su vejez. Los brocales de las cisternas pueden desmoronarse de un momento a otro. Los achacosos mangos, el naranjero seco, muerto, fulminado por la cancrósis, la ovenia que se niega a marcharse de su vida vegetal.
¿Vino alguna vez Herminio Giménez a esta casa?, a lo mejor en aquel solariego patio, hoy apelechado, abatido, haya ejecutado el bandoneón para alegría de sus amigos o, quizás, para seducir a la niña más bonita de la residencia. Los artistas fueron así y seguirán siendo en Caballero, en Villarrica, Asunción y donde haya un sentimiento incapaz de decir sino a través del canto, del bandoneón, la guitarra, el arpa, el violín, o de un piano.
Quizás en la ventana de esta mansión, hoy arrasa por el abandono, Nereo Alvarenga, Chocho Alvarenga, Juan Torales y Aristides Valdez hayan llenado de música en aquellas madrugadas del verano caballerense.
Tiempos de bonanza y poder fueron aquellos de principios de siglo pero, también, de amenazas de revoluciones constantes. Años de poder de Cirilo Cardozo, Marcos Álvarez, Aniceto Ferreira, algunos de sus influyentes jefes políticos. Años de cuando José Gill atacaba a liberales, posteriores a los de cuando Albino Jara secuestraba trenes.


El patio con su pozo y su arboleda comenzó a morir.

La educación no quedaba atrás.
Se licitaba por aquel 1912 la construcción de dos aulas en la escuela sobre un plano aprobado por decreto en 1909. Los niños se instruían en la de aquí como en una de cualquier ciudad importante. Y los que fueron educados en aquellos tiempos ya no están, al menos en las casas que observo, todas abandonadas, destruidas ante los ojos de propios y extraños sin que importe a nadie, ni a los dueños, los herederos, a la autoridad, extrañamente a nadie. Un pueblo de fantasmas en horas de sus siestas excesivamente holgadas.
Cuando el tren dejó de venir la gente se marchó hacia no se sabe dónde. Y también murieron, como los ingenieros ingleses mucho antes. Y Herminio Giménez, Aristídes Valdez, todos sus artistas de aquellos años de oro de Caballero. Y fueron desapareciendo, claro, los herederos.
Son cien años...
Y las casas, aquellas distinguidas, de las que en sus salas sonaban en las media mañanas y en las tardecitas cuando el cielo se tiñe de rojo, los acordes de algún piano alemán, mientras los varones, vestidos de traje y sombrero, caminaban o cabalgaban por sus calles retornando y, las damas, amparadas en recatos a toda prueba, ocupaban sus zaguanes, las sombras de sus parraleras, de sus mangos y ovenias a la espera de aquellas noches únicas, románticas, a pura luz de luna, estrellas y luciérnagas, a puro canto de grillos, sapos y ranas.
Y esas casas hoy son apenas las que, angustiado, observé: unas ruinas, con las mismas sensaciones, acaso, de las de Honoré de Balzac que les hicieron escribir sobre aquellas de su "Eugenia Grandet": "fantasmagóricas, lúgubres y siniestras lugares".

lunes, 8 de octubre de 2012

Yhú

Arena en todas partes, el perfil de Yhú, Caaguazú.

Aquí bien se puede filmar películas sobre desiertos. Arena por aquí, arena por allá; una curiosa réplica sin querer de las ciudades del desierto de Néguev, aunque sin camellos y dromedarios. Yhú, o Río Negro, se encuentra aquí, en Caaguazú, ocupando 678 kilómetros cuadrados en estas planicies arenosas y amparada por el norte y el este por las sierras de Caaguazú.
A yhú llegué por primera vez en 1980 por la ruta de 50 kilómetros que parte de Caaguazú. Ruta es una forma de decir, un camino miserable de arena en gran parte; un viejo camino indio que carga como la maldición de los infiernos. Así y todo, los yhuenses forjaron el pueblo. Fui en VW, “escarabajo”, y aquella última vez dije “nunca más” porque me era torpe eso de, sabiendo que los arenales de sus caminos me obligan a bajar del coche, pala en ristre, para ir sacando por metros al vehículo del atasco, insistir en la aventura de visitar la comarca.


La plaza "Uno de Mayo", bien iluminada, sitio de los yhuenses.

A más de 30 años, sabiendo que se puede llegar por ruta asfaltada por Cecilio Báez y General Resquín, retorné este fin de semana y me encontré con un pueblo como sacado de la galera de un mago. Sobre las ruinas de su pasado, una ciudad cambiada, con ganas, floreciente; “esto comenzó a crecer hace tres años”, me dijo el intendente, Arturo Jara, un joven médico de unos 30 años de edad.

