Detrás de la puerta, esto

Detrás de la puerta, esto
Procuro que mi blog sea agradable como lo es un buen vino para quién sepa de cepas; como un buen tabaco para aquellos que, como Hemingway, apreciaban un buen libro, un buen vino, un buen ron y un buen puro. Es todo mi intento para cuando abra esta puerta (Foto: Fotolia.com).

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viernes, 8 de abril de 2011

Abc Revista, el Milord y la oportunidad desaprovechada

Vi hoy la publicidad de la revista dominical de Abc Color que circulará el domingo, 10 de abril. El titular principal de tapa será "Paseo de otoño tendencias de temporada". Aparece una hermosa joven parada, como una postillona, al lado de un bayo de apariencia bichoca que hace de tiro al único carruaje Milord de las calles asuncenas.

Supongo que la idea del editor de la revista es promocionar el atractivo coche para paseantes.

Observando la tapa de la revista anunciada no se nota que se promocione ni a la modelo, ni al birlocho ni al caballo.

Más que promocionar la moda (hablo como periodista no como varón) a la joven hubieran vestido a la usanza de nuestras abuelas y bisabuelas: camisas mangas largas hasta las rodillas, basquiña, enaguas hasta los tobillos, faltriqueras colgando de la cintura, zapatos con tacones, chaquetas con broches y un abanico en sus seductoras manos, para encajar con el transporte.

O, en su defecto, quizás la modelo podía haberse vestido de amazona, o de jean, camisa a cuadro y un borceguí que se ofertan en las tiendas especializadas.

El carruaje se ve atrás, al fondo de la foto, siendo la estrella de Asunción.

Me disculpan: no es la moda que querrían disfrutar los lectores de la revista dominical, sino el Milord.

El caballo, bueno, del que vemos en la tapa mejor ni hablar. Observándolo, me inspira a alimentarlo con una batea de maíz que subir al coche al cual ataron, pobrecito. Aparenta alicrejo, que por debilidad o vejez no puede moverse. Para superar la famélica estampa del animal, el cochero debía ahormarlo; es decir, exitarlo suavemente con el freno y la falsa rienda para que coloque la cabeza en posición correcta.

A lo mejor Tomás Riquelme, el único reportero gráfico paraguayo especializado en fotografiar vacas y caballos que conozco, se haya preocupado de ese detalle. Cada cosa tiene su secreto. Estoy seguro que Tomás hubiera recurrido a los criadores de caballos árabes, naturalmente elegantes y fotogénicos (los caballos, digo), tan siquiera para las fotos periodísticas.

Los carruajes de antes tenían un cochero o mayoral. Si hacían viajes largos estaban acompañados por el llamado mozo de mulas, que eran los mozos de caballeriza que trabajaban en la casa de los ricos de antes. Un mozo era, por así decirlo, parte de la última categoría social, al menos en Europa.

A propósito, cuentan que Carlos VI de Habsburgo, había firmado un decreto que prohibía el ingreso a la biblioteca de la corte imperial de Viena a "los bobos, los charlatanes, los vagos y los mozos de caballerizas".

En la foto, me da la impresión que la modelo hace de moza de mulas, de apeadora, postillona, zagala, caballeriza o, como se la conoce en Paraguay, como compositora ("compositor, músico y guaino", suele decirse).

No sé, la foto promocional me parece muy cursi, escasamente creativa. Pienso que se desperdició la oportunidad de sacar provecho al novedoso Milord con una gran producción a la altura de un gran diario y del bicentenario que a todos nos atrae y honra.