( De Izq. a Der.) Eladio Jara, María Antonia Espinoza de Jara (dueña del hotel Jar Esp), Miriam Buzeta Melgarejo (una de las dos herederas de la Casona Melgarejo) y Arturo Jara Espinoza, intendente municipal de Yhú.

A ver, cuénteme, le digo al intendente, cuénteme las cifras de Yhú y soltó: 42.000 habitantes, 1.044 kilómetros de caminos vecinales, 107 compañías, ocho comunidades indígenas, con una termal, la única quizás, en medio de una extraña duna que casi nadie conoce.
Le pido que mencione los apellidos de Yhú y desgrana: Cuevas, Melgarejo, Jara, Espinoza, Oviedo, Cardozo, Aquino, Roberti, Salmena, González, Elizeche, Gutierrez… y recorro el pueblo y veo algunas casonas ocupadas por los abolengos del pueblo. En una de las cuatro esquinas de la plaza “Primero de Mayo” está aún en pié la que construyó Luís Rolando Melgarejo, aquel yhuense de porte aristocrático, modales finos y del traje blanco de lino puro en las fiestas de gala en el pueblo.
La casa de adobe tacuarillas y madera, que sirviera de sede de la sucursal del Banco del Paraguay, luego Banco Central del Paraguay y; finalmente de un respetable almacén de ramos generales y compra y venta de frutos del país, fue construida por Melgarejo, heredada tras su fallecimiento por su hija Nidia Beatriz Buzeta de Melgarejo y, tras el fallecimiento de esta por sus hijas Marta y Miriam Buzeta Melgarejo. La emblemática casona, blanqueada de cal, hoy sigue su trámite sucesorio, cuenta Miriam.

La "Casona Melgarejo" era vivienda de Luís Rolando Melgarejo y sede del Banco del Paraguay.

Vuelvo a la historia genérica. Por el siglo XVII el pueblo fue creado por los primeros conquistadores españoles; en sus cercanías, en San Joaquín, los jesuitas montaron sus misiones y de estas influencias Yhú se hizo de lo suyo. Tras la Guerra contra la Triple Alianza se refundó con los apellidos mencionados como de otros. Fue capital departamental hasta 1945, quizás por su riqueza forestal y la gran producción de yerba mate.
Recorro sus calles. Veo la terminal, la municipalidad, la plaza “Primero de Mayo”, la flamante iluminación pública, la escuela “Luís Rolando Melgarejo”, con cien años de existencia, la iglesia donde se venera la imagen de la Virgen del Rosario, el club social que, me cuentan, fue creada por Melgarejo, que por lo visto era un hombre muy importante de Yhú e interesado por la excelencia.
El Club social fue fundado por León Valeriano Buzeta, yerno de Melgarejo. La idea del intendente actual es convertirlo en un ciber que me parece desacertada, debe seguir siendo el club social que, me cuentan los memoriosos, reunía a la mejor gente en aquellos años de esplendor. No puedo dejar de alentar la recuperación de su biblioteca. Con buena voluntad todo se puede.
A propósito, fui a mironear en la fiesta bailable organizada en el marco de los festejos patronales. Pensé que, como cae en el rango de las fiestas oficiales, los varones irían vestidos de traje, pero vi que algunos iban en bermudas y chancletas. El evento, como si todo fuera poco, empezaba a medianoche. No me sentí atraído por ingresar al recinto, fui a dormir.
El domingo 7 de octubre de 2012 ando por sus calles arenosas y pienso que es muy extraño esto de la arena en Yhú; de repente arenas blancas, otras rojas, o marrones y; arenas como de las playas de ríos y mares o; en cualquier parte de talco. Pienso: un rally como en los desiertos de Arabia será una buena razón turística para Yhú. Debieran considerar esta posibilidad los del Touring Club como los de la Secretaría de Turismo.

La procesión de la imagen de la Virgen del Rosario, patrona de Yhú.

Acompañé la procesión de la imagen de la Virgen del Rosario por varias calles del pueblo (el intendente dice “ciudad” y aclarando que quiere que Yhú siga manteniendo el señorío del pueblo rico de los tiempos de puros abolengos) y me lleno de polvo. No le vi al intendente en la procesión; había mucha gente en la marcha mariana, a lo mejor yo nomás no le ubiqué en el gentío.
Me alojé en un coqueto y flamante hotel llamado “Jar Esp” que tiene 20 habitaciones para albergar hasta a 50 pasajeros y que se encuentra en la esquina de las calles Julia Miranda Cueto y 14 de Julio en diagonal con la plaza. La hostería, que es de los padres del intendente, garantiza buen pasar en Yhú. Yo lo pasé bien, les cuento.

El flamante hotel "Jar Esp", en la esquina de la plaza.

Dos palabras sobre la plaza: Pregunté al intendente la razón de su nombre, “Primero de mayo” Alguna vez lo de "primero" debería cambiarse por "uno"), y no supo explicarme. Será por lo de los trabajadores, aunque Yhú no tiene mucho por ofrecer, por ahora al menos, en cuanto a fuentes de empleos como para hablar de empleados y obreros. La plaza es muy coqueta, amplia, arbolada, con muchos bancos y juegos para los niños. Es el sitio donde concurren los yhuenses cuando las tareas han culminado. En los días de la festividad de la Virgen del Rosario la plaza era una fiesta permanente, todo un ejemplo social.
“La gente está en la plaza con toda garantía porque aquí la seguridad es total. No hay asaltantes, ladrones, drogados; los jóvenes de la ciudad rechazan el crack, no dan lugar a la indecencia”, dice el médico intendente.
Y vuelvo a pensar sobre la casa que está en una de las esquinas de la plaza, la que fuera sede del banco: está muy abandonada aun cuando una mujer y sus hijos vivan bajo sus derruidos techos por las termitas. “La voy a mejorar”, dijo una de las herederas.

Un alto de la procesión de la imagen de la Virgen Rosario en el barrio que lleva su nombre para una serenata.

La bocina del ómnibus suena en la siesta calurosa anunciando que parte hacia Caaguazú. Algunos visitantes abordan en la esquina de la casona abandonada mientras la “cachaca” sonaba estridente desde el poderoso equipo de sonidos de una camioneta lujosa estacionada frente a un negocio de comidas.
Victoriana Talavera Villalba es una maestra jubilada y me cuenta de los esfuerzos por instruir a los niños a lo largo de estos últimos 50 años en estos lugares yermos, rasos y desabridos. “Anduve a caballo recorriendo las escuelas del extenso territorio todas las semanas y hoy, al término de mi misión, puedo decir que el esfuerzo no fue en vano: muchos ciudadanos útiles han egresado de aquellas aulas administradas con mucho entusiasmo aunque con pocos recursos”.
Faltan universidades en Yhú. Hoy con las rutas asfaltadas y su conexión directa con varios puntos del país anuncian convertía la ciudad en un punto neurálgico de Caaguazú.

La maestra jubilada Victoriana Talavera Villalba, amada y respetada por la comunidad.

En el pueblo funciona una nueva cooperativa y sus miembros se remangan: quieren sacar ventajas a las vacas lecheras de los vecinos; “esto debe ser una cuenca lechera para vender la producción a los compradores menonitas”, me dicen entusiasmados.
El intendente quiere montar una radioemisora legal “para difundir buena música paraguaya y clásica”; los cooperativistas también quieren tener su propia radio. En Yhú hay una radio comunitaria pero de escaso alcance. En el pueblo, pues la gente escucha una radio de Vaquería y otra de Caaguazú. Los canales de televisión por aire de Asunción se ven vía satélite.
De la bodega de la esquina del hotel compro gaseosas y agua mineral y cargo al coche. Son las seis y media de la tarde del primer día de la temporada con horario cambiado. Tomo el camino empedrado hacia San Joaquín mientras el arrebol tiñe el cielo sobre las sierras de Caaguazú; formo parte de la caravana que retorna de Yhú luego de su principal festividad religiosa.
Escucho una música paraguaya, bebo mi agua mineral y pienso en lo que queda atrás, en los arenales, la casona abandonada, la procesión de la mañana, la radio que falta al pueblo, en esta historia paraguaya atrapada en el desierto.
El aire fresco de la sierra pega en mis brazos y mi rostro. Me encanta el pueblo, volveré…

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las siete cajas y mi libro

Para cuando este comentario termine de escribir capaz que más de 130.000 personas ya hayan visto la película “Las siete cajas”. Bueno, por lo que escuché en la radio, vi en la tele y leí en los diarios, la peli era una de esas que para qué les cuento por lo que también fui a formar fila, compré la entrada y me metí a la sala para que, abusando de pleonasmos, yo vea con mis propios ojos lo que se promocionó a todo dar.