martes, 5 de abril de 2011

Los que cumplen 100 años y más

Desde hace un buen tiempo venimos leyendo en los diarios paraguayos reportajes a personas que cumplen 100 años de edad. De tantos reportajes me pregunté si en Paraguay tenemos más capacidad para llegar a avanzadas edades y sobre todo, cómo.
Esto que publico, aclaro, está lejos de la rigurosidad científica, es apenas el producto de la percepción en base a lo que publican los diarios y, sobre todo a mi personal curiosidad. Es cada vez más frecuente leer que una persona cumple 100 años en nuestro país y no escapo a la tentación de anotarlo como una buena noticia.
De todas maneras, el sabio Moisés S. Bertoni ya había publicado en su libro "La civilización guaraní" que entre nuestros ancestros nativos llegaban a ¡200 años de edad! Félix de Azara, según Bertoni, comprobó un caso de 180 años de edad.
Casi no está pasando dos semanas para que un diario asunceno publique que alguien cumplió diez décadas que, de todos modos, es noticia para cualquier diario del mundo. A veces, envidio a los que llegan a cumplir tantos años de edad; otras veces, no.
Cuando leo que alguien llegó a juntar tantos tiempos sobre los hombros suelo pensar que a estos olvidó San La Muerte quién, según una obra de teatro reciente, hace inclusive servicio de delivery
¿Cómo es posible que muchos ni siquiera se medican y ni siquiera comen bien y llegan sanos y fuertes a los cien años de edad? Pero de repente muere. Llega un año, dice Augusto Roa Bastos en "Madama Sui" a través de un personaje anciano, en que el hombre se arruina de golpe. El espíritu no se apaga, pero hay que alimentar su fuego con otra leña. "Y ya no tengo laureles para cortar".
Un día leí en el diario "20 minutos" de Madrid (24 de julio 2007) que un anciano yemení falleció el 23 de julio de 2007 a la edad de ¡142 años en Yemen!
En Cuba, según cable de la agencia Reuters fechado el 8 de diciembre de 2004, se creó un club de los 120 (años de edad) en el deseo de dilucidar la clave de la longevidad. En aquel país, en el 2004 habían registrado a más de 2.500 personas mayores de 100 años de edad en 11,3 millones de habitantes en ese año.
Nosotros, en Paraguay, por lo visto, tenemos igualmente muchos cienañeros que hasta me dan ganas de decir que aquí también apunta a ser el paraíso de la eterna juventud.
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ALGUNAS PERSONAS QUE HAN CUMPLIDO 100 AÑOS DE EDAD EN PARAGUAY

(Nombres y apellidos, Edad, Lugar, Fecha de publicación)
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Isidora Vda. de Jiménez, 100, ---, 05-04-2011
Victorio Acosta, 101, Coronel Oviedo, 25/03/2011
Mariana Aguero de Martínez, 100, Luque, 21/03/2011
Francisca Figueredo de Insfrán, 100, Paraguarí, 13/03/2011
Lidia Alfonso, 100, Asunción, 30/01/2011
Apolonio Gómez Galeano, 104, Lambaré, 31/10/2010
Enriqueta de la Cueva, 100, San Lorenzo, 24/01/2010
Marcelino Gómez Bogado, 105, Quiindy, 20/06/2010
Cipriana Deleón, 100, Concepción, 28/09/2009
Tomás duré More,l 107, Horqueta, 25/09/2008
María Albina Arana, 103, Caacupé, 15/12/2008
Fortunato Colmán, 103, Caraguatay, 12/06/2005

(fuentes: hemeroteca emc)

domingo, 3 de abril de 2011

Tesoros desenterrados por el General Caballero

José de Jesús Giménez era un paraguayo que sabía de tesoros enterrados en tiempos de la Guerra Grande. Lo que se denomina comúnmente plata yvygüy es tan cierto como la misma guerra y del que el hombre se cuidó de no hablar. Don José, cuando joven vio los planos que Elisa Alicia Lynch había entregado al general Bernardino Caballero.
José fue traído hasta Asunción cuando tenía seis años de edad desde Itacurubí, a caballo, por su padre, un español. Fue entregado al general Caballero para que lo críe y eduque con su esposa, Julia Álvarez. José quedaba huérfano de madre al fallecer ésta poco antes.
En la casa del "Centauro de Ybycuí", como se lo llamaría después entre los colorados, hacía de mozo de cuadra, mandadero, encargado de limpiar la casa, de cuidar a los hijos del matrimonio Caballero Alvarez, llevar recados, etc. De a poco fue ganando la confianza de la familia y, sobre todo, del general Caballero.
Ya andaba por los 16 a 17 años cuando una noche Julia le encomendó ir a la sala de la casa (la que estaba en el actual Parque Caballero de la capital) donde él, el general, trabajaba estudiando unos mapas, a preguntarle si necesitaba algo, a lo que el fundador del Partido Colorado le respondió que no en un gesto que José interpretó como que le estaba molestándole en su tarea.
Se sabría que Caballero estuvo en velas hasta avanzadas horas de la madrugada estudiando el enorme papel desplegado sobre la mesa.
La dueña de casa ordenó a José que al día siguiente, muy temprano, ingresara a la sala a limpiar y ordenar todo lo posible de modo que el general reciba a unas visitas previstas para las 8.00 de esa mañana.
José cumplió con lo encomendado. Ingresó a la sala, mientras el general dormía, y vio que el mapa estaba al alcance de su curiosidad dentro de la biblioteca. Allí estaban dos largos tubos porta planos y la llave de la puerta de la biblioteca, curiosamente olvidada, en la cerradura.
Escoba en mano, miró a uno y otro lado, abrió la puerta de vidrio y madera delicadamente lustrada y extrajo el mapa. Lo miró detenidamente. Tenía cruces, equis, flechas, palabras, nombres de plantas, metrajes de distancias, etc. Lo volvió a enrollar y lo guardó.
Limpió la sala y se retiró del cuarto.
El general se percata que había dejado - olvidada - la llave en la biblioteca. Pregunta a José si él miro el contenido de la biblioteca a lo que éste respondió que no.
Una cosa le era claro al criado: el plano era de los tesoros enterrados durante la guerra por los soldados de López, fusilados tras cada operación, y que le fue entregado por Elisa Alicia Lynch
después de la guerra.

Cuentan los descendientes de José (contrajo matrimonio con la italiana Cantalicia Zanini y sus hijos fueron Otilia Guadalupe, Tomás, Dora, Amelia, Porfiria Elizabeth y Gilda Beatríz) que aquel contaba los viajes que preparaba el general a bordo de su carruaje. Para estas incursiones ordenaba en su casa que se le parara todos los víveres necesarios, ropas, caballos varios y un equipo de sirvientes para que lo acompañara. Volvía en una o, a veces, dos semanas.
José suponía que iba a extraer el tesoro marcado en los mapas que cuidaba con todo celo. De vez en vez, Caballero regalaba monedas de oro al "secre", a más de ropas finas y de pagarle su sueldo con puntualidad. Un día le regaló un reloj de bolsillo con cadena de oro puro. También le obsequiaba extensos lotes de terrenos.
Tras la muerte del general, en 1912, José siguió trabajando en la casa de la viuda hasta que finalmente se retiró para dedicarse a la albañilería. Murió el 21 de julio de 1980 con casi 100 años de edad.

Perdimos la confianza

Librada es una señora que con su moto recorre los barrios de Luque para cobrar a los usuarios de la empresa recolectora de basuras. Señora amable y respetuosa. También me cobra mensualmente por el servicio. El otro día fue asaltada en las cercanías de mi casa, me comentaría después.
Ahora, ella tiene miedo de todo el mundo.
Era media tarde. Llegó a la casa de una usuaria al lado de una de esas despensas chiquitas y enrejadas precisamente por temor a los asaltantes.
Saludó a dos hombres "bien vestidos, uno de ellos con remera negra a quienes miré en la cara. Como bajaron de una moto, pensé que eran cobradores de alguna firma. Nosotros los cobradores de la calle nos saludamos habitualmente", dijo.
Me comentó que mientras manipulaba sus facturas y recibos, siempre sentada en su moto desde donde pensaba cobrar a la vecina, sintió que desde atrás entre sus costillas el cilindro de un arma apretándola y el "esto es un asalto, dame tu celular, tu plata y la llave de tu moto" estallando en sus oídos.
Se asustó, obvio. Entró en pánico.
Eran los mismos "bien vestidos" a quienes había saludo segundos antes. Ocurrió el asalto ante los ojos de los vecinos que salieron a mirar antes que auxiliar (¿cómo, al fin de cuentas, ante dos hombres armados?).
Los asaltantes huyeron del sitio con el botín. Se sabría después que fueron a asaltar una casa en las cercanías.
Librada no fue asesinada. Felizmente.
Ella vivió lo que muchos miles ya han sufrido pero cuyas experiencias no fueron capitalizadas para bien de los demás. Ni la policía, ni la justicia, ni los responsables de escribir, modificar o anular las leyes hacen lo que la ciudadanía reclama, seguridad.
Su caso no tuvo prensa. Si bien estuvo en la frontera entre la vida y la muerte nadie sabe de ella porque no tiene la resonancia del caso Gabriel Franco que ligo un tiro gratuitamente de parte de dos paranoicos.
Ahora la mujer cobradora ya no confía en los demás. Como miles de paraguayos hemos perdido lo más esencial de nuestra identidad, la confianza.
Ya no confiamos en nadie porque demasiado muchos son los paraguayos que interpretan la democracia como la oportunidad para perjudicar a los demás. Y ante ellos estamos perdiendo la batalla.
Ya no confiamos porque la policía que nos toca como responsables de nuestra seguridad está infectada de delincuentes que, en sus horas libres, salen a asaltar. No confiamos en nadie porque gente en, como Karina Rodríguez, institucionaliza a grupos de extorsionadores y marginales como a los autodenominados "cuida" coches.
Ya dejamos de confiar porque el mismísimo ministro del Interior, admitiendo que la policía está en manos de corruptos, no nos habla más que de lo bien equipada que está la institución, de que están luchando contra los delincuentes, de que la mar en coche.
Siempre somos nosotros, los de a pié, los que andamos por los barrios, los del día a día, los que somos suma para la mayoría, quienes debamos terminan perdiendo porque la verdad es que no hay seguridad, ni lo mínimo, en cualquier sitio, en cualquier hora, para cualquiera.
Lo de Librada es el caso de los paraguayos, pero nadie desde el poder se preocupa por amparar al ciudadano. Están en otra cosa...
Hemos perdido la confianza, la mutua confianza, una buena parte de nuestra identidad paraguaya. Nos mutilaron.