Fui al Shopping del Sol a almorzar en uno de estos últimos domingos. Vi que la fila de compradores de entrada no era tan larga por lo que luego de mi comida china me fui para la cola. Pagué los 15 mil guaraníes que costaba esa primera función y tras comprar la boleta, observé que tenía todavía 30 minutos de tiempo para ir a la feria de libros que se montó frente al shopping. Encontré “Poesías completas” de Fray Luis de León y de San Juan de la Cruz. Un excelente material de lectura.

Ya no tuve más tiempo que lo necesario para hojear y pegar un vistazo al prólogo. Ya debía ir a la fila para ingresar a la sala.

Cuando tomé mi asiento en la sala de proyecciones aquello era murmullo de expectativa en medio a aromas de pororó, maní tostados, algodón de azúcar, grageas de chocolates, etc. sobre lo que se espera ver.

Y empezó la función.

Claro, primero los inacabable avisos publicitarios y, luego, los avances de las próximas películas a exhibirse en esa sala. Avances que, como siempre no se entienden de qué se trata, si de una película de amor, de terror, o espionajes propios de la desaparecida KGB o de qué cuernos, lo cierto y lo concreto que estos “repartos” nos muestran autos volando, primeros planos de pistolas disparando, fuego, corridas, ululares de sirenas policiales, trompadas aquí, trompadas allá, un beso apasionado entre dos personas que se aman y helicópteros zumbando por sobre ciudades. De esas cosas.

Por fin la película que fue tema de conversación de todos los medios periodísticos. El escenario: el Mercado Cuatro.

Un jovencito andando con una desvencijada carretilla, una joven que corre, que se asustan, que advierte que grita “¡¡Corré, Viutor!!”, etc., etc. Crimen, celos, corrupción, mafias, todas esas cosas que se ven en la películas y se leen en las novelas de acción.

Mientras la película corría, yo pensaba en mi libro guardado en una bolsita de plástico. Quería hojeas mientras los demás veían la peli pero la oscuridad y mi vista ya golpeada no me permitían cometer semejante pecado contra el esfuerzo de unos paraguayos en el competitivo mundo de la industria cinematográfica mundial.

Pero yo quería leer mi libro. En la pantalla veía de vez en cuando unos planos generales del mercado, unos personajes que intentaban mostrar su lado siniestro, hablaban en guaraní, castellano y “jopará” y que a medida que corrían los minutos yo más quería leer los poemas de los famosos españoles cuyos nombres figuran en el flamante libro adquirido de la feria.

Pude ver 35 o 40 minutos de la película. No logré engancharme, hablando mal y pronto en el argumento, en las tomas, en los artistas. A lo mejor porque a la película puse a competir con mi libro, cinco mil guaraníes más caro que mi entrada a la sala.

Lo que me queda claro es que la película no me gustó que por eso yo no exclamé, o reí, o aplaudí como algunos que se sentaban cerca mío ¿Qué tanto podía asombrarme?, ¿Qué es una película paraguaya?, ¡estupendo!, un logro paraguayo, ¿y por eso yo tengo que hacer lo que hace o dice la manada?. No me gustó, no me llenó y ya está.

No quise hablar por boca de ganso y por eso fui a verla. Pero, procurando entrar en tema, no entré. Intenté, pero no me dio el cuero. Quise amar la película pero no pasó a un “quise”. Y después, nada. Bueno, salí del cine y fui a una cafetería del shopping, pedí un capuchino con un mixto caliente y me puse a leer, lentamente, mi libro.

Entonces, lo que puedo decir de la película es que mi libro estuvo excelente, el café fabuloso, y el aire acondicionado de la cafetería inmejorable.

De la película lo que les puedo decir en concreto es que vi durante no más de 40 minutos. No me atrapó, para mi – discúlpenme la franqueza – no fue la gran cosa; que para mi el hecho de ser película paraguaya no es suficiente para aplaudir, admirar y desbarrancarme en adjetivos favorables. Me pareció uno más, que debemos seguir procurando por hacer cada vez mejor nuestras respectivas tareas y nada más.

Según los comentarios la promesa era grande: una película de aquellas. Y como me dijo Miriam en primer lugar nunca creas en promesas, “el mundo está lleno de ellas”, y me quedé pensando ¿De donde lo que vos sacás todo eso”, la pregunté sorprendido; “y Paulo Colho dice en su libro”, me respondió. Otra vez el libro…

Me preguntan si les recomiendo que vean; sí, pero lleven un buen libro y apuesten a un buen capuchino por si las moscas….