viernes, 1 de abril de 2011

Elisa Lynch y Pancha Garmendia

Leí el libro "Elisa Alicia Lynch" de Ana Barreto Valinotti, de la colección que el diario Abc Color viene publicando en estas semanas.

Se trata de un aporte muy interesante que nos permite comparar con otras fuentes los testimonios sobre la guerra contra la Triple Alianza y, sobre todo, para acceder a la verdad.

Las cartas de la pareja de Francisco Solano López publicadas en la segunda parte del libro son muy útiles para aclarar las dudas que todavía existen debido a las versiones ligeras parciales a las que accede la mayoría.

Las cartas de Lynch desmienten a otros testigos de la intimidad de aquella contienda, como al coronel Juan Crisóstomo Centurión quién, por ejemplo, afirmó en que López ordenó el fusilamiento de Pancha Garmendia.

La historia de este caso viene así: En la huida hacia el norte, López se entera que su madre, su hermana, el coronel Marcó y su esposa y; su hermano, Benigno, planeaban envenenarle con dulce y, una vez muerto el mariscal, terminaba la guerra y estos negociarían el poder en Paraguay con los aliados vencedores.

Dice Aveiro que Pancha Garmendia confesó que ella conocía la conspiración. El primer anillo de López se enteró del plan, como el capitán Justiniano Rodas Benitez, riflero de la guardia personal de López ("Testimonio de un capitán de la Guerra del 70", Saturnino Ferreira Pérez, Litocolor, Asunción, 1989, p. 50).

Ante la noticia "el campamento se llenó de estupor", reveló el capitán.

Juan Crisóstomo Centurión afirmó que López ordenó el fusilamiento de Garmendia junto a los demás condenados por el tribunal militar, de cuyo suceso dijo Aveiro enterarse después. En verdad, cuentan los testigos que la bella Pancha Garmendia murió lanceada para ahorrar proyectiles. Tenía cuarenta y pico de años de edad.

Algunos historiadores y enemigos de López también distorsionaron los sucesos, sobre todo en el caso de Garmendia. Según las opiniones interesadas, Lynch presionó a López para que sea fusilada. Garmendia fue convertida en una heroína y víctima de López y Lynch.

En una carta remitida por Elisa Alicia Lynch al diario La Tribuna de Asunción en 1875 desde Buenos Aires rechazó punto por punto las acusaciones publicadas contra ella en dicho periódico como que, entre otras, a ella se debe la ejecución de la asuncena, de la esposa del coronel Marcó de Benigno López y "del martirio de las hermanas del Mariscal", según puño y letra de la pareja de López.

Ella, pues, en honor a la verdad y a su honor anunció al diario que se transladará con su hijo Enrique a la capital paraguaya, así haya sido amenaza con que una turba la asesinaría a su llegada en el puerto. "El corresponsal de "La Tribuna" queda advertido para que me asesine al desembarcar, o tenga el valor de acusarme si á lo primero no se atreve", remarcó.

Ella, de cuya valentía nadie puede dudar, encaró las amenazas y llegó a esta capital encontrándose con el aprecio de la multitud.

En la carta mencionada, Lynch negó que López haya ordenado el fusilamiento de Garmendia. "Ella fue asesinada sin orden del presidente y (asesinada) por personas que se complacieron en desacreditar la causa del Paraguay ensangrentándola estérilmente" afirmó.

Mucho después de la guerra, hasta ahora, la anonimia obligó a muchos a hablar por boca de ganso. Los anti lopistas han ganado durante mucho tiempo la guerra de la comunicación. El "dice que" se convirtió en el humero por el cual escapaba la contaminante injuria, sobre todo de aquellos que, a lo mejor, como decía Lynch aspiraban o se apoderaron de los bienes de los López Lynch.

Quizás una frase de la carta de la irlandesa responda a la realidad sobre la Guerra Grande que hasta hoy sacude los pensamientos paraguayos: "Está enteramente desconocida la verdadera historia de aquellos días de sufrimiento y abnegación".

miércoles, 30 de marzo de 2011

El carro Milord

En el marco del Bicentenario Nacional, el artesano asunceno Luís Prette terminó de armar un carruaje Milord del siglo XIX, según podemos leer en el diario Última Hora del 30 de marzo de 2011. El transporte está hecho de madera de lapacho. La idea es que el coche recorra el casco histórico de Asunción.

El paseo en él costará 30.000 guaraníes (unos 8 dólares) por persona. Este modelo, llamado también Birlocho, Cabriolet y, en Madrid, Manuela es la evolución del carruaje Victoria (en homenaje a la reina Victoria de los ingleses).

Los madrileños de fines del siglo XIX e inicios del XX lo llamaban indistintamente Manuela o Birlocho. Lo usaban las personas ricas y pudibundas. En este coche viajaban comitres y posesores de muchos sirvientes; el Simón era lo que hoy es el taxi, de uso popular. El Milord tiene capota, es bajo, ligero, cuatro ruedas, y asientos para cuatro pasajeros, a parte del del cochero en el pescante.

Un asiento para dos personas que van en el medio, entre el cochero y el asiento de atrás (en la testera), se llama "bigotera" que se esconde debajo del elevado pescante si no hay quién lo ocupe. El Milord no tiene portezuela y es tirado por uno o dos caballos adornados con cascabeles.

Hasta hoy este tipo de carro circula a diario en Sevilla, Andalucía, paseando a turistas. Se trata de un coche de ciudad para paseos a todo lujo.

Pío Baroja en "Las noches del buen Retiro" describe los paseos en tardes de verano en los alrededores de El Retiro en Madrid a bordo de carros como el Cabriolet, Milord, Berlina, Landó y Simón. "La masa de carruajes marchaba despacio y al retornar se dirigían rápidamente al centro", ofrece una evocación el escritor español.

Graham Shellby también menciona al Milord o Birlocho en su obra "Madame Lynch, el fuego de la vida".

Decíamos que el Milord es la evolución del Victoria.

A propósito, el 18 de mayo de 1920 el presidente José P. Montero firmó el decreto 11.701 por el cual autorizó subastar coches Victoria propiedad de la Presidencia de la República y que fueron adjudicados del siguiente modo: Un coche "en mal estado" al señor Franco en 1.100 pesos; otros dos, "en buen estado", fueron comprados por el señor Chiriani, en 4.850 pesos y 4.600 pesos, respectivamente.

William Barret menciona en su novela "Una amazona" que Elisa Lynch ganó en una partida de ajedrez a Francisco Solano López un Victoria inglés.

martes, 22 de marzo de 2011

En mi biblioteca

Juan Luís Gauto, el apreciado Gautín, esperaba en una gomería, a la vuelta del diario Abc, que le cambiaran la rueda a su coche. Casualmente paso por allí y me fue muy grato encontrarlo. Para quienes no lo conocen, les diré que él es un economista que nunca ejerció su profesión porque, así como Pio Baroja, Gregorio Marañón, Luís Agote, Arthur Conan Doyle o Mijail Bolgakov que cambiaron la profesión de médico por la de escritor, aquel cambió por el periodismo.
Y, claro, el periodismo agradecido y los lectores también.
Ahora que ya presenté al colega a la gente que no le conoce, entro en tema.
En la breve charla me preguntó en qué ando, creyó que todavía yo estaba por España o Ciudad del Este. Le expliqué que no, que ando por Asunción y que llevo una vida menos tensa que de aquellos tiempos de la juventud y, sobre todo, de cuando llevaba sobre mis hombros algunas responsabilidades que no viene al caso comentar ahora.
Le dije que me entusiasma leer y escribir en mi biblioteca. Yo no sé si Juan Luís tiene el privilegio mío. No creo. Está todo el día, desde hace más de 30 años en la redacción del diario y desde hace un buen tiempo como jefe de Redacción. Vaya compromiso el de él.
No tengo la mejor biblioteca del mundo pero es la que me calza. Aquí tengo todos los libros que fui adquiriendo en Paraguay y el exterior a lo largo de los últimos 35 años. Empecé con tres libros que lo tenía sobre una mesa muy pequeña. Uno de los primeros fue "El hombre mediocre" de José Ingenieros.
Al despedirme de Gauto seguí pensando en lo agradable que resulta encontrarse con el libro de autores como Arturo Pérez-Reverte, José Saramago, Roa Bastos, Benito Pérez Galdós o; sumergirnos en la filosofía de Platón, con La República o releer "Hombres y pasiones" de Sindulfo Martínez, por mencionar unos cuantos formidables ocupantes de mi biblioteca.
Me apasiona revisar en esos días feriados o domingos, sin apuros, el contenido del Registro Oficial, esa colosal cantera de nuestra historia. Allí me encuentro con cada hecho, situaciones y hasta de absurdos que en su momento, a lo mejor, no era tal.
La biblioteca es un excelente refugio para protegerse contra la mediocridad externa. Un sillón, una buena música orquestada suavemente sonando y un libro extraído del anaquel más alto.
De la hemeroteca extraigo con relativa frecuencia aquellos casos curiosos que me hacen mucha gracia, incluso aquellos artículos que escribía en el diario en mi juventud. Ya son hojas muy sepiadas, algunas ya sin bordes, otras remendadas. El papel diario no aguanta mucho. Siempre ando diciendo que mis recortes de diarios los voy a encuadernar pero hasta ahora nada pasa.
Me agradaría seguir aprendiendo más, leyendo, claro. Cuentan, a propósito, que Adolfo Aponte poseía una de las bibliotecas más selectas y ricas de Paraguay; Natalicio González tuvo una con 25.000 volúmenes. De vez en vez los historiadores recuerdan que la de Elisa Alicia Lynch también era una gran biblioteca.
La mía - foto - es sencilla, con unos 1.500 volúmenes, sin bargueño ni casilleros. tiene estantes y puertas corredizas con vidrio. Me es útil como está; con una escalera alcanzo los más altos y a cada libro lo tengo en el lugar donde lo encontraré en la próxima.
Algunos de los libros que tengo en mi biblioteca no lo puedo leer, por ejemplo "Canaíma" de Rómulo Gallegos, que me han regalado en Caracas en 1981. Han pasado 30 años y no puedo avanzar más allá de la página 30 de dicha obra. Ya lo voy a terminar de leer alguna vez.
"Yo, el Supremo", de Roa Bastos, tampoco pude leer y tras varios intentos, como el que aprendió a fumar, le tomé la mano y resultó muy agradable. "Todos los nombres", de Saramago, está escrito en el mismo estilo que el de Roa Bastos en "Yo, el Supremo".
No, no presto mis libros. Pasa que todos mis libros tienen apuntes al margen y que vueltos a anotarlos en un archivo. Si presto un libro y en el momento en que salió de la biblioteca hago un trabajo que, justo, requiere de ese libro, paraliza mi actividad. A propósito, decía don Mario Benedetti en "Confesionario, Segunda parte", de Juan Ramón Iborra, que él escribía bastante rápido "si me dejan tranquilo". Yo también, pero necesito mis fuentes de consultas a mano.
Además es tonto aquel que presta libro y, doblemente, el que devuelve.
Un día encontré en Selecciones que leer tiene poder curativo. Leer, o saber, da paz. Me recuerdo el rostro lleno de paz y armonía de don Augusto Roa Bastos quién se hizo escritor leyendo en la biblioteca de su tío Hermenegildo Roa.
Tengo frente mío un libro de José Martí, "Ensayos y crónicas". Creo que hasta aquí les escribo, porque a esa obra la voy a llevar a leer tan siquiera unos minutos antes de descansar. Ya pasó medianoche